Tener esperanza a pesar de la pandemia

Navidad es el nacimiento de Jesús

El papa Francisco declaró ayer que la temporada navideña ofrece razones de esperanza,  a pesar de las dificultades presentadas por la pandemia del coronavirus.

En su bendición dominical, el pontífice mencionó que el árbol navideño del Vaticano fue instalado la semana pasada en la Plaza San Pedro y anunció la próxima presentación de un pesebre a su lado.

Señalando hacia el árbol navideño desde su ventana, Francisco declaró que esos símbolos navideños “son señales de esperanza, especialmente en este período difícil”.

NAVIDAD

El pontífice exhortó a los fieles a recordar el significado verdadero de la Navidad, es decir el nacimiento de Jesús, y ayudar a los más necesitados.

“Ninguna pandemia y ninguna crisis puede apagar esta llama”, expresó.

El Vaticano no ha publicado el horario del papa para Navidad, pero el pontífice suele celebrar una misa navideña la nochebuena y el día Navidad ofrece una bendición. Actualmente los servicios religiosos en el Vaticano se están realizando sin presencia física de los fieles debido a la pandemia.

CONVERSIÓN

El sumo Pontífice, destacó también en el “Angelus”, que “son muchas las ataduras que nos mantienen cerca del pecado”, la conversión “es una gracia” que debemos pedir con fuerza. La conversión implica el desapego del pecado y de la mundanidad, y su objetivo final, es la comunión y amistad con Dios. Es una síntesis de lo expresado por el Papa este domingo, reflexionando sobre el Evangelio del día, a la hora del Ángelus dominical.

El Papa Francisco se asomó a la ventana del Palacio Apostólico para rezar junto con los fieles presentes en la plaza de San Pedro la oración mariana del Ángelus dominical.

En este segundo domingo de Adviento, reflexionó sobre la figura y la obra de Juan el Bautista quien “señaló a sus contemporáneos un itinerario de fe similar al que el Adviento nos propone a nosotros”: este itinerario de fe – afirmó el Pontífice – es un itinerario de conversión.  

La conversión implica el desapego del pecado y de la mundanidad

Tal como enseñaba el Bautista, que en el desierto de Judea proclamaba “un bautismo de conversión para perdón de los pecados”, convertirse, explicó Francisco, “significa pasar del mal al bien, del pecado al amor de Dios”, tanto en la vida moral como espiritual. En aquel entonces, “recibir el bautismo era un signo externo y visible de la conversión” de quienes escuchaban la predicación del Bautista y “decidían hacer penitencia”. Sin embargo, el bautismo “era inútil sin la voluntad de arrepentirse y cambiar de vida”.

“La conversión implica el dolor de los pecados cometidos, el deseo de liberarse de ellos, el propósito de excluirlos para siempre de la propia vida. Para excluir el pecado, hay que rechazar también todo lo que está relacionado con él: la mentalidad mundana, el apego excesivo a las comodidades, el apego excesivo al placer, al bienestar, a las riquezas.”

Juan el Bautista, un hombre austero, que renuncia a lo superfluo y busca lo esencial”, señaló el Obispo de Roma, “es el ejemplo de este desapego del pecado y de la mundanidad”.

COMUNIÓN Y AMISTAD CON DIOS

Pero el Santo Padre también habló del “otro aspecto” de la conversión, que es “el final del camino” constituido por “la búsqueda de Dios y de su reino”:

“El abandono de las comodidades y la mentalidad mundana no son un fin en sí mismo, no es ascetismo sólo para hacer penitencia: el cristiano no hace de faquir. Es otra cosa. El desapego no es un fin en sí mismo.sino que tienen como objetivo lograr algo más grande, es decir, el reino de Dios, la comunión con Dios, la amistad con Dios.”

Este objetivo “no es fácil”, añadió el Pontífice, “porque son muchas las ataduras que nos mantienen cerca del pecado: inconstancia, desánimo, malicia, mal ambiente y malos ejemplos”. A veces – continuó - el impulso que sentimos hacia el Señor es demasiado débil y parece casi como si Dios callara; nos parecen lejanas e irreales sus promesas de consolación, como la imagen del pastor diligente y solícito, que resuena hoy en la lectura de Isaías. Es entonces cuando se siente la “tentación” de decir que es “imposible convertirse de verdad”: ese desánimo, dijo el Papa, “es arena movediza de una existencia mediocre”.

PEDIR CON FUERZA

“¿Qué podemos hacer en estos casos?”, preguntó entonces el Papa Francisco. “En primer lugar, recordar que la conversión es una gracia”, y, como “nadie puede convertirse con sus propias fuerzas” “hay que pedirle a Dios con fuerza que nos convierta”.

“Nos convertimos verdaderamente en la medida en que nos abrimos a la belleza, la bondad, la ternura de Dios.”

Al concluir su reflexión, el Sumo Pontífice oró para que María Santísima, a quien pasado mañana celebraremos como la Inmaculada Concepción, “nos ayude a desprendernos cada vez más del pecado y de la mundanidad, para abrirnos a Dios, a su palabra, a su amor que regenera y salva”.

Ninguna pandemia ni crisis puede apagar la luz de Dios

Tras el rezo mariano, el Santo Padre Francisco pidió que, en estos días, en los que en tantos hogares se preparan el árbol de Navidad y el pesebre “para la alegría de chicos y grandes”, vayamos más allá de estos “signos de esperanza”, es decir, a su significado: a Jesús, el amor de Dios que Él nos reveló y a la bondad infinita que hizo resplandecer en el mundo.

“No hay ninguna pandemia, ninguna crisis que pueda apagar esta luz. Dejémosla entrar en nuestros corazones, y tendamos la mano a los más necesitados. Así Dios nacerá de nuevo en nosotros y entre nosotros.”