En febrero de 2021, Andrea de la Peña, o "Andy" para su familia y amigos, salió a convivir como cualquier otra chica de 23 años con personas de confianza y entre ellas, un amigo de la infancia, quien le ganaba por un año de edad.
Era alguien a quien consideraba como una persona segura, alguien en quien inclusive confiaban sus padres debido a los años de conocerse y la amistad que mantenían también con los padres de éste.
Conforme pasaron las horas, llegó el anochecer. En la reunión había alcohol, risas y la tranquilidad que da sentirse entre personas conocidas. Debido al estado en el que se encontraba, Andy decidió quedarse en la casa de su amigo, pues no era algo desconocido. Inclusive, relata, sus padres también contemplaban este espacio como un lugar seguro, pues no estarían solos, ya que se encontraban los papás del chico.
Pero esa madrugada las cosas cambiaron. Al ver que Andy se encontraba en un estado de vulnerabilidad, aprovechó para besarla y penetrarla. Andy explícitamente le pidió que se detuviera, lo hizo varias veces. Insistió y aún así, él continuó. La penetró de manera violenta, provocándole lesiones internas.
La violencia y sus huellas
A la mañana siguiente, el dolor fue el primer indicio que le hizo entender la gravedad de lo ocurrido. Ya en casa, Andy decidió tomar una ducha y descubrió una lesión, por lo que buscó ayuda médica de inmediato. Tras una revisión con su ginecólogo, vino una frase que le cambió la vida: las heridas correspondían a una agresión sexual.
En ese momento comenzó el primer paso: asimilarlo. ¿Cómo era posible? ¿Cómo una persona en la que ella confiaba le iba a hacer daño? ¿Cómo le iba a contar a sus papás? Todo esto en un mar de sentimientos de negación, miedo, culpa, vergüenza y aceptación.
Al principio era su secreto, en lo que podía asimilar lo que pasó aquella madrugada. Hasta que su mamá le comentó que esa persona, ese "amigo", estaba contando una versión de lo que había pasado. Mientras ella intentaba ordenar lo ocurrido y tenía dudas sobre denunciar a su "amigo", porque sentía culpa de fallarle a sus papás, culpa de lo que pudiera pasarle a él o de cómo iba a afectar a su familia romper una relación de años, él ya hablaba, ya daba "su versión".
La familia de Andy fue clave para sostenerse y decidirse a denunciar. Aún así, a Andy le tomó un mes realizar el proceso.
Denunciar, un infierno
Y entonces empezó otro desgaste: el institucional. Ir a la Fiscalía General del Estado (FGESLP) a dar declaraciones, entrevistas, reconstruir detalles frente a desconocidos y revivir una madrugada que quería olvidar. Aun así, siguió, porque creía que eventualmente llegaría la justicia.
Durante ese proceso creyó tener acompañamiento, pero pasaron los meses... luego los años. Después de dos años, la carpeta dejó de avanzar. Le hablaron para comentarle que su carpeta había sido retomada después del cambio de Ministerio Público; es decir, la investigación se detuvo y después fue retomada. Eso significaba que tendría que realizar una parte del proceso nuevamente para continuar, pasar otra vez por ese desgaste... Entonces pensó en abandonar.
Pensó que tal vez no valía la pena seguir recordando, remover el dolor si al final no obtendría justicia. Pero entonces ocurrió algo que cambió su decisión: otras mujeres comenzaron a contactarla, también lo señalaban a él como su agresor. Ahí decidió continuar no sólo por ella, sino por las demás víctimas que no habían denunciado; al fin y al cabo, ella ya iba más adelantada en el proceso.
Cambió de abogada y el caso volvió a moverse. Esperó cuatro años desde su agresión para ver algún avance y finalmente le avisaron que el acusado fue enviado a prisión preventiva.
Por un número
Cuando finalmente creyó que la justicia llegaría, el sistema volvió a fallarle. Ocho meses después salió de prisión. La razón: el número de la fachada del lugar de los hechos no coincidía con el de la denuncia inicial, puesto que, al hacer la declaración, el inmueble se encontraba en construcción y no pudo corroborarlo en ese momento.
Cuatro años de espera, declaraciones y desgaste.
Cuatro años para descubrir que, a veces, el sistema puede detenerse por un número mal escrito mientras las víctimas siguen intentando reconstruirse.
Hoy, Andy decidió hablar públicamente porque siente que la justicia sigue lejos. Porque después de ella, menciona, existieron más situaciones similares y vive con la impotencia y el miedo de saber que quien era su "amigo" terminó causándole tanto daño, pero sobre todo, explica, por el riesgo que representa para aquellas otras mujeres que aún no deciden hablar.
Ahora, cuando piensa en otras mujeres que sienten miedo de denunciar, dice:
"Si eres víctima no tienes la culpa de tener miedo. Has estado sobreviviendo y eso te hace muy fuerte. Quiero invitarte a bajar de la supervivencia a liberarte. Dudar en denunciar no significa que seas cobarde, significa que eres consciente de las barreras que el mundo nos ha puesto. Sin embargo, hay verdades que esa duda nos intenta ocultar y es que tu silencio no te protege".
Hasta este momento, Andy espera las indicaciones de las autoridades para ir a identificar la casa y continuar con el proceso legal. Por su parte, autoridades de la FGESLP confirmaron que el caso ya se pasó a la Fiscalía de la Mujer para que se revise.