Pacheco, el sacristán que no quiere retirarse

Es sábado, son las 7:30 de la noche, el sol se ha ocultado por completo y se escucha el primer llamado a misa, las campanas del Santuario de más de dos siglos de antigüedad repican a misa. 

Él lo sabe, los distingue, sus más de tres décadas subiendo al campanario le permiten conocer cada uno de los tonos; se apura, sabe que es mejor llegar por lo menos 20 minutos antes de que comience la celebración para poder tener un lugar privilegiado y estar cerca de esa imagen a la cual a dedicado una vida entera.

Se prepara para salir, un pantalón os curo de vestir, un suéter de tejido y unos zapatos cómodos para apresurar su paso y ya está listo. Atraviesa un pequeño callejón y arriba a su casa, esa casa que comparte con miles de fieles y devotos a la imagen a la que llaman “Nuestro Padre Jesús”…

Don José Bernardino Pacheco, durante 34 años sacristán del “Santuario de Nuestro Padre Jesús”, no quiere retirarse. Tiene 83 años de edad y desea continuar al servicio del patrono del lugar. 

Sentado, en una de las bancas de madera al interior del frío templo, resume cómo ha visto pasar las historias del pueblo entero. “Aquí en la iglesia, se ve pasar la vida. He sido testigo de centenares de bautizos, presentaciones, bodas y cuerpos presentes, ajenos y también de mi propia familia”.     

Con las manos puestas en sus rodillas, la espalda un poco encorvada, voltea su mirada hacia el suelo y recuerda cómo es que llegó a la casa de todos los fieles. “Yo tenía 49 años y había trabajado por mucho tiempo como operador en los cines Guzmán y Teresa, pero la televisión y los VHS llegaron y pronto se acabó el trabajo. Para no estar únicamente en casa, en 1985 decidí venir a apoyar a la iglesia y después de un tiempo terminaron por contratarme”. 

A lo largo de estas décadas ha tenido privilegios que todo devoto valora y que sólo se ganan con arduo trabajo. Ha sido por ejemplo el encargado de llevar el control de las sagradas vestiduras de la venerable imagen, una tarea que va más allá de administrar un armario litúrgico. Las vestiduras se guardan ordenadas por años y durante las fiestas patronales se van cortando para entregar a los fieles un pedacito de tela a modo de reliquia.

Quince días antes del primer viernes de marzo, es bajada del altar mayor la imagen del santo patrono, con el fin de que los miles de creyentes se acerquen a adorarlo, pedirle milagros o bien agradecer los favores recibidos. El señor Pacheco tiene la función de ser parte de la cuadrilla encargada de descender la imagen, mientras los centenares de feligreses atiborran el santuario, aplauden y cantan el Himno del Nazareno para implorar protección. 

Aunque debido a su edad ya se retiró, él no deja de acudir a brindar sus servicios de vez en cuando, pues su vida está ahí, del repique de campanas a la asistencia al clérigo en misa si lo requiere. No sabe, no quiere otra cosa.