Autoridades descuidaron la plazoleta de Aranzazú

Como resultado de su cierre al público por la pandemia viral, pero también del abandono de las autoridades municipales en cuanto a labores de mantenimiento y vigilancia, la plazoleta de Aránzazu, en el Centro Histórico de la capital, semeja un lote baldío al que personas de poca conciencia cívica convirtieron en poco menos que un muladar.

Lo que fue antes un bello escenario para sesiones fotográficas de quinceañeras y parejas recién comprometidas, o lugar de reunión de las familias que buscaban un descanso luego de una caminata por el centro de la ciudad, padeció durante meses la acumulación de basura en sus rincones, la resequedad de sus áreas verdes y en general, el total abandono de las labores de limpieza.

El espacio fue cerrado al público desde las primeras restricciones del semáforo sanitario. A pesar de que este indicador tuvo sus variantes entre el amarillo, naranja y rojo, la plazoleta nunca se volvió a abrir para el disfrute de la población.

A través de su reja perimetral, muchas personas arrojaron basura a sus jardines y estos desechos no fueron retirados por personal de Aseo Municipal en un largo tiempo.

De noche, ante la nula vigilancia policial, los muros y la puerta de acceso a la plazoleta del lado norte se usaron para la descarga de necesidades fisiológicas por parte de trasnochadores que salen a última hora de los bares cercanos.

Con el arranque del semáforo verde a partir de mañana lunes, se esperaría que Aránzazu sea objeto de un verdadero “zarpazo de tigre” oficial y recupere algo del esplendor previo a la pandemia.