Gildardo Ramírez, maratonista potosino

Se trata del primer potosino que ganó el Maratón Tangamanga

Aunque en 1988 el país consternaba al mundo por hechos grises como "Los Cachirules" o las elecciones controversiales de Carlos Salinas de Gortari, en San Luis Potosí un joven menudo de nombre Gildardo Ramírez Gómez hacia historia, al convertirse en el primer corredor local en ganar el Maratón Tangamanga.

Para llegar a ese objetivo los pulmones, los muslos y una mentalidad ganadora le permitieron potenciar las máximas capacidades del organismo humano, esas que muchas veces se ven limitadas.

Desde el lugar que lo vio tocar la gloria del atletismo potosino, rememora que su primera competencia consistió en una carrera de 10 kilómetros en 1977, en Soledad de Graciano Sánchez.

Como suele pasarle a cualquier primerizo, corrió con unos tenis de baloncesto que a la postre le cobró factura pues le produjeron ampollas.

Sus pininos los logró gracias al apoyo y soporte de Adrián Paz, maestro de educación física de la secundaria donde estudiaba. Después de varios meses, compitió en diversos municipios donde se fogueó, pero nunca pudo calificar a competencias nacionales, sino hasta la preparatoria.

"Yo corro desde que estuve en la secundaria, ahí con unos amigos comencé a entrenar en pista de 400, 800 y mil 500 metros y después comenzamos con carreras en la 

calle", comenta.

Los años pasaron, así como su desarrollo atlético, emocional y competitivo que lo llevaron a participar en la primera edición del maratón Tangamanga en 1983, logrando una marca de 2 horas y 38 minutos y con ello alcanzar la posición 19. El ganador fue un participante del entonces Distrito Federal con 2 horas y 24 minutos.

Con la espinita de hacer algo más continuó en el mismo camino y corrió los siguientes dos certámenes; el cuarto no lo compitió, pero sí el quinto. Todo tenían algo en común: cada vez mejoraba sus marcas.

Así llegó al sexto maratón, donde finalmente alcanzó la gloria del primer lugar con un tiempo de 2 horas 22 minutos. Gran parte del éxito se debió al entrenamiento que recibía del corredor potosino Eduardo Castro.

Acudió a selectivos y eliminatorias, entrenó en el Distrito Federal y ahí logró ganar un sexto lugar y calificó al Campeonato Mundial de Milán, Italia de 1989.

Marcó 2 horas y 22 minutos, pero no alcanzó a subir al podio, pero él y sus compañeros concluyeron dentro de los 10 mejores del orbe.

Entre altimetría y compañerismo 

Todo éxito tiene sus cimientos y los de Gildardo se sitúan a varios kilómetros de la capital potosina, dado que para generar mayor resistencia entrenaba en puntos altos, como por ejemplo Armadillo de los Infante y Cerro de los Caballos en la Sierra de Álvarez. Cuando era momento de pista el estadio Plan de San Luis se convertía en su lugar predilecto.

Del otro lado y quizá la parte más indispensable del atleta de alto rendimiento, corresponde a la alimentación, rubro en que la alta ingesta de carbohidratos como pastas, papas y ensaladas y la toma de electrolitos se convirtieron en la mejor estrategia de Gildardo para soportar las cargas de trabajo.

Advierte que, si no existe la dieta apropiada a la mitad del recorrido se sentirá el cansancio. "La motivación viene desde los entrenamientos. Ya cuando uno llega a una competencia, pues uno va a rendir lo que se hizo en los entrenamientos. Cuando acaba una competencia uno siempre tiene la motivación de mejorar para la siguiente competencia", complementa.

La barrera de los 30

Después de más de 30 años de actividad competitiva, el maratonista potosino concluye que la denominada "barrera", es decir, el tramo entre el kilómetro 30 y 35, es la parte más pesada de superar. Ahí es donde se evidencia la preparación física y la disciplina alimentaria.

A sus 61 años, Gildardo aún tiene ánimos de correr un maratón y aunque ahora no ejecuta el mismo entrenamiento de alta competencia, se mantiene en forma realizando senderismo.

Aún conserva los tenis con los que ganó la VI edición del Maratón Tangamanga, competencia que considera la más importante, porque conoció a muchas personas, quienes todavía lo reconocen cuando lo ven pasar por la calle.