Donde termina el abrazo, empieza la búsqueda

Para muchas madres hoy no será un día de celebración

Hay abrazos que se repiten cada año. Y hay otros que se tardan en regresar. El de Noé Cedillo Chávez, el 10 de mayo de 2025, fue el último que su madre, Belinda Chávez Garza, volvió a tener.

No fue un encuentro largo. No hubo celebración. Noé pasó a verla unos minutos antes de regresar al trabajo. “Mami, me dieron chance de salir a darte tu abrazo y me tengo que regresar”, le dijo. Belinda no sabía que esa escena, breve y cotidiana, se convertiría en un punto de quiebre: desde ese día, su hijo desapareció.

Ha pasado un año

Para muchas familias, el Día de las Madres es sinónimo de festejo. Para ella, y para todas las madres buscadoras es una fecha detenida en el tiempo. El momento exacto en que vio por última vez a su hijo, de 24 años, en Ciudad Valles, San Luis Potosí. Hoy tendría 25. Su cumpleaños, el 22 de diciembre, pasó entre una misa, la incertidumbre y una pregunta que no ha dejado de crecer: ¿dónde está?

Cuando la espera deja de ser suficiente

Antes de eso, la desaparición era algo que ocurría en otras vidas. Belinda veía las fichas de búsqueda, las compartía, pero no imaginaba que un día estaría ahí. “Una nunca piensa que le va a pasar”, dice. Ahora, el rostro de su hijo forma parte de esa misma cadena de imágenes que piden ayuda.

Los primeros meses fueron confusos. La realidad no terminaba de asentarse. “No estaba ubicada, no estaba presente”, recuerda. El tiempo avanzaba sin ella. Fue necesario buscar ayuda profesional, sostenerse en su fe, apoyarse en quienes la rodeaban para empezar a entender lo que estaba viviendo.

Pero hubo un momento en que la espera dejó de ser suficiente.

Belinda se convirtió

en buscadora

Se integró al colectivo Voz y Dignidad por los Nuestros, donde encontró a otras mujeres atravesadas por la misma ausencia. Ahí entendió que la búsqueda no es una opción, sino una necesidad. “Si nosotras no los buscamos, nadie más lo va a hacer”, dice.

Aprender a buscar

donde duele

Desde entonces, su vida gira en torno a eso.

Buscar implica caminar terrenos donde otros evitan mirar, escarbar la tierra con la esperanza y el miedo mezclados, sostener la respiración ante cada hallazgo. Implica también enfrentarse a una realidad que antes le era ajena, incluso siendo enfermera. “La forma en la que los encontramos es devastadora”, admite. Aun así, continúa. “Si no es el mío, no importa, estás haciendo algo por ellos”.

En ese camino, hay algo que le pesa tanto como la ausencia: la indiferencia.

“¿Cómo dudas de la palabra de alguien que tuvo que aprender a buscar a su hijo entre la tierra, entre el silencio…?”, cuestiona.

La familia que

también resiste

La desaparición de Noé no solo la transformó a ella. Alcanzó a toda su familia. Belinda reconoce que la búsqueda la ha vuelto una madre y esposa ausente. Su hija se aisló, encontró refugio en la música. Su esposo —quien crió a Noé desde pequeño— también sale a buscarlo.

Un día, su hija la detuvo.

“Mamá, aquí estoy. No te quiero perder a ti también”.

Esa frase la obligó a volver, al menos en parte. “Te das cuenta que tienes que seguir adelante por los que están”, dice. Pero seguir no significa dejar de buscar.

Buscar sin respuestas

En lo institucional, la respuesta no ha sido suficiente. La denuncia se presentó desde el inicio y hay acompañamiento de la Comisión Estatal de Búsqueda en Ciudad Valles, pero en la Fiscalía General del Estado (FGE) no hay avances concretos. No hay indicios, no hay certezas.

En un estado donde las desapariciones se acumulan sin respuesta, su caso no es una excepción.

“No es solo en Valles, es desde las cabezas que mandan en el Estado…Para ellos son números, para nosotros son hijos”, comparte.

Amar también es

seguir buscando

El tiempo pasa. Y con él, llega algo más difícil de nombrar.

“Una como mamá empieza a sentir… como que quieres empezar a dudar”, confiesa. Aun así, se sostiene en la fe, en la idea de que su hijo volverá. “Como Dios me lo regaló, sé que me lo va a regresar, de una forma o de otra”.

Cuando habla de Noé, la ausencia toma forma. Lo describe como un joven noble, generoso, de esos que daban sin medir. “Dejaba de tener él por darle a alguien más”. Su sonrisa, su forma de ser, es lo que su madre insiste en mantener vivo.Pero su exigencia no es solo personal.

“Que ningún hijo quede en el olvido. Que la justicia llegue donde hoy hay silencio”.

A un año de su desaparición, el 10 de mayo ya no es celebración. “Ya no hay nada que festejar”, dice. El dolor sigue ahí, intacto, aunque ahora pueda nombrarlo con más calma.

Si pudiera hablarle hoy, no dudaría: “Lo amo. Lo sigo esperando. Y si tuviera más vidas, lo volvería a escoger como mi hijo”.

Después, vuelve a lo que ya no es solo suyo, sino de muchas.

“Que no sean números, que no sean carpetas. Los buscamos porque los amamos”.

Porque hay hijos que no están, pero tampoco se van.

Se quedan en la memoria, en la espera, en cada paso de búsqueda.

Y ahí, Belinda sigue, como en la historias de muchas otras madres, sosteniendo la esperanza de volver a encontrarlo, de encontrarles.