Ahora se encuentra estable y progresa en su terapia, pero hace más de tres años Susana fue una de las mil 493 mujeres potosinas que desarrollaron depresión persistente y un cuadro de trastorno bipolar durante la pandemia de Covid-19, que incluso la llevó a atentar contra su vida en dos ocasiones.
En junio de 2020 tenía 15 años de edad y comenzó a no poder conciliar el sueño, a estar triste y no tener ánimos para levantarse de la cama, todo ello a partir del recomendado aislamiento en casa, medida que terminó por convertirse en una tortura, pues su seno familiar no era el mejor, ya que tenía fuertes fricciones con sus padres.
La más pequeña de tres hermanas, relata que después de acudir con cuatro médicos, el quinto diagnóstico fue el que dio en el clavo, al determinar que se trataba de trastorno bipolar, una enfermedad mental que causa cambios extremos en el estado de ánimo.
“Yo creo que fue el aislamiento y todo lo que engloba este concepto y esta palabra. Básicamente la soledad, literalmente estar encerrada sin tener nada que hacer más que tarea y ya cuando eran vacaciones, no podíamos salir. Yo creo que para mí y muchas personas, el ir a la escuela y salir era un escape, porque yo tengo una vida familiar bastante problemática”, dijo.
El punto crítico se presentó al intentar suicidarse dos veces.
“Muchos jóvenes terminaron por acabar con su vida y yo pude ser uno de esos, y eso es algo de lo que yo me salvé, yo creo que es muy, muy importante, que no solamente aboguemos por la visibilización de la salud mental, sino que también reconozcamos que dentro de cada uno y dentro de las personas que tú más amas, aunque tú no quieras, hay problemas”, concluye.
Curva ascendente
El primer caso confirmado de Covid-19 en el país se reportó el 28 de febrero del 2020, aunque en la entidad potosina la primera confirmación se informó el 13 de marzo de ese mismo año.
Se trató de una mujer de 53 años con antecedente de viaje a España e Inglaterra, quien presentó un cuadro respiratorio leve, caracterizado por fiebre, tos, dolor torácico, de cabeza y muscular, ataque al estado general y goteo nasal.
De ahí en adelante las autoridades sanitarias comenzaron a difundir una estrategia con el objetivo de contener la expansión del virus SARS-CoV-2, a través de acciones emergentes que se concentraron en distanciamiento social, confinamiento y uso de cubrebocas.
Sin embargo, más allá de la enfermedad respiratoria al mismo tiempo inició un silencioso, pero terrible, desgastante y agudo padecimiento: la depresión, un trastorno mental que afecta a más de 300 millones de personas en el mundo, según estimaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS).
Un año antes, en 2019, los Servicios de Salud del Estado registraron 2 mil 194 casos de depresión en mujeres, de acuerdo con cifras de la Dirección General de Epidemiología (DGE) federal.
Para el 2020 contabilizó mil 493 diagnósticos de potosinas con esa afección, es decir, una reducción de 701 casos, equivalente a 32 por ciento.
De ahí en adelante la situación se agravó sustancialmente, pues lejos de mantener el descenso, en los próximos tres años repuntó en diferentes porcentajes hasta alcanzar un pico de 50 por ciento.
Al año siguiente se confirmaron mil 588 pacientes de depresión, o sea, un aumento de 95 casos equivalente a 6 por ciento. En 2022 pasó a mil 779 atenciones; un repunte de 12 por ciento.
Como todo lo que comienza tiene que acabar, así sucedió con la contingencia sanitaria que se declaró como concluida en el país el 9 de mayo del 2023, tras cumplir las características de la OMS para suspenderla.
Sin embargo, la depresión no cedió y en ese año terminó por progresar hasta totalizar 2 mil 237, es decir, 448 confirmaciones más, equivalente a 26 por ciento, en comparación con el año 2022.
Pero si se contrasta dicho número con el reportado en 2020, el resultado representa un alza de 744 pacientes en los últimos tres años, equivalente a 50 por ciento.
“La revisión de la literatura científica sugiere que durante la pandemia de Covid-19, la población mundial ha desarrollado síntomas psicopatológicos, especialmente en las categorías diagnósticas de ansiedad, depresión y estrés”, enfatiza la DGE.
La ciencia explica
Un informe de la OMS presentado el 2 de marzo del 2022 expuso que hasta esa fecha la contingencia sanitaria afectó la salud mental de jóvenes, quienes corrían un riesgo desproporcionado de comportamientos suicidas y autolesivos, pero, además, que las mujeres se vieron más gravemente afectadas que los hombres.
Para el organismo internacional, una explicación importante del aumento es el estrés sin precedentes, causado por el aislamiento social resultante de la pandemia, así como las limitaciones de las personas para trabajar, buscar apoyo de sus seres queridos y participar en sus comunidades.
“La soledad, el miedo a la infección, el sufrimiento y la muerte para uno mismo y sus seres queridos, el duelo tras un duelo y las preocupaciones financieras también se han citado como factores estresantes que provocan ansiedad y depresión”, añade.
Si bien en los hombres puede ser menor la atención por depresión no significa que no la padezcan, dado que por cuestiones culturales no acuden, en las mujeres se acentúa mucho por lo se espera socialmente de ellas, advierte Esperanza Alonso Castañón, catedrática de la Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí.
Mientras los varones buscan otras formas de resolverlo, al evadir el tema u optar por las adicciones, las mujeres deciden recurrir no solo a terapia psicoterapéutica, sino también a atención psiquiátrica, porque es tan grave el cuadro que se requiere del apoyo farmacológico.
“En las mujeres se acentúa mucho porque se carga lo que se espera socialmente de ellas, por ejemplo, que sigan estando al frente del espacio familiar. Ya actualmente también que estén al frente en términos laborales, que sean competentes tanto en uno como otro, sin considerar las implicaciones que tiene ser madre, ama de casa y a la vez estar en un trabajo”, explicó.
Argumentó que si bien algunas amas de casa sufrieron alteraciones no se debieron propiamente al aislamiento, sino a la “invasión” de los demás integrantes de la familia, pues terminaron por incidir en sus actividades y horarios.
En contraste, las mujeres que no estaban vinculadas con otras personas experimentaron un estado de ánimo decaído, y en algunos casos derivó en una depresión fuerte.
Por ello, la académica estima que los efectos pospandemia seguirán presentándose después de poco más de una década, porque se observarán las consecuencias desde las infancias hasta la adultez mayor que padeció todo el proceso.
“Siempre las cifras son un tanto engañosas, porque siempre es más el número de personas que se ven afectadas. Solamente que las que acuden a atención o las que solicitan la misma, es un grupo un tanto reducido”, precisó.