Mano tendida

"Una mano está tendida..." espetó Gustavo Díaz Ordaz (GDO) en su penúltimo informe de gobierno presidencial en 1969. Aludía a los trágicos acontecimientos que desembocaron en la masacre estudiantil del 2 de octubre del año anterior, pretendiendo asumir una responsabilidad meramente "legalista", en el sentido de justificar la represión estatal como violencia "legítima" ante una supuesta desestabilización social dizque auspiciada, internacionalmente, por ideas "exóticas" de tufo "comunista", ofreciendo "la paz de los sepulcros". La mano tendida del represor quedó en el imaginario social como una fiel representación del carácter oscuro y "maquiavélico" (en el mal sentido del término) de cierta clase política nacional. Y cómo serán las cosas de la "fortuna" (en el buen sentido maquiaveliano), que ya como expresidente, se dice que GDO se miraba todas las mañanas en el espejo y se insultaba a sí mismo con dureza, arrepentido de haber tendido su mano (más propiamente el clásico "dedazo") a quien lo sustituiría en el cargo, Luis Echeverría, personaje famoso también por sus frases crípticas, como aquélla de "ni me perjudica ni me beneficia, sino todo lo contrario" y que cargaría también con otra masacre el 10 de junio de 1971.

Lo anterior viene a cuento, luego de que en estos días, de acomodo de fuerzas políticas, pareciera actualizarse ese tipo de "narrativa social en base a símbolos" que, siguiendo a Paul Ricoeur, podría alcanzar hasta niveles míticos. El simbolismo de la contradicción política, propia de ese viejo régimen que había que leer siempre entre líneas, salta todavía cuando menos se espera para provocar todo tipo de especulaciones, por ejemplo, cuando aparecen cuestiones paradójicas como el papel que asume una dirigencia partidista local para hacerse a un lado en una coalición inconforme, mientras que en el plano nacional, las dirigencias nacionales coaligadas tratan de seguir con sus manos tendidas hasta para ir a instancias internacionales a meter el ruido que sea posible con miras al 2024. En el fondo de esas formas, lo que se avizora es la urgencia de impedir que un proyecto de transformación nacional se consolide y sea tenido, como ahora ocurre, como la más viable alternativa para seguir gobernando.

El caso de la discusión que se sigue en el poder legislativo federal para aprobar una ley de revocación de mandato, es una muestra de esto último que planteamos, en el sentido de que, anticipadamente, las posibilidades de avanzar en la confirmación de un encargo público por la vía de la más amplia participación popular, se va configurando con todo y aquéllas manos tendidas de intereses conservadores que insisten en regresar a viejas y burdas prácticas de contención de lo social y que, en el pasado, se tuvieron hasta como "mitos geniales", diría el tristemente célebre Pedro Aspe (conspicuo representante de los tecnócratas salinistas) para justificar la insultante pobreza propiciada por la corrupción y las medidas de ajuste neoliberal que personajes como ese glorificaron a rabiar. El problema, plantearía Bloch, está en poder distinguir los mitos liberadores de los mitos dominadores.