Me entristece ver como los mares, ríos y lagunas van perdiendo su color, ayer azul transparente y hoy grisáceo y turbio, su vaivén con gracia y majestuosidad; hoy, como una densa masa amorfa que lleva y trae montones de basura como queriendo sacudírsela sin lograrlo. Me entristece ver cómo hay división en las familias por una herencia, por una propiedad, por una suculenta cuenta bancaria, por alhajas, por cosas que el difunto trabajó y luchó para dar lo mejor a su familia y que solo fue motivo para una separación, ataques, agresiones, descontento y finalmente ruptura… ¿y la gente que no trabajó la fortuna, quiere apoderarse de todo? Me entristece ver la deshumanización de la gente, que es capaz de vender a su hijo por unos pesos a gente malvada; otros, que creen que golpeando a los y las demás se ganan el respeto y la admiración de aquellos a quienes humillan, agreden o sobajan. Aquellos que pelean solo por un “juego” de futbol o cualquier deporte y llevan su pasión más allá de las canchas, intentando acabar con los hinchas del equipo rival, cual si fuesen una plaga por aniquilar. Me entristece, ver a aquellos pobres que viven de milagro, entre la basura e inmundicia; donde la muerte, le sopla a su cuello diariamente, donde la pelea por una hogaza de pan duro, una cobija roída, un harapo es de vida o muerte y peor aún, la indiferencia e indolencia de los que se dicen “clase pudiente”. Ver a los padres de un pequeño enfermo sin poder siquiera darle alguna medicina y solamente ver como su luz se va apagando sin remedio. Pero, mientras haya un rayo de esperanza, personas que luchen por un cambio, por la razón, por justicia, vale la pena vivir.
¿No creen?