Sonaron y repicaron las campanas de la iglesia, al tiempo que un mar de sacerdotes iniciaba una procesión desde la sacristía hasta un lugar a escoger en las butacas del frente en la Catedral, para que el arzobispo Jorge Alberto Cavazos Arizpe y los obispos eméritos de Texcoco, Juan Manuel Mancilla y de Xochimilco, Andrés Vargas Peña, uno nacido en la capital y otro en el municipio de Villa de La Paz, quienes encabezaron la misa crismal y de bendición de óleos.
No era una misa cualquiera. Para los sacerdotes que cumplieron medio siglo o 25 años de ordenación sacerdotal, era la vuelta al recuerdo de la ceremonia de imposición de manos, por parte del obispo Ezequiel Perea Sánchez o en su caso por el arzobispo Luis Morales Reyes, según sea el caso, en una ceremonia que les marcó la vida.
No fue una reunión cualquiera. Siendo arzobispo Don Jesús Carlos Cabrero Romero, eran frecuentes las ausencias de Don Arturo Antonio Szymanski Ramírez o Don Luis Morales Reyes por motivos de salud. Esta vez el ausente fue Don Carlos.
Los coros entonaron los cantos de la misa, como los profesionales que han sido toda una vida, mientras en el centro de la celebración, los pocos feligreses que cupieron entre las butacas, presenciaban una misa única, algunos cuchicheaban y otros en voz alta o murmurando participaban en la parte que les toca para atestiguar el acto de sus sacerdotes que recibían los óleos en sus cajitas color mate y botellas brillantes, para una ceremonia que en la misión de evangelización parecía trascender las dos horas y media de celebración litúrgica.
Era la misa puente entre la santificación de los óleos para usar en los bautizos, los matrimonios, las defunciones y la bendición de espacios, y aquel Jueves Santo que recuerda la tradición de Judas, pero también la profesión de fe de los feligreses a través de la visita a los siete altares.