CRÓNICA: El río feminista que fueron todas (FOTOS)

Buscaban paliacates, verdes o morados. Buscaban un tramo de algodón, de felpa, de mascotas, un trozo de peyón, lo que fuera, en colores “verde pro aborto legal” o violeta intenso contra la violencia de género. La fila en la caja de La Parisina se alargó, ante la mirada extrañada de los dependientes. 

    Cuando las texturas comunes y baratas se agotaron, las chicas más imaginativas se llevaron encaje lencero o tules vaporosos para sus distintivos.  

A varias cuadras del punto de reunión, la Plaza de Armas, la dependienta de un puesto del Mercado Hidalgo hizo una venta tras otra de paliacates morados y verdes, a 14 pesos la pieza. 

La plancha del costado sur de la plaza se atiborró. Costaba trabajo localizar el contingente, el grupo de amigas, a las compañeras de trabajo, o de generación, para organizar la salida. Un plantón del Sindicato Independiente de Trabajadoras y Trabajadores de Gobierno del Estado se vistió de camisetas moradas, pero no se incorporó a la marcha. 

Sobre las mamparas metálicas de protección al Palacio de Gobierno y al Congreso, grandes bastidores con reclamos, cifras, recuentos de daños, retablos de la tragedia de nacer mujer en este país. El morado intenso que ascendió al aire de una candela de humo anunció el arranque y el griterío fue entusiasta.

Feminista histórica, la diputada Guadalupe Almaguer Pardo buscó su lugar en el contingente de universitarias. No podía estar menos satisfecha de una nueva, numerosa y joven realidad. Decir mayoría millennial no es exacto: muchas de las participantes habrán nacido ya en este siglo, son hijas de la centuria y mucho más reivindicativas que cualquier otra generación. Llevan glitter morado en las mejillas, pintura en la cara, pelucas o mechas violáceas, pancartas con una letra cuidada y dibujos coloridos.

La diputada Almaguer echó de menos su megáfono, olvidado en casa por las prisas, pero igual organizó coreos y consignas. Su nieta, de 18 años de edad, le pidió una camiseta la noche anterior para estar en la marcha con sus compañeras. La legisladora decidió participar también. “Una ya nada más viene de acompañamiento: estas luchas ya son de ellas, con la estrategia que ellas decidan, es otra generación”, planteó, encantada de la cantidad de manifestantes. 

Las calles del Centro se volvieron ríos. Se notaba en la cara de desazón de conductores a quienes la marcha no permitía salir de los estacionamientos, parados junto a sus autos viendo pasar un desfile de todas las variantes del activismo por la igualdad para las mujeres, por la exigencia de un país en el que puedan salir a la calle sin miedo y donde no tengan que ser juzgadas por las mismas cosas que a un hombre estándar nadie le cuestiona. 

Si la paranoia política mueve a preguntar por el resorte que impulsó a estas mujeres a salir a la calle, no tendrá las respuestas que su lógica conspiracionista espera. En este río iban de todas las procedencias escolares, de diferentes corrientes políticas, de credos distintos; el feminismo no es hoy un bloque ni sus integrantes producto en serie de una misma línea.

En las estrechas calles del Centro que recorrieron juntas, cupieron todas: las hijas de familia acompañadas por madres que no desean el mismo modelo y destino que ellas tuvieron; abuelas a quienes les importa un bledo Simone de Beauvioir pero salieron porque ven urgente parar la violencia que amenaza a hijas y nietas; madres jóvenes con niñas vestidas de princesas Disney; chicas de negro con chinchetas en botas y chaquetas y en las filas universitarias, jovencitas de zapatillas ugly sneakers de diseño, con Converse relavados, con un par de Nike de suela aérea o tenis resultones del último palet puesto a costo de outlet en Costco. Otro genérico entre las de pisada pro igualitaria más fuerte: botas Bova en todas sus versiones, con estoperoles, con tacón, floreadas, las de casquillo del uniforme laboral bien aprovechadas, de femme fatale, de las estanterías de Walmart o de Martens a lujoso corte Frida. La moda y las marcas lo gritan todo: procedencia, credo, sueños y aspiraciones.  

Y a grito se fueron coreando. “¡Se va a caer, se va a caer, el patriarcado se va a caer!”. “¡Alerta, alerta que camina, América Latina será toda feminista!”. Y el éxito chileno “El violador eres tú”, el coreado más sentido por las centennials: “¡Y la culpa no era mía, ni dónde estaba ni cómo vestía…!”. 

Cuando el río quedaba a ralentí, porque apenas se podía caminar, unas chicas embozadas en verde o negro, lata de pintura en aerosol y plantilla de consigna en mano, escogían muro, puerta, placa de bronce, y escribían reclamos, epítetos y una justificación: “Te duele tu pared, pero no te duelen mis hermanas muertas”. 

De inmediato reaccionaban reprobando a quien sacara un celular para hacerles fotos. En la sede del Arzobispado, pintaron “Pedófilos” y “Aborto legal”. La organización Marea Verde, pro aborto, pegó un enorme sello de clausura en la puerta “por atentar contra los derechos humanos de las mujeres en San Luis Potosí”. 

Con movimientos rápidos, pintaron en muros de las fincas y comercios sin gente a la vista. Curiosos o previsores, habitantes y empleados de comercios se apostaron en el exterior de sus domicilios y los negocios, parece ser la mejor forma de evitar las pintadas. La pantalla de un parquímetro quedó imposible de leerse, bañada en rojo. Un hombre salió a reconvenir a una encapuchada que se daba gusto con el aerosol frente a Oficialía Mayor; al pobre lo bañaron en pintura otras más que salieron de entre la marcha, como enjambre furioso, a desactivarlo.

En la fachada de la Logia El Potosí, frente a plazoleta de El Carmen, pintaron con sorna “Machonería” y colocaron un tendedero advirtiendo a posibles interesadas de actos iniciáticos con “novatadas violentas”, trato humillante, fotos no consentidas y la poca imaginación de regalar licuadoras a las mujeres “para la cocina”. El pintarrajeo siguió en fincas y en el templo de Nuestra Señora de la Salud. 

Colocar la marcha con cierto orden frente a la Fiscalía General regaló una mejor idea del tamaño de la participación. Cuando se pidió silencio con el puño en alto, las de atrás no escuchaban y seguían coreando porque no alcanza la instrucción. En el exterior, colocaron y pintaron de todo: los nombres de las muchas víctimas, reclamos duros por la ineficacia en indagatorias y sanciones, la triste inutilidad de denunciar. Los contingentes finales ni alcanzaron los discursos, antes de que el río se enfilara entusiasta a Fundadores.

Al edificio Central de la UASLP le tocó la peor parte. Se desprendieron las activistas del aerosol y el pintarrajeo fue focal. Cuando salieron los celulares y las cámaras de video para captar aquello, una encapuchada, megáfono en mano, salió a exigir que no expusieran a las compañeras porque las iban a ubicar, las iban a acosar y las iban a detener. Lanzaron contra el edificio piedras pequeñas y huevos. La cosa escaló cuando un par de muchachas, una con martillo de uña y otra con una especie de hacha pequeña, rompieron frenéticamente los cristales de las ventanas. Una se cortó. 

Una mujer de playera morada que cargaba un hermoso Yorkshire (moñito morado al uso), se refugió en el banco de enfrente, a esperar a sus amigas e hijas. “¡Eso ya no! ¡Vandalismo no!”, explicaba a un hombre atento al desbarajuste en la plaza. 

De regreso al Congreso, quemaron en efigie masculina y trajeada al Gobierno del Estado, a la UASLP, a los diputados y a los partidos políticos. Unos monigotes de cartón que produjeron unas llamas aparatosas pero efímeras. 

Rompieron filas afónicas, cansadas y felices de gritar su propia rabia, algunas todavía alborotadas. Lo hicieron. Ni capitis deminucio ni “ideas cortas” insufladas por varones conservadores de levita y sombrero de copa. Quien siga imaginando conspiraciones en su contra, vive fuera de la mayoritaria realidad femenina de este país.