Pbro. Lic. Salvador Glez. Vásquez.
Esta vida, que hoy vivimos, es una vida que va muriendo.
Porque la existencia es temporal; es solo algo, de lo que viviremos en la eternidad.
El hombre que solo piensa en esta vida, vivirá en la desdicha; ya que ignora, cuántos serán sus días.
Y ésta, es una vida que va muriendo.
Por eso, es necesario morir para recuperar la vida.
Decía San Agustín: esta vida, es una vida que muere; por eso, no puede ser verdadera vida.
Lo que está determinado por el tiempo, está sujeto a movimiento. Y lo que hoy se tiene, mañana estará perdido.
Hay personas, que hoy sienten de un modo, pero mañana van a cambiar de parecer.
El que hoy te ama, mañana te despreciara. Porque estamos, expuestos al cambio.
Jesús, al entrar en este mundo, fue víctima de la injusticia y la traición.
Y en su entrada a Jerusalén, muchos pedían que viviera; aunque pocos días después, estarían pidiendo su muerte.
Así lo narra el Evangelio: “Los que iban delante de él y los que lo seguían gritaban: ¡Hosanna! ¡Viva el Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en el cielo!”. (Mt.21).
Días después, la muchedumbre pediría su muerte. Así lo narra, el Evangelio de Mateo: “Pilato les dijo: ¿Y qué voy a hacer con Jesús, que se dice el Mesías? Respondieron todos: Crucifícalo”. (Mt. 27).
Ya lo dijo el Profeta: “El corazón es lo más retorcido; no tiene arreglo: ¿quién lo conoce?” (Jer.17, 9-10).
No hay que fiarse de las alabanzas; porque éstas, o son fingidas, o son pasajeras.
Porque con facilidad, cambiamos de parecer y de modo de sentir.
Este mundo, está dominado por el padre de la mentira, ese ser al que todos conocemos como: “el diablo”.
Pero Jesús, nunca se dejó envolver por el engaño; precisamente, porque Él, vino a vencer el mal.
Cabe recordar, que el mundo que vivimos, es temporal, y por eso cambia.
Por tanto, no hay que apegarse a lo que es pasajero.
Lo único permanente, es Dios, y lo que de Él viene.
Por esa razón, es bueno confiar en el Señor.
Ya que Dios, es la única verdad.
Si decimos: que vivir es morir, es porque nada es permanente.
Y aquellos que hoy te quieren, quizá mañana, pedirán tu muerte.
Y de esto, no se escapó, ni el mismo Redentor.