"Regresamos 3:30 p.m. Los queremos. Besos", frase cariñosa de las empleadas de una tienda de ropa deportiva y principalmente futbolera, que en la calle Mier y Terán cerró sus puertas para presenciar la inauguración del mundial de futbol del T-MEC.
Desde antes del silbatazo inicial, las calles desiertas y los comercios que cerraron por tres o cuatro horas era la constante.
La ausencia contrastaba con el ruidero de la Plaza del Carmen por aquello de la transmisión gratuita del partido, pero hacía tono con la deseada tranquilidad del Centro Histórico en horas pico, acompañado de calles vehiculares para caminar y una noticia nada agradable para los negocios que con excepción de los cocineros de comida rápida, no reportaron ventas.
Que hermosa ironía: tiendas de deportes cerradas mientras avanzaba el partido mundialista.
En el primer tiempo, el Mercado Hidalgo ya hervía de gente mientras rodaba el balón en el Estadio Azteca, perdón, Ciudad de México.
Cayó el primer gol de los mexicanos sobre los sudafricanos, la gente gritaba en la plaza y desde las ventanas altas de los edificios bañados de cantera, en tanto que al pasar por las calles Agustín de Iturbide y Vicente Guerrero, todo parecía imperturbable y hasta los carros estaban ausentes en las calles paralelas que sirvieron de aventura para los pocos peatones que se atrevieron a caminar por en medio de la superficie de rodamiento. Todos estaban en calma, menos los repartidores de la pizzería de la calle Zaragoza que no se daban abasto.
Es más, un silencio de día navideño o de año nuevo, se apoderó de calles como Guajardo y Mier
y Terán.
"Mínimo se hubieran traído la tele", dijeron un par de jóvenes que buscaban playeras de la selección, y se detuvieron frente a la cortina cerrada del local de Mier y Terán, donde les mandaban besos como consuelo para esperar la apertura del local.
En los pasillos del Mercado Hidalgo, el ruido de los televisores parecía tianguis de las vías, cada quien sintonizando lo suyo y a todo volumen. Los partidos de futbol se escuchaban en uno y otro, y su narrativa solo era inteligible al acercarse a cada local.
Francisco Javier Hernández, el secretario del Colectivo 5 de Mayo y el señor Iván Flores "La Mojarra", entre ganchos de ropa, los olores a fruta y hierbas y el aroma típico de los mariscos y el pollo rostizado, presumían sus playeras alusivas a los seleccionados mexicanos, para cantar goles, estresarse por las jugadas de oportunidad sin amarrar y tranquilizarse con un resultado medio bueno para lo que se esperaba.
Colocado en una silla de ruedas, un señor se aferraba a la resistencia y pedía limosna en forma paciente y en apariencia con indiferencia al partido de fútbol que se escuchaba en la calle Hidalgo, donde alguna vez los potosinos compraron ropa de elegancia, por aquellos edificios tan imponentes como la altura de sus fachadas de cantera y sus acabados neoclásicos.
El partido se detiene
15 minutos
Caminar por la calle Zaragoza fue tan cómodo, que nadie se atrevía a pisar las guías podotáctiles, pero alguno que otro, sobre todo los más chavillos, se sobresaltaban al escuchar los gritos de aquellos que con sus reclamos, cuestionaban la capacidad intelectual de los jugadores que equivocaban una estrategia, en aquella Plaza del Carmen abarrotada de visitantes de la pantalla gigante.
Algunas señoras grandes compraban estambres, también ajenas a la inauguración del mundial, la batalla de los equipos y el estrés de los entrenadores para quemar sus últimos cartuchos. Otros, también de apariencia física de mayores de edad, hacían esfuerzos por captar la atención de las empleadas de las farmacias, para que le surtieran un medicamento.
Ignorando el juego, ya en el segundo y estresante segundo tiempo con siete minutos de compensación, algunas familias posaban frente a balones gigantes colocados en la Plaza de Armas, para que les fuera tomada una foto. Frente a un operador de celular fotográfico y una familia que posaba debajo del balón gigante, un conocido vendedor de paletas pasaba sin atender las súplicas de las personas para que se quitara y les saliera bien la fotografía.
El templo de los enamorados, el Café Tokio de Zaragoza, lucía muy solo y no había parejas pactando amores eternos, haciendo citas o continuando con la agenda del corazón, que incluye el paseo, platicar, verse a los ojos, pagar la cuenta y salirse a continuar con el romance.
Toda esa calma se rompió, aún con un partido que no define nada, cuando cientos de aficionados se metieron a la Glorieta Francisco González Bocanegra para celebrar como lo hacen cada cuatro años. El más mínimo triunfo es motivo para salir a gritar y ponerse la playera de México. Es cierto, México es más futbolero que el país del Güero Trump.