No obstante, y a pesar de las inclemencias del tiempo y de la vida, las estrellas estaban de buen humor ese día. Y aunque ese día había sido igual que otros, de el humor de las estrellas partiría un cúmulo de vida eterno... de papá en el firmamento. La luz del día invadía, aunque el frio del invierno también. Era el primer año sin papá. Paseábamos por el mar inmenso en el pequeño yate, luego de haber decidido ir a la playa para no estar solos en la casa… sin él, en la época más triste del año: Navidad. Recordé las tres palabras que papá me había enseñado toda la vida para crear cosas imposibles: deseo, poder y milagro… “la fórmula se realiza cuantas veces sea necesaria…” solo era preciso sentir el alma leve y pura… “en ayunas” como decía la abue Carmelina también, para dejar entrar la ilusión de golpe y dar cupo a la imaginación para recibir entre los brazos algo extraordinario, algo precioso, como el abrazo etéreo de papá. El mar reflejaba el cielo, se podían tocar a las estrellas en el agua y casi, se los juro, que hasta podía ver en el agua el reflejo de papá, cuando me asomaba. La tierra se había quedado silenciosa, imagino que se escuchaba uno que otro brindis de “feliz navidad” allá, en el puerto. Pensé en mi casa de la infancia y cuando soñaba con el mar y que llegaba la arena hasta mi cama… en aquella época de mi infancia en que tenía los pensamientos más desligados de la realidad, que nada. Si yo, hoy me viere en la tierra desde allá, desde las estrellas, me observaría distraída pensando en el gran héroe de toda mi historia, y también quizás, si me observara por un caleidoscopio, alcanzaría a ver, una lágrima rodar por mis mejillas, colapsada, recordando a papá.