Es un orgullo ponerla, tenerla y lograrla, y que se vea bien bonita", expresa Enrique Saldaña mientras observa los campos de cempasúchil que, durante los últimos días de octubre, comienzan a cambiar el paisaje de Soledad de Graciano Sánchez; tras más de 40 años de trabajo en el campo, la cosecha de esta flor representa para él no solo una fuente de sustento, sino también la continuidad de una tradición familiar que cada Día de Muertos acompaña a quienes ya partieron.
Desde mediados de octubre, las parcelas de la familia Saldaña comienzan a llenarse de tonos naranja y púrpura. Entre los surcos crecen el cempasúchil, conocido como la flor de muerto, la mano de león y otras variedades de temporada que, en cuestión de días, dejan los campos para convertirse en parte de las ofrendas, los altares y los arreglos que adornan las tumbas en los panteones.
La historia de este cultivo comenzó con su padre, Higinio Saldaña Hernández, quien inició la siembra de estas flores en sus parcelas. Aunque Enrique y sus hermanos se involucraron desde jóvenes en las labores del campo, fue a partir del fallecimiento de su padre, hace cuatro años, cuando asumieron por completo la responsabilidad de mantener la producción. Para entonces, debido a la edad de Don Higinio, ya llevaban varios años al frente de buena parte del trabajo.
El calendario de la cosecha no espera a que llegue el Día de Muertos. Desde la semana previa a la celebración, los productores comienzan a cortar las flores para atender los pedidos de compradores que viajan desde otros estados y municipios, quienes adquieren la producción por surcos para revenderla en sus lugares de origen. Esta semana, Enrique recibió clientes de Saltillo, Tamaulipas y Villa de Arriaga, quienes acudieron a sus parcelas para comprar cempasúchil y mano de león.
Muchos de ellos son compradores de años, una clientela que ha construido con el paso del tiempo y que regresa cada temporada sin necesidad de publicidad.
La relación con sus compradores también se refleja en el precio. Enrique asegura que desde hace cuatro años no ha incrementado el costo de sus flores, pese al aumento de los insumos y de servicios como la energía eléctrica. Aunque reconoce que las ganancias no son extraordinarias, considera que mantener los precios le ha permitido sostener a su familia y continuar con la actividad agrícola.
Antes de atender a los compradores particulares, desde la semana anterior comenzó a cortar flores para cumplir con pedidos de dependencias gubernamentales, entre ellas las que utilizarán cempasúchil en las ofrendas del Ayuntamiento de Soledad y del Gobierno del Estado
Casi cuatro meses para una floración
Detrás de los campos que hoy atraen a compradores y visitantes hay meses de trabajo. La siembra comienza casi a mediados de julio, cuando se prepara el almácigo, del que posteriormente se obtienen las plantas que serán trasplantadas a los surcos entre el 8 y el 15 de agosto. A partir de entonces, inicia el cuidado que permitirá que las flores alcancen su desarrollo durante la segunda mitad de octubre.
El riego y la limpieza de los surcos son parte de las labores que deben realizarse durante todo el proceso. Cada planta requiere atención para lograr una floración adecuada, aunque las condiciones climáticas no siempre juegan a favor de los productores.
Este año, Enrique lamentó que la intensidad del sol afectara la apertura de algunas flores, pues no todas alcanzaron a abrir por completo. Aunque el problema no impidió la cosecha, sí tuvo consecuencias en la apariencia de los sembradíos, una situación que preocupa a quienes esperan ver sus parcelas cubiertas de flores durante esta temporada.
Las lluvias también representan un riesgo: cuando son demasiado abundantes, pueden provocar que las plantas se pudran. En esta ocasión, sin embargo, las precipitaciones resultaron benéficas para sus cultivos.
Después de casi cuatro meses de trabajo, el corte comenzó el pasado 20 de octubre. La actividad se mantiene hasta los primeros días de noviembre, con el 2 de noviembre como fecha límite de la temporada. Mientras los compradores foráneos adquieren grandes cantidades, en los últimos días también llegan vendedores locales que ofrecen las flores afuera de los panteones, así como familias que compran pequeñas cantidades para colocar en sus altares.
Campo que se transforma en escenarios
Cada año, la familia Saldaña destina aproximadamente una hectárea al cultivo de cempasúchil, además de una superficie un poco menor para la mano de león. También siembra algunos surcos de chaquira, nube, cartulina y girasol, flores que tienen demanda entre quienes llevan arreglos a las lápidas.
Los girasoles, por su parte, se destinan principalmente a las festividades de San Judas Tadeo, por lo que la familia acostumbra sembrar entre cinco y diez surcos de esta variedad.
En las labores participan cinco hombres y cuatro mujeres, todos hermanos, además de sus hijos, quienes se han incorporado al trabajo y colaboran desde la siembra hasta la cosecha. Así, el cultivo se mantiene como una actividad familiar que pasa de una generación a otra.
Para Enrique, continuar con el legado de su padre significa mucho más que conservar un oficio. Es mantener una práctica que conoce desde su juventud y que, cada año, contribuye a una de las tradiciones más arraigadas de México: recordar a los difuntos mediante las flores que acompañan sus ofrendas.
Asegura que se siente bendecido porque, hasta ahora, ha logrado vender toda su producción. Aunque dedicarse al campo implica inversión, tiempo y esfuerzo, los ingresos de la temporada le permiten salir adelante con su familia y pagar a algunos trabajadores que también colaboran durante el resto del año en el cultivo de hortalizas.
En Soledad son numerosos los productores que se dedican a la siembra de flores de temporada, pero Enrique considera que hay espacio para todos. Reconoce que algunos compañeros se han desanimado cuando parte de sus cultivos no alcanza el desarrollo esperado o cuando no logran vender toda la cosecha. Esto provoca que haya temporadas de escasez y otras en las que la oferta supera la demanda.
Los precios también cambian según la cantidad de flores disponibles y el tamaño de la compra. "El precio varía, desde 50, 500 a mil 500 pesos, de acuerdo con lo largo del surco", explica.
Mientras las familias suelen adquirir flores a granel en cantidades pequeñas, los compradores de otros estados o municipios compran surcos completos para comercializarlas.
Cuando la producción escasea, los precios pueden aumentar; en cambio, cuando hay abundancia, los productores deben procurar mantenerlos para evitar que las flores se queden sin vender. Enrique afirma que, pese a estas variaciones, ha conservado sus precios durante los últimos cuatro años, al igual que buena parte de la clientela que regresa cada temporada.
Durante estas semanas, las parcelas de cempasúchil no solo reciben a quienes buscan flores para los altares. Sus colores también atraen a personas que desean realizar sesiones fotográficas y obtener imágenes entre los surcos.
Enrique permite que los visitantes utilicen sus sembradíos para retratos sin cobrarles por ello. Le enorgullece que sus campos sean elegidos para fotografías y materiales audiovisuales, pues considera que es una manera de mostrar el trabajo que hay detrás de cada flor.
Sin embargo, detrás de estos días de floración, en ocasiones resulta triste saber que la imagen dura poco. Durante unos días, las parcelas lucen cubiertas de naranja y púrpura; después, conforme avanza la cosecha, los surcos comienzan a quedar vacíos. Las flores que hasta entonces formaban parte del paisaje emprenden otro recorrido: llegan a los hogares, se colocan en los altares y acompañan las tumbas de quienes son recordados durante el Día de Muertos.