POR AGRADAR A LOS DEMÁS, HAS DEJADO DE VIVIR

La vida se nos va, tratando de dar gusto a los demás; y al vivir para ellos, ya no vivimos para nosotros, y menos para Dios.

Hay momentos, en que ni cuenta nos damos, que es mucho lo que hacemos, por estar bien con los demás; y por complacer a otros, no estamos bien con nosotros mismos.

Una vez, le preguntaron al filósofo y poeta, Goethe: que cómo estaba, y su respuesta fue: “No sé, contento estoy, pero no me siento a gusto”. Esa, puede ser la situación de muchos: que podemos andar con entusiasmo, pero sin estar satisfechos.

Y la vida se nos va, haciendo esfuerzos por alcanzar lo que otros esperan.

Y así, no hacemos, lo que nos toca hacer.

Vivir para agradar, es una tentación, no tan fácil de vencer.

Y así, fue como tentaron a Jesús en el desierto, ahí, el diablo le dijo: “A mí me ha sido entregado todo el poder y la gloria de estos reinos, y yo los doy a quien quiero. Todo esto será tuyo, si te arrodillas y me adoras”. (Lc.4).

Hay que preguntarnos: ¿Cuántas veces, hemos tenido que arrodillarnos ante quien sea? Y todo, con tal de obtener su aprobación, y ser aceptados por cualquiera.

Hay cosas, que nos desagradan, pero las hacemos, porque buscamos la aprobación de los demás.

Y para no perder la amistad de algunos, hemos tenido que ceder a sus chantajes; y así, nos hemos arrodillado ante cualquier mortal, con tal de no perder su amistad, para terminar, viviendo, una vida de insatisfacción.

Y por ganar la amistad de algunos, hemos perdido la amistad con Dios.

Nuestro Señor, no cayó en la tentación, gracias a la conexión que tenía con su Padre; y con esa fuerza, venció al diablo, y le dio una respuesta sabia: “Está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él sólo servirás”. (Lc.4).

Hay que preguntarnos: ¿Para quién vivimos? Porque hay momentos en que servimos tanto al hombre, hasta idolatrarlo.

Y todo eso, nos quita la paz, y nos roba la felicidad.

Por eso, no hay que cambiar a Dios, por un mortal como nosotros; un ser, que al fin tendrá que morir, como cualquier mortal.

Hay que vivir para Dios, porque en Él, lo tenemos todo.

El Señor vive por siempre; y el que lo adora, vivirá eternamente.

Pbro. Lic. Salvador Glez. Vásquez.