En el marco del día internacional de la mujer, un término de nuevo toma revuelo, el del “feminismo” o, mejor dicho, “feminismos”, en plural.
Concepto que se ha tornado complicado y con aversión, se le ha considerado como sinónimo de amargura, infelicidad, odio a los hombres, señalando como marimachas, locas, resentidas, ridículas, bandoleras, feminazis, etc.
Cuando en realidad, como dice la escritora nigeriana, Chimamanda Ngozi Adichie: “Todos deberíamos ser feministas”, partiendo de la idea de que los roles de género han sido adjudicados socialmente, impuestos por el patriarcado, nunca de forma natural, como falsas etiquetas y cumplirlos sin consciencia provoca un sufrimiento que ha reposado en nuestros pueblos por milenios.
A lo largo de la historia, todos hemos sido machistas, las mujeres lo hemos asumido en una obediencia ciega, o porque así lo hemos heredado, entonces, si hemos vivido y alabado nuestro lado patriarcal, ¿por qué no ser todos feministas o “feministos”? Y comenzamos a desquebrajar ese muro que tanto dolor ha otorgado al planeta.
La rabia, el enojo, la ira y la crueldad han acompañado ese patriarcado que no podía tocar más fondo que el despertar de la conciencia de nuestro género.
Lo alarmante no es la pinta en las calles por alzar la voz de las mujeres, lo terrible es que en nuestro país desaparecen diez mujeres al día y muchas de ellas mueren por el simple hecho de ser mujer ¡y eso no ha espantado! ¿cómo se pide justicia? ¿Cómo se exige el derecho? Si se han exclamado en diferentes vías: por escrito, en conferencias, marchas pacifistas, en libros, en armonía, y simplemente no se ha considerado el terrible dolor e injusticia a millones de mujeres.
Si hemos sido patriarcales, con “e”, entonces volquémonos en ser feministas, feministos o feministes, como les venga bien, pero la transformación es inminente porque el resultado hasta nuestros días ha sido totalmente trágico.
Aun no entiendo ese rechazo a los feminismos cuando lo hemos padecido como sociedad y el dolor marca una grieta imborrable y monstruosa en la historia de la humanidad.
La falta de empatía, indiferencia o la terrible frase de “ellas no me representan” es dar la espalda a más de la mitad de los habitantes del planeta.
La indiferencia muestra ignorancia al tema y a los hechos.
En el libro antes mencionado, Chimamanda explica con acciones cotidianas las razones por las que no solo las mujeres deberíamos apoyar la causa, sino como los hombres también pueden ser beneficiados, ya que ellos estarían en un tejido menos violento, áspero y doloroso, donde sus emociones pueden tenderse con mayor facilidad y ser validadas y no sentir esa presión de solo ser maquinas generadoras u obligados a pelear por la ambición de otros.
En una real equidad de género, los terrícolas difuminaríamos los límites, vendría una sensación de libertad, apertura y felicidad; el respeto y cordialidad se acrecentarían, el amor se fortalece y comenzamos a vivir en una sociedad más sana, amplia, suave, diversa y no sólo bajo la mirada de un patriarcado feroz.
El que todos seamos feministas promovería esa sensación de felicidad y bienestar que tanto anhelamos, una alegría compartida que satisface la necesidad de seguridad que exigimos no como hombres o mujeres, sino simplemente como seres humanos.
@vanecortescolis