PBRO. LIC. SALVADOR
GONZÁLEZ VÁSQUEZ
Todo lo que es humano, se contamina.
Y lo relacionado con el hombre, está expuesto a la contaminación.
Por eso, hay que vivir revisando el alma.
El corazón y las obras humanas, necesitan mantenimiento, para que no se contaminen.
Porque el alma, se va saturando de ideas nocivas, y afectos que dañan.
Por tanto, el corazón debe estar sujeto a depuración constante.
Ya lo dice Jeremías: “El corazón es lo más retorcido; no tiene arreglo: ¿quién lo conoce?”. (Jr.17,9). Y los sentimientos, cambian constantemente.
Alguna vez, decidimos crear una buena obra; pero mientras transcurría el tiempo, el proyecto se iba contaminando, hasta quedar distorsionado.
Y lo que bien empieza, no siempre llega a buen fin.
Hoy, nos dice el Evangelio, que Jesús entró al templo de Jerusalén, y se dio cuenta de que éste, ya se había contaminado; y estaba convertido en un mercado.
“Entonces hizo un látigo de cordeles y los echó del templo, con todo y sus ovejas y bueyes… les dijo: Quiten todo de aquí y no conviertan en un mercado la casa de mi Padre”.(Jn.2).
El templo, es la casa de Dios; pero puede perder su sentido, por ser también una obra del hombre.
Entonces, Jesús hace:
“La purificación del templo”.
El corazón del hombre, es muy vulnerable; y necesita que venga Dios a purificarlo.
No es fácil saber, en qué momento desviamos el camino; y que trabajo cuesta el retorno.
Pero Dios nos da la fuerza para purificar el espíritu. Y Él, que nos conoce a la perfección, sabe dónde está la falla el corazón.
Ya lo dice San Juan: “Pero Jesús no sé fiaba de ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba que nadie le descubriera lo que es el hombre, porque él sabía lo que hay en el hombre”.(Jn.2).
Dios ve lo que llevamos dentro. Por eso, Él viene a sanar nuestro corazón herido.