Este martes habrá una ceremonia y discursos: San Luis Potosí cumple 434 años. Permítanme una pregunta incómoda antes de la celebración: ¿qué pasó aquel 3 de noviembre de 1592?
El documento que llamamos “acta de fundación” lo firmaron el capitán Miguel Caldera y Juan de Oñate, alcalde mayor de las minas. Ordena que los mineros que andaban por el valle “se congreguen y junten a poblar” en el pueblo de San Luis, “por ahora”, y lo remite al virrey para que lo apruebe. Es, más bien, un auto para congregar y poblar. Comparémoslo con el de Monterrey, de 1596, que sí invoca a Dios, nombra patrona y declara “hago fundación de ciudad”.
Además, el valle no estaba vacío. Ahí vivían guachichiles, a quienes Caldera había pacificado. Y en noviembre de 1591, en Mexquitic, el cacique Juan Tenso había cedido estas tierras a las familias tlaxcaltecas que llegaban para poblarlas. Pero en marzo de 1592 se descubrieron las minas del Cerro de San Pedro y todo cambió. El auto dice que la población se haría “sin perjuicio de los indios naturales”, una fórmula habitual en las leyes de la época. ¿Puede llamarse consentimiento al parecer de quien acaba de ser pacificado? Al final, unos y otros quedaron fuera de la traza y sus descendientes litigaron por el agua más de un siglo después.
Fundación y contexto histórico del 3 de noviembre de 1592
La traza en damero, tirada a cordel desde la plaza como mandaban las ordenanzas de Felipe II –las mismas que pidieron no llamar conquista sino pacificación a lo que se hacía en estas tierras–, no fue sólo urbanismo: fue una forma de imponer orden en una tierra que se tenía por bárbara.
Pueblos indígenas y legado en la fundación de San Luis Potosí
¿Significa esto que la fecha sobra? De ninguna manera. Las fechas son acuerdos, no verdades reveladas. Los seres humanos necesitamos un punto de partida, un día que nos permita decir “aquí empezamos” y celebrarlo. El 3 de noviembre cumple bien esa función. Sólo pido que recordemos que esa fecha marca el comienzo de una historia, no de toda la historia. Antes hubo otros. Ahí siguen Tlaxcalilla, Santiago y Tequisquiapam, que fueron pueblos de indios separados del de españoles, aunque hoy la mancha urbana nos impida distinguirlos. También ellos son parte de aquella historia fundacional que sólo los contempló para apartarlos.