El viaje análogo al fin del mundo

Jennifer, maestra, Carlos, arquitecto, decidieron cumplir su sueño de viajar hasta el fin del mundo austral. Lo hicieron en una camioneta treintañera con el odómetro descompuesto y Alice, su mascota.

Pulso.- De San Luis Potosí a Ushuaia, en Tierra de Fuego, la ruta más corta, una línea recta y aérea, marca 9 mil 99 kilómetros. Jennifer Scanlan Gómez y Carlos Estrada Castro, con Alice, su perra pastor australiano, le metieron 40 mil kilómetros a una pick up de hace más de tres décadas para hacer el viaje de sus vidas hasta el fin del mundo y volver, en una ruta que cruzó el continente desde el Mar Caribe al Océano Pacífico.

-"¡¿En eso?!"-, les preguntaban con sorpresa los ciudadanos de la América austral cuando les explicaban que habían llegado hasta allá en "La Blanquita", una Ford 150 sin aire acondicionado ni prestaciones eléctricas. 

El padre de Carlos le regaló la pick up usada, cuando era estudiante, con 60 mil kilómetros de actividad. En "La Blanquita" Carlos fue y vino con sus compañeros de la universidad; llevó y trajo proyectos de la carrera en Arquitectura; en ella se le declaró a Jennifer, fue su transporte de bodas y es su vehículo más querido.

Carlos quería recorrer la ruta hacia el fin del mundo, fantaseaba desde chamaco. Hacer un viaje así cuesta y comprar un camper no estaba en sus posibilidades. Decidieron hacer el viaje en "La Blanquita" por una conveniencia tecnológica: sin las complejidades electrónicas de autos más modernos ni necesidad de diagnósticos por computadora, su mecánica simple haría más sencilla una reparación.

El viaje les dio la razón. En Centroamérica se les chispó el cableado. Carlos le tomó una foto a aquella maraña chamuscada y se la envió al técnico automotriz en San Luis, que le devolvió la foto con una línea donde debía hacer un puente para arrancar la camioneta y llevarla hasta un taller para la adecuada reconexión del colorido cablerío. 

Después, en caminos andinos, se toparon con unos viajeros como ellos, pero con una poderosa camioneta de marca alemana y un camper hermoso. A miles de metros sobre el nivel del mar, aquel moderno equipamiento móvil no daba un metro más hasta que no lo revisara un técnico con diagnóstico digital. 

El odómetro ya no funcionó apenas empezado el viaje. El cálculo del resto del recorrido se los dio el GPS con el que su familia podía rastrearlos desde San Luis. 

UN HOGAR MÓVIL CON ALICE

"La Blanquita" era lenta en las altitudes andinas, un horno en tiempos de calor, pero dio poco problema en seis meses de viaje. Carlos diseñó un casetón de madera para la caja de la pick up con fines básicamente funcionales. Dentro, unos modulares sirven para guardar ropa y otros efectos para el viaje; encima de los modulares se colocan unos colchones de espuma para la hora de dormir. 

Carlos se aplicó en el proyecto y consiguió un techo elevable con material térmico y, una vez desplegado éste, hace posible ponerse de pie dentro y colocar un tablón elevado como cama matrimonial, cercano a unas ventilas con mosquitero para dormir más frescos. Una estufa con bombona de gas, un pequeño fregadero y un retrete portátil para emergencias, completaron el equipamiento doméstico. 

Pernoctaron en hoteles en algunas ocasiones, conforme daba la economía. Para descansar mejor, ducharse y lavar ropa. Su camper de diseño propio los protegió de inclemencias climáticas muy variadas. 

Alice se quedaba con ellos en ese hogar hechizo. La adoptaron pequeña, procedente de un rancho que la rechazó por el color del pelaje, rojizo, considerado de mal fario en hembras de su raza.  Se comportó a la altura como compañera de viaje, con las complicaciones de cumplir con el ingreso sanitario legal de cada país. 

En Panamá requirió servicios veterinarios por un malestar al que ni le hallaron el motivo y les costó 150 dólares. Alice dio nombre al registro de su viaje en Facebook, "Viajando con Alice". Así los reconocían algunos seguidores, con Alice como referencia.

VERDE, ARENA, SAL Y NIEVE

Panamá en general les resultó caro: para salvar el llamado "Tapón del Darién", la selva impenetrable entre Panamá y Colombia, tuvieron que pagar 2 mil dólares por el viaje en barco con "La Blanquita" entre Colón y Cartagena. El "Tapón del Darién" no tiene caminos ni senderos transitables, interrumpe la ruta Panamericana por casi 90 kilómetros y se ha transformado en zona de un lucrativo negocio para traficantes de personas, migrantes ilegales, en lanchas y por tramos selváticos controlados por la guerrilla o el narco colombianos. 

Cuando iniciaron el viaje, llevaban un plan de visitas y quehaceres que dejaron por la paz al poco tiempo. Se dieron cuenta que no faltaba qué modificara su itinerario y tiempos programados, país por país. Cuando no era una norma imprevista, era una desviación, una incidencia climática, un camino infame o un evento político local. "No tenía sentido planear", resume Carlos.

Pasaron de los verdes esmeraldas de Colombia y Ecuador, a las montañas andinas y las texturas casi marcianas del desierto de Atacama. "Ni una yerbita, ni tres pelos de pasto", recuerda Carlos. Vivieron que no todo en esos países merece el nombre de "carretera", o no al completo, pues de nada deja de haber carpeta por kilómetros enteros. 

Se metieron a Bolivia en una ocurrencia con buen tiempo, sin lluvias, para el conocer el salar de Uyuni, el salar más grande y el más alto del mundo. Un paisaje con reservas enormes de litio y lagunas de salmuera con la peculiaridad de efecto espejo muy nítido. 

Sin reserva petrolera ni salida al mar, Bolivia aplica una política de subsidio a la gasolina que se volvió un problema para el viaje. Para evitar que extranjeros de países vecinos acudieran a las estaciones de combustible bolivianas para beneficiarse del subsidio, restringieron la venta de gasolina a los extranjeros. Para no quedarse tirados, tuvieron que hallarles el modo a los vendedores. 

EL AMABLE FIN DEL MUNDO

Ya casi con el otoño encima, agarraron la carretera austral, más de mil kilómetros hacia el sur, a veces pavimentada, a veces ripio vil.  Tenían que darse prisa porque esa vía, de camino a la punta del continente, se cierra. La delincuencia los alcanzó en Puerto Montt, Chile, donde les navajearon un neumático para distraerlos y robar el bolso de Jennifer. 

El incidente les regaló a la vez la oportunidad de conocer el lado generoso de los lugareños que los auxiliaron, entre ellos el dueño de un taller que les regaló un neumático de la medida para repuesto y los invitó a su casa. Con ese neumático regresaron a México. 

Chile es un país de soledades prolongadas en el trayecto. En su trayecto aprendieron que en Sudamérica no hay la cantidad de servicios de comida y comercios que hay en México. Con frecuencia se encontraban con lugares a donde no había ni dónde comprar comida. En Chile se hizo más dura la carencia de abastos de alimentos. En un pueblo le preguntaron al chico de la estación de gasolina si conocía dónde podían desayunar. El muchacho llamó su madre y les propuso que fueran a desayunar a su casa. Incluso les regalaron pan casero y algunos víveres. 

La ciudad del fin del mundo austral está en territorio argentino, Ushuaia. Con el tiempo encima llegaron hasta allá. En otros puertos, lo común son yates, barcos comerciales y cruceros. En Ushuaia el puerto recibe barcos de investigación que van a la Antártida. Ahí, en un bar de motoristas que hacen la ruta Panamericana, de punta a punta del continente, les pusieron medio sello en el pasaporte, tendrán que ir por la otra mitad a un bar de motoristas en Alaska. 

Alice se volvió popular en Argentina, con seguidores que la identificaban. Allá recorrieron los bosques, glaciares y parajes que habían soñado antes de emprender la vuelta a México. Jennifer, Carlos y Alice se sintieron queridos en ese país por lo amables que fueron con ellos. Hasta los bloqueos carreteros son distintos. En uno les pidieron que cantaran con ellos una especie de himno de solidaridad y luego los dejaron ir. 

Carlos y Jennifer quieren ir por la otra mitad del sello hasta Alaska. Y con Alice. Quizá sea hasta menos incómodo llegar al extremo norte del continente, con la infraestructura que tienen Canadá y los Estados Unidos. Antes, habrá que pagar los gastos pendientes de esta aventura sudamericana y ahorrar. Del viaje regresaron con menos peso y cuentas por pagar, pero felices. 

Cuando partieron desde San Luis, la principal duda era si no padecerían con la inseguridad de algunos países. "No, no vi ni un mara", reconoce Jennifer. Recuperaron la alerta de espanto permanente en Guatemala, antes de cruzar la frontera rumbo a Comitán, Chiapas. "Nos dijeron que no entráramos a Comitán después de las seis de la tarde, que era muy peligroso, que había hasta toque de queda", dice Jennifer con ironía.