Danielo Hernández
Regresar a escribir esta columna coincidió con diferentes sucesos personales. Y es que me resultó sorprendente el darme cuenta que la reflexión sobre lo que ocurre en mi entorno familiar no ha sido un tópico en los últimos años; quizá sea más fácil solo ocuparme de mis trabajos y mantenerme distraído para así dejar que la vida siga. Tal vez esto será de lo que me arrepienta si llego a viejo, pero por lo pronto es lo que hay.
Hace algunos días durante una comida familiar, una de mis primas nos contó que se iría por un tiempo al extranjero para estudiar; esa decisión me tomó por sorpresa. ¿Cómo una niña podría irse sola a vivir a un país tan lejano? ¿Por qué le habrán dado permiso? Un sinfín de preguntas pasaron por mi cabeza, todas de algún modo relacionadas a la corta edad y osadía de mí querida prima. La sorpresa inicial fue superada al enterarme que ella ya hace tiempo había pasado la mayoría de edad, hablaba algo de japonés, manejaba, asistía a fiestas y había sido aceptada en una prestigiosa universidad al otro lado del mundo. ¡No podía creerlo!
Y aunque estoy consciente que es verdad que mi prima es una joven adulta, una parte de mi sigue sorprendido ¿Cómo no me di cuenta que paso tanto tiempo?
En la misma comida, después del impacto que tuve al enterarme que mi prima ya no era una bebe, parecía que la caja de pandora se había abierto. Otra noticia que evidenciaba el paso del tiempo estaba ahí, lista para sorprenderme. ¿Neta?
Mi mamá compartía la agenda de un evento importantísimo para la familia, un cumpleaños especial estábamos a punto de celebrar. Mi abuela paterna cumpliría ese fin de semana la fabulosa y casi centenaria edad de 90 años y yo jamás me había enterado (o no había querido enterarme) como tanto tiempo había transcurrido sobre el ser que más amo en esta vida. La convivencia constante y el amor incondicional mutuo que tenemos mi abuela y yo, al parecer me impidieron darme cuenta del paso de los años. ¡Que noche pasé!. Confieso que no pude dormir pensando en todos los años que cumplía mi abuela, me puse a ver fotos en las que ambos aparecíamos y por tercera ocasión el tiempo me sorprendió.
Aquellas imágenes contrastan con el presente. Mi prima dejo de ser una pequeñita y ahora convertida en mujer se enfrenta a nuevos horizontes y experiencias que formarán parte de su anecdotario de vida. Mi abuela que retrataba fuerte, emprendedora, líder y vital, hoy en el honorable ocaso de su vida es una mujer privilegiada, llena de recuerdos y afectos. Ha cosechado el arduo trabajo de su vida y eso me tiene conmovido y lleno de orgullo.
Sin proponérmelo me di cuenta que el tiempo también paso en mí.
Celebremos la vida.