l sonido de una sierra cortando madera puede parecer uno más entre los ruidos del Centro Histórico de San Luis Potosí. Dentro del local número 14 de Interiores, sobre la calle 20 de Noviembre, ese ruido forma parte de una historia que comenzó hace más de tres décadas.
Ahí trabaja Roberto Trejo Nery, de 66 años, quien desde hace 16 mantiene su taller en el Barrio de Tlaxcala. Entre tablas, máquinas y herramientas, ha visto cambiar los materiales, las técnicas y las necesidades de los clientes, aunque conserva una idea que resume su relación con el oficio.
"La carpintería nunca tiene fin", afirma.
Para Roberto, cada trabajo representa una oportunidad para aprender algo nuevo. Puede tratarse de una técnica, una herramienta, un material o una dificultad que obligue a buscar otra manera de resolver una pieza.
El primer mueble fue para su mamá
Antes de tener un taller propio y una clientela formada a lo largo de los años, Roberto fabricó un mueble para su mamá, Rafaela Nery.
Aquel trabajo quedó marcado en su memoria porque fue la primera ocasión en que pudo convertir lo aprendido en una pieza que tendría una utilidad dentro de su propia casa. Con el tiempo llegarían cientos de encargos, pero aquella primera experiencia permanece como uno de los recuerdos que lo acercaron definitivamente a la carpintería.
Hoy, algunos de sus clientes también forman parte de esa historia. Roberto cuenta que hay personas que llegaron a su taller hace alrededor de 30 años y todavía regresan cuando necesitan un nuevo trabajo.
Para él, esa confianza representa una de las principales recompensas del oficio. Un cliente que vuelve después de décadas no sólo busca otro mueble, también reconoce el trabajo que recibió anteriormente.
Un oficio que se aprende con las manos
La fabricación de un mueble comienza mucho antes de que la sierra toque la madera. Primero hay que definir qué se construirá, tomar medidas, preparar el material y realizar los cortes. Después viene el armado, el pulido y el acabado.
Cada pieza plantea sus propias dificultades. Una medida incorrecta puede obligar a repetir un corte y desperdiciar material. Por eso la experiencia se convierte en una herramienta más, aunque Roberto considera que nunca es suficiente para dejar de aprender.
La paciencia también forma parte del oficio. Hay trabajos que pueden requerir días y otros que se extienden durante semanas, dependiendo de sus características. Una pieza terminada puede ocultar horas de mediciones, ajustes y correcciones que difícilmente se perciben al observar solamente el resultado.
De la caoba y el cedro a las nuevas maderas
Roberto recuerda que durante años la caoba, el cedro, el encino y el pino estuvieron entre los materiales habituales para fabricar muebles. Actualmente, el MDF y las melaminas tienen una presencia importante debido a las nuevas necesidades de producción, costos y diseño.
El cambio también modificó la manera de trabajar. La madera natural puede llegar torcida o con irregularidades que deben corregirse antes de utilizarla. En el taller, una de las máquinas permite enderezarla y obtener tiras con las dimensiones necesarias.
Para Roberto, conocer el comportamiento del material es fundamental. Los árboles no crecen perfectamente rectos y el carpintero debe aprender a corregir esas imperfecciones, aprovecharlas y convertirlas en parte de una estructura resistente.
Las herramientas también cuentan la historia
En su taller conviven máquinas y herramientas de distintas épocas. La sierra circular, la canteadora, la sierra cinta y el trompo forman parte del equipo que utiliza para sus trabajos, mientras que martillo, cepillo, serrucho y escuadra siguen siendo instrumentos básicos.
La sierra cinta permite recortar piezas a partir de plantillas previamente elaboradas. El trompo, por su parte, utiliza diferentes fresas para realizar molduras y detalles. Roberto muestra algunas galerías para cortinas que fabrica por encargo. Dos piezas pueden tomarle alrededor de una semana, dependiendo de su complejidad.
El tiempo es una de las principales diferencias frente a la producción industrial. En una fábrica se busca repetir modelos y reducir tiempos. En el taller, cada pieza debe adaptarse al material disponible y a las necesidades particulares del cliente.
La tecnología puede realizar un corte, pero la experiencia sigue siendo necesaria para determinar dónde hacerlo, cuánto material retirar y cómo conseguir que cada pieza encaje con las demás.
La tecnología cambió los muebles, pero no eliminó al carpintero
Roberto no considera que la tecnología sea un enemigo. Reconoce que las nuevas herramientas y los procesos industriales permiten fabricar con mayor rapidez y responder a una demanda que sería difícil atender mediante métodos tradicionales. El reto aparece cuando un pequeño taller intenta competir con esa velocidad.
Actualmente existen muebles que llegan prácticamente listos para ensamblarse y que pueden producirse en grandes cantidades. Un carpintero independiente difícilmente puede igualar esos tiempos, pero cuenta con otra posibilidad, trabajar directamente con quien solicita el mueble.
Puede adaptar un diseño, modificar medidas, elegir materiales y resolver necesidades específicas que no siempre pueden atenderse con un producto fabricado en serie.
Para Roberto, el mayor riesgo para el oficio está en otro punto. Cada vez son menos los jóvenes interesados en acercarse a la carpintería y dedicar el tiempo necesario para aprenderla.
Enseñar para que el oficio no se termine
Roberto sabe que un oficio no puede mantenerse únicamente a través de los recuerdos. Tiene que transmitirse. Por eso ha procurado compartir sus conocimientos principalmente con sus hijos. Quiere que conozcan la carpintería y cuenten con las herramientas necesarias para recurrir a ella si algún día necesitan ganarse la vida con este trabajo.
Aprender no consiste solamente en saber utilizar una máquina. También implica medir antes de cortar, conocer los materiales, corregir errores y entender cuándo una pieza puede salvarse y cuándo es necesario comenzar nuevamente.
Roberto no sabe si sus hijos continuarán con el taller, pero considera importante que tengan el conocimiento disponible. Mientras exista alguien dispuesto a enseñar y otra persona con interés por aprender, el oficio tendrá posibilidades de continuar.
Que lo recuerden por un mueble que todavía dure
Después de tantos años, Roberto tiene claro cómo quisiera ser recordado. No por la cantidad de muebles fabricados ni por haber terminado más rápido que otros, sino por las piezas que continúan funcionando en las casas de sus clientes.
Una mesa que todavía se utiliza, una puerta que permanece firme o un mueble que una familia conserva después de varias décadas representan para él la mejor medida de su trabajo.
En una época acostumbrada a sustituir objetos con rapidez, construir algo que permanezca durante años adquiere otro significado. El mueble deja de ser únicamente un objeto y se convierte también en parte de la historia de una familia.
Una carpintería que se resiste a desaparecer
La ciudad cambia alrededor del taller, pero dentro del número 14 de Interiores existe otro ritmo. Roberto sabe que la tecnología continuará avanzando y que los muebles industriales seguirán formando parte de la vida cotidiana. No busca regresar al pasado ni rechaza los materiales modernos. Su preocupación es que el conocimiento acumulado por generaciones termine perdiéndose.
Por eso su mensaje para los jóvenes es acercarse al oficio, aprender a utilizar las nuevas herramientas y, al mismo tiempo, conocer los métodos tradicionales.
Después de más de 30 años, Roberto continúa frente a las máquinas. Afuera, el Centro Histórico mantiene su ritmo y los muebles fabricados en serie siguen llegando a las casas.
Roberto sigue buscando que cada pieza justifique el tiempo invertido y que pueda acompañar a quien la recibe durante muchos años. Quizá ahí se encuentre la esencia del oficio que ha decidido mantener. Hacer algo que no esté pensado para durar una temporada, sino para acompañar una vida.
Después de tres décadas, ésa es la huella que Roberto quiere dejar.