Es pandemia, no castigo divino

Alguien me confesó que tuvo Covid19. Les diría que me contó, pero en realidad, la palabra "confesar" resulta mucho más adecuada.   Traía implícito un sentimiento de culpa, una especie de penitencia y el tono de un secreto guardado bajo llave. Aún así, me autorizó a escribirlo, guardando su identidad. 

Esta persona trabaja en un área no esencial, sin embargo, sus jefes decidieron que a pensar de las restricciones que de dientes para afuera habían asumido en concordancia a las disposiciones oficiales, parte de su oficina se quedaría trabajando de manera presencial y a puerta cerrada. Sin embargo, estarían atendiendo a clientes, los más importantes, para  mantenerse en movimiento y no tener tantas pérdidas. Así, XY, como le llamaremos, acudió a su centro de trabajo bajo ciertas restricciones de horario y con las medidas precautorias que todos conocemos. Sin embargo, un par de las personas con las que convivía en horario laboral, dejaron de usar cubreboca, por el calor, porque decían que era ridículo estando solos, por que sí.  Procuraban guardar distancia, pero luego ni unos ni otros acataron la medida. Vaya, se les hizo fácil. Especialmente uno de los involucrados no se tomaba en serio aquello de restringir la movilidad y aunque tampoco andaba paseándose por el mundo, no dejó de visitar a sus hijos y nietos, ni a amigos cercanos. Aunque XY procuró todo ese tiempo hacer únicamente los traslados necesarios, al paso de las semanas, reconoce que suavizó las restricciones que se había impuesto: los lavados de mano se hicieron menos frecuentes, dejó de limpiar sus zapatos al llegar a su casa, dejó de usar el cubrebocas cuando se reunía con sus compañeros de trabajo.  Me confesó que la presión social tuvo algo que ver. Esta persona fue educada en un ambiente muy tradicional, muy potosino, en donde sacar a colación el árbol genealógico para identificar a alguien es completamente natural y en donde pesa el "qué dirán". Sus colegas le tacharían de ridículo por usar cubrebocas o por no querer estar con ellos en la hora del almuerzo. 

Hace cosa de un mes, alguien de sus compañeros enfermó con los síntomas característicos del Covid 19, su médico le ordenó hacerse la prueba correspondiente que efectivamente, resultó positiva.  La persona enferma fue justamente aquella que tuvo un mayor contacto social, así que a regañadientes, tuvo que informar a por lo menos 18 personas con las que había tenido contacto. Por razón de edad y otra complicación  agravante, la cuestión se complicó y tuvo que ser atendida en un hospital, donde posteriormente fue dada de alta. Para ese entonces, XY y sus compañeros de trabajo se sometieron también a la prueba, que en su caso resultó positivo. 

Para XY la cuestión no estuvo sencilla, en primera, por el temor de haber contagiado a su familia, integrada por otras cuatro personas. Pero luego, por el peso social.  Me cuenta, decidió no decir nada a nadie, salvo a las personas con quien vive y pidió a su familia que no lo difundieran. Afortunadamente las ocupaciones de la mayoría de los miembros de la familia sí habían sido realizadas a distancia, salvo un miembro. Ahí estaba el dilema. XY no quería que dijeran nada y se escudó en que de saberse, se afectaría el negocio de este miembro. Así, todos callaron. En este punto de la historia, quiero confesar que quería yo zarandear a quien había acudido a mi confesionario y así se lo hice saber.  –Lo sé. Pero es que debes entender que yo no quería que la gente anduviera hablando de mí, ni de mi familia, ni que me grabaran o me tomaran videos-  La respuesta me pareció profundamente medieval, como si enfermarse fuera el capricho de alguna deidad vengativa o aburrida que infecta a los humanos nada más por diversión; aunque también recordé los ataques al personal médico y las grabaciones en celulares donde un asunto de salud pública se acaba convirtiendo en un circo. De todas formas, le dije que para mí, a pesar de esos dos factores, el argumento para optar por el secreto no se sostenía. Caray, nadie le estaba pidiendo que lo tuiteara, o lo subiera a Facebook, pero sí por lo menos, entrar en contacto con las dos o tres personas que sí vio y que el miembro de su familia que por cuestiones de trabajo salía, se aislara y evitara propagar la enfermedad. No lo hizo. Ese miembro de la familia siguió en contacto con otras personas. 

En el caso de XY las molestias se presentaron un par de días después de aislada. La pasó mal, en su caso lo peor fueron altas fiebres muy difíciles de controlar y un dolor de cuerpo espantoso. Con el tiempo mejoró y se sintió muy parecido a cuando se enfermaba de gripa necia, con picos por horas donde se sentía peor. Un segundo examen le hizo ver que el virus seguía activo, hasta que ya hace poco le dieron de alta. 

XY se arrepiente de haber actuado como enfermo del siglo III D.C. y en algo buscar redimirse al pedirme que difunda su historia con un mensaje específico: no hay que tener pena de enfermarse. Ni de Covid, ni de nada. Una enfermedad es un hecho de la naturaleza. No es un castigo divino, ni debe de ser un castigo social. Quiere transmitir que hizo mal al ceder por vergüenza a ser la única persona con cubrebocas  y medidas de higiene en su oficina.  Cree que estos factores y la cercanía que tuvo en esos días a través de la convivencia con sus compañeros, pudieron ser el elemento decisivo que acabaron haciendo que se enfermara.  

La familia de XY se encuentra bien. Otro más dio positivo, pero resultó ser asintomático. Es uno de los miembros que estuvieron trabajando a distancia. Finalmente el integrante  que tiene su negocio lo cerró, obligado por sus familiares, quienes tarde entendieron que era mucho peor para la comunidad mantenerse abiertos en la incertidumbre y convertirse en un foco de contagio. Hasta ahora, que ellos sepan, nadie ha enfermado por estar en contacto con ese negocio.

Aunque no comparto las acciones  de XY, sí soy completamente empática con las razones que le han llevado a pedirme difundir su historia y esperar que sirva para recordarnos a todos, que esto es pandemia, no castigo divino.