Especial | Infancia y pantallas: la crisis silenciosa

La exposición de niñas y niños a celulares impacta fuertemente en su formación y pocas familias están conscientes de ello

La infancia en San Luis Potosí atraviesa una transformación silenciosa pero profunda. Mientras generaciones anteriores crecieron con límites claros entre la escuela, el hogar y el espacio público, hoy niñas y niños se desarrollan en un entorno donde la aceptación, la identidad y la pertenencia también se disputan en la pantalla de un celular. El acceso cada vez más temprano a plataformas como TikTok, Instagram y Facebook está modificando la forma en que las infancias potosinas se perciben a sí mismas y se relacionan con su entorno.

La exposición constante a estándares irreales de belleza, éxito y popularidad ha convertido la comparación en una práctica cotidiana. En un ecosistema dominado por filtros, métricas de aprobación y contenidos aspiracionales, no alcanzar esos modelos puede traducirse en sensación de insuficiencia, inseguridad o rechazo hacia la propia imagen, especialmente en edades donde la identidad apenas comienza a consolidarse.

Especialistas advierten que la dependencia de la validación externa —medida en "likes", comentarios o seguidores— debilita la construcción de una autoestima sólida. A diferencia de lo que ocurría hace apenas dos décadas, la presión social ya no termina al salir del aula: continúa las 24 horas del día en el entorno digital, sin pausas emocionales ni espacios seguros claramente definidos.

En el contexto potosino, donde el acceso a teléfonos inteligentes se ha extendido incluso entre estudiantes de primaria, docentes y padres de familia comienzan a percibir cambios en el comportamiento infantil: menor tolerancia a la frustración, dificultades para concentrarse, alteraciones en el sueño y una necesidad constante de estímulos inmediatos.

La raíz del problema: una autoestima en construcción

La psicóloga infantil Luz Elena Ortiz Cerda, egresada de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí y especialista en psicología clínica infantil, Gestalt, sexualidad humana y disciplina positiva, explica que el impacto de las redes sociales no puede entenderse de forma aislada.

"La autoestima no se construye en un solo espacio", señala. Su base se forma principalmente en la familia, a partir de la interacción con las figuras de cuidado, y posteriormente se fortalece —o se debilita— mediante la escuela, los pares y el entorno social.

Sin embargo, advierte que las plataformas digitales introducen un factor nuevo y complejo: referentes sin regulación ni acompañamiento adulto. A diferencia de los entornos tradicionales, donde las figuras de autoridad orientan el desarrollo emocional, en internet niñas y niños pueden consumir contenidos sin filtros ni contexto.

En etapas tempranas, cuando el pensamiento crítico aún está en formación, esto resulta especialmente delicado. Los menores tienden a interpretar lo que ven en pantalla como una representación fiel de la realidad y a asumir como modelos a seguir a creadores de contenido o influencers cuyo estilo de vida, apariencia o conductas no necesariamente son saludables ni apropiadas para su edad.

Esta dinámica fomenta la búsqueda de validación constante y la comparación permanente con ideales inalcanzables, lo que puede llevar a cuestionar el propio valor personal.

Señales de alerta en casa

Ortiz Cerda señala que uno de los efectos más visibles del uso intensivo de redes sociales se produce a nivel neurológico. El consumo de contenido digital estimula la liberación de dopamina, neurotransmisor asociado al placer y la recompensa, lo que puede generar dependencia al estímulo de la pantalla.

Entre las señales que pueden alertar a madres, padres y cuidadores se encuentran la irritabilidad intensa cuando se retira el dispositivo, cambios bruscos de humor, tristeza o enojo persistente y una necesidad constante de utilizar aparatos electrónicos. También pueden presentarse aislamiento social, preocupación excesiva por la apariencia o por "ser como" figuras de internet, así como alteraciones en los patrones de sueño.

La especialista subraya que estos comportamientos no deben interpretarse únicamente como problemas de disciplina, sino como posibles manifestaciones emocionales que requieren atención y acompañamiento.

También advierte sobre el aumento de síntomas de ansiedad y depresión en edades cada vez más tempranas, fenómeno que se hizo más visible tras la pandemia, cuando los dispositivos se convirtieron en el principal medio de comunicación y entretenimiento.

Impacto en las aulas potosinas

El efecto de las redes sociales no se limita al ámbito doméstico. En las escuelas de San Luis Potosí, docentes reportan dificultades de atención, conflictos entre compañeros y casos de acoso que tienen origen o se amplifican en el entorno digital.

La psicóloga explica que los niños llevan a la escuela aquello que consumen en internet. Si no cuentan con un adulto que les ayude a interpretar esos contenidos, los reproducen como conductas normales dentro de la convivencia escolar.

Esto incluye desde formas de comunicación agresivas hasta la normalización de burlas o comentarios ofensivos, lo que puede derivar en episodios de acoso escolar. Incluso menores que no utilizan redes sociales directamente terminan expuestos a ellas a través de sus compañeros.

Además, el uso excesivo de dispositivos afecta el descanso nocturno, lo que repercute en el rendimiento académico, la memoria y la regulación emocional durante la jornada escolar.

Un desafío que exige corresponsabilidad

Para Ortiz Cerda, el reto no consiste en prohibir las redes sociales, sino en acompañar su uso. Las tecnologías —subraya— forman parte de la vida cotidiana y también ofrecen beneficios cuando se emplean de manera adecuada.

Entre las recomendaciones principales se encuentran retrasar lo más posible la entrega de dispositivos personales, supervisar y consumir contenidos junto con los menores y establecer horarios claros para el uso de pantallas. Asimismo, sugiere retirar los dispositivos al menos dos horas antes de dormir, crear espacios y momentos libres de tecnología en casa y fomentar el juego físico y las interacciones cara a cara.

También resulta fundamental promover relaciones sociales reales con otros niños, dialogar sobre lo que ven y sienten en internet y buscar ayuda profesional cuando las señales superen la capacidad familiar.

La especialista enfatiza que el responsable legal y formativo del uso de un dispositivo siempre es el adulto, no el menor.

La infancia como prioridad social

El impacto de las redes sociales en la autoestima infantil no es una tendencia pasajera, sino un fenómeno estructural que plantea desafíos urgentes para familias, escuelas y autoridades. La construcción emocional de las nuevas generaciones ocurre hoy en un escenario híbrido donde lo digital y lo presencial se entrelazan de forma inseparable.

En San Luis Potosí, proteger la salud mental de niñas y niños implica reconocer que la tecnología no es neutra: puede ser herramienta de aprendizaje o factor de riesgo, dependiendo del acompañamiento que reciban quienes aún están formando su identidad.

Más que limitar el acceso, el desafío de fondo es construir entornos seguros —familiares, escolares y sociales— capaces de fortalecer la autoestima desde la raíz. Porque, como advierten los especialistas, la manera en que hoy se acompañe a las infancias determinará el bienestar emocional de toda una generación futura.

Refuerzo legal a la salud mental infantil, parte del contexto actual

En medio de la creciente preocupación por el deterioro emocional de niñas, niños y adolescentes —agravado por factores como el uso excesivo de dispositivos móviles, el aislamiento social y los efectos posteriores a la pandemia— el Congreso del Estado de San Luis Potosí ha impulsado ajustes al marco jurídico estatal para fortalecer la atención a la salud mental infantil.

Las modificaciones a la Ley de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes del Estado buscan garantizar que el bienestar psicológico sea atendido de forma preventiva y no solo cuando ya existe una crisis, promoviendo la detección temprana, el acompañamiento especializado y la coordinación entre los sectores educativo, sanitario y social.

Este refuerzo normativo forma parte del contexto en el que autoridades estatales intentan responder a problemáticas cada vez más visibles en las aulas y en los hogares, donde especialistas advierten aumentos en ansiedad, depresión, conductas agresivas y dificultades de atención asociadas al entorno digital.

Aunque las medidas representan un avance institucional, su impacto dependerá de su implementación efectiva, la disponibilidad de profesionales de la salud mental y la capacidad del sistema educativo para incorporar estrategias socioemocionales de manera sostenida.

Acceso limitadoatención psicológica infantil: una brecha que persiste

Sin acceso oportuno a apoyo profesional, la crisis silenciosa de salud mental que enfrentan muchas infancias potosinas corre el riesgo de profundizarse, dejando secuelas emocionales que pueden acompañarlas durante años e incluso trasladarse a la vida adulta.

En medio del creciente impacto de las redes sociales sobre la autoestima y la salud emocional de niñas y niños, la especialista Ortiz Cerda y diversas familias coinciden en un obstáculo que agrava el problema: la dificultad para acceder a atención psicológica infantil oportuna en el sistema público.

Aunque existen servicios en centros de salud, hospitales y algunas instituciones educativas, la cobertura resulta insuficiente frente a la demanda. Las listas de espera pueden prolongarse por semanas o incluso meses, lo que retrasa intervenciones clave en etapas donde la atención temprana resulta determinante.

Para muchas familias, la alternativa es acudir a consulta particular; sin embargo, el costo se convierte en una barrera económica importante. En la capital potosina, una sesión de psicología privada suele oscilar entre 400 y 800 pesos, dependiendo de la especialidad, la experiencia del profesional y si se trata de atención infantil o psicoterapia especializada.

Cuando se trata de procesos terapéuticos continuos —que pueden requerir sesiones semanales durante meses— el gasto mensual puede superar fácilmente varios miles de pesos, una cantidad inaccesible para numerosos hogares.

Esta situación coloca a muchas infancias en un punto crítico: necesitan acompañamiento profesional, pero no logran acceder a él con rapidez ni de forma sostenida. La consecuencia es que problemas como ansiedad, aislamiento, dificultades escolares o baja autoestima pueden intensificarse antes de recibir atención especializada.

El panorama refleja una paradoja preocupante: mientras las problemáticas de salud mental infantil se vuelven cada vez más visibles y urgentes, la capacidad institucional y económica para atenderlas aún no alcanza a cubrir la magnitud del desafío en San Luis Potosí.