Marea blanca, alegría juvenil y llamado a la paz

Más de 7 mil jóvenes rezaron, mostraron su creencia y se divirtieron

Los jóvenes tuvieron fotógrafo de lujo en la Arena Potosí. Joseph Spiteri, el obispo y diplomático italiano que se avienta las faenas de nuncio apostólico, se contagió de la alegría de la juventud que encontró a las 12 del día en el recinto y fotografió a los marchistas en arribo, minutos después de saludar a un grupo de monjas de la congregación de la Madre Teresa de Calcuta.

Monseñor Joseph no sostenía báculo ni breviario. Una cámara réflex hizo el milagro del recuerdo para los chicos que convirtieron la Avenida Juárez en un río de personas, desde la zona de cantera rosa del Santuario de Guadalupe, esa de los adoquines que de cuando en cuando resuenan con los golpes de las llantas de los camiones urbanos y automóviles.

Una ligera bruma se asomaba a las 9 de la mañana cuando, ansiosos, cientos de jóvenes ya esperaban en el atrio de la Basílica de Guadalupe, la organización para iniciar la Marcha de las Misiones como cada Congreso Nacional Juvenil Misionero, un pronunciamiento por los mensajes de paz que el propio catolicismo promueve.

No era necesario tapar calles, por lo pronto. Ya empezaba a arreciar el calorcito, mientras llegaban montones de chavos y chavas vestidos de color y esperanza, con sus playeritas blancas que iluminaron esa mañana, la mayoría con cachuchas y algunos sin la gorrita.

En el sitio, coordinaban los grupos de misioneros potosinos, auxiliados por el arzobispo anfitrión tesorero de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), arzobispo Jorge Alberto Cavazos Arizpe, el obispo Héctor Mario Pérez Villarreal, secretario general de la CEM y el arzobispo de Tulancingo Óscar Roberto Domínguez Couttoleng, responsable de la Dimensión Episcopal para la Pastoral de la Misión, también de la CEM, además del presbítero Gabino Medina, rector de la Basílica Menor de Guadalupe.

De pronto, apagar la sed también fue parte del agua bendita.

MEZCLA DE GENERACIONES

El lugar común suele ubicar a los grandes que manifiestan alegría y vitalidad, como aquellos que no pierden la chispa de la juventud. Algunos por hacer compañía y otros por participar en el ritual, pero ahí cayeron, se organizaron y portaron sus sombreritos o sus cachuchas y sus botellas de agua, para acompañar la manifestación de fe que para las 10 de la mañana ya reunía a más de diez mil personas. La edad era lo de menos. Aparecieron por primera vez menores de 15 años y mayores de 70, que se la rifaron y salieron de la Basílica para trepar el puente y continuar cuesta arriba hasta el centro de reunión para la ceremonia de despedida.

Los seminaristas y uno que otro sacristán, se colocaron un sombrero como parte del atuendo de la sotana y los chiquillos, le dieron vuelo a la moda juvenil con sus pantalones de mezclilla, los joggers, tenis gastados y apareció alguno que otro, quizá vestido por su mamá, con sus dockers. Eso sí, en el mar de gente, constatamos que las mujeres se pusieron los pantalones.

De todos modos, con el contraste de las sombras, el escenario fue tan alegre que se vistió de las banderas amarillas, verdes, rojas, azules y blancas. No importaba que había que andar cuesta arriba, entre calles desoladas por la hora del domingo, tiendas que ni en sueños abren en el Día del Señor, y vecinos que apenas se asomaban mientras algunos celadores improvisados trataban de contener el tráfico, ante la insuficiencia de patrullas de la Policía Municipal.

LA BASURA URBANA

Dicen allá por las filas de las direcciones de comercio de las alcaldías, que se la pasan quitando anuncios no autorizados. La Avenida Juárez debe tener toneladas de carteles anunciando desde un perrito extraviado hasta unos extraños pactos de venta de casas y espectáculos de exhibición de carros. Son anuncios muy descoloridos y deteriorados por la lluvia y el polvo.

Nuevamente los jóvenes: ellos llevaban cartulinas que brillaban por blanco, con letreros muy coloridos, símbolo de la alegría, y leyendas alusivas a la fe.

La basura urbana se quedó en su lugar desde hace meses, y no parece sugerir algún arduo trabajo para retirar tanto letrero que contamina la ciudad, donde hay quienes se atrevieron a organizar una carrera de autos o un espectáculo que a estas alturas ya debe estar muy descolorido.

COLOR Y ESPERANZA

El habitual color tierra o asfalto, de pronto se encendió con las miles de playeras blancas de los jóvenes que avanzaban cuesta arriba. Cada playera fue un lienzo y un rebote de luz, que alegró las vestimentas rematadas con cachucha roja o sombrero.

A ellos les acompañó la devoción en movimiento, puesta en un camión que de manera cuidadosa transportaba una imagen de la Virgen de Guadalupe, la patrona del México vivo y alegre, creyente y esperanzado, acompañada de hombres y mujeres ataviados con sus trajes típicos, ella rodeada de globos rojos y ellos, agarrados de donde fuera para no caerse, pero siempre fieles a la custodia de la venerada imagen.

Se dice que las bendiciones llegan por partida doble. El rector de la Basílica bendijo las aguas de beber y los chicos las tomaron y de paso se refrescaban con ellas, como si fueran manguerazos de bendición. ¡Ole! Había que sacarle la vuelta al calorón.

No era para menos. Además de las bendiciones, coincidieron con la nueva generación de obispos, más alivianados, vivos y en vivo para ellos, como los sacerdotes que también le entraron al relajo, al júbilo y a la alegría. Atentos, los matemáticos de la música tomaron sus guitarras para entonar cantos religiosos, de esos que ponen a bailar y a seguir las estrofas.

Tal vez las canciones “perfumaron” el ambiente donde gente alegre, el único río no sería de personas, sino de agua que corre y resuena entre las piedritas.

LA ARENA Y LA BARCA

La barca anclada en la arena, fue un escenario para sentar a más de 20 mil personas, desde jóvenes hasta papás, abuelos y niños hasta sacerdotes, monaguillos, sacristanes, laicos, obispos y un diplomático del Vaticano con su cámara fotográfica. Llegaron más o menos 10 mil y poco a poco entraron a escoger su lugar.

La gran sorpresa para ellos, el fotógrafo de lujo, fue un anuncio apostólico también alegre y jovial, despojado de esa vestimenta rígida que suelen imaginar los jóvenes cuando no conocen a la nueva generación 

de obispos.

Tan asombrado quedó el nuncio, que no soltó la reflex hasta registrar esa vitalidad que los mayores necesitan recuperar, y que llenó de alegría las calles y el congreso misionero.

Joseph Spiteri saludó a monjas de la congregación de la Madre Teresa de Calcuta, se dirigió a los obispos presentes y los recibió con un abrazo. Parecían contagiados de la energía que imprimieron los más de 7 mil jóvenes que rezaron, mostraron su creencia y ¡ah! cómo se divirtieron.