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Miguel R. Valladares García

martes 19 junio 2018

En la master class de Guillermo del Toro

El más cercano “a la raza” de los tres directores que han llevado el nombre de México a la cinematografía mundial abarrotó auditorios en su ciudad natal. Profeta en su tierra, director de nivel global, no pierde su conexión no hace a un lado su conexión con México: “Los que no ven cine mexicano padecen una fantasía criolla muy rara”.

Alejandro Roque / Pulso
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“Es fundamental continuar la descentralización, la pluralidad de voces de voces que hay en todo México está urgidísima de nuevas voces”, propuso en su tercera clase maestra el director de cine Guillermo del Toro, recién reconocido como mejor director en los Premios de la Academia de Hollywood. “Que haya clases, apoyos… Sería genial, pero por eso no estoy haciendo cine nacional”.

Su participación en el Festival Internacional de Cine de Guadalajara (FICG) se volvió de un entusiasmo masivo y fue la prueba de que no siempre es válido el dicho de “nadie es profeta en su tierra”. En su tierra natal reunió a más de 10 personas en sus “master class” gratuitas, que devinieron en charlas sobre todos los temas relacionados con su carrera: la narrativa, el cine, la fantasía, la imagen, los monstruos y los temas del amor y la muerte. La inclusión y la descentralización también fueron recurrentes: “Me interesa escribir buenos personajes para actores y más para mujeres”.

Del Toro es el único “de provincia” de “Los tres amigos”, como se ha llamado a los directores que han llevado el nombre de México al escenario cinematográfico estadunidense. Alejandro González Iñárritu y Alfonso Cuarón son de la Ciudad de México, mientras Del Toro surge del Bajío. Y repitió la frase que le valió tantos memes: “Porque soy mexicano… Sí, esa es la respuesta para muchas chingaderas”.

Y si en la sesión del sábado aseguró que “una cosa es tener raíces y otra es tener pasaporte”, ante los casi 10 asistentes del lunes abundó: “Las películas tienen que mostrar tu identidad. Tu identidad puede ser infinita”, pues no se trata de ceremonias u objetos. Y a los que dicen que no ven cine mexicano además de mandarlos a la chingada dijo que padecen “una fantasía criolla muy rara, es un núcleo que hay que romper”.

Ya no solo a tierra mojada (ni a rosa temprana). Guadalajara huele a agua. Como la vida social, a la manera de Bauman, el cine se ha vuelto líquido gracias a la película de Del Toro que es una actualización de la antigua historia de la bella y la bestia.

Un cine líquido que toma forma con el retorno a su tierra del también ganador a mejor película por La forma del agua.

La tercera clase maestra fue en el auditorio Telmex, en Zapopan, con un aforo de 11 mil 500 personas. “Sobre todo para los jóvenes”, el director negoció otras sesiones. Y es que al principio solo se había programado una clase para mil quinientas. Ante las quejas en redes, el 7 de marzo Del Toro publicó en Twitter: “Vamos a ver como quitamos o arreglamos el pinche filtro. Y lo repito: Quiero dar los masters que se puedan, cuantas veces se puedan, para quien quiera venir.

Gratis y en publico. No en instituciones privadas, no con boleto de paga. Son para quien quiera venir”. El mismo día 7, una hora más tarde, aseguró: “Localizado problema clase magisterial: capacidad era de 4,000 -en 30 min. se registraron cerca de 30,000-.  Daré dos más estén atentos”.

Y la gente respondió, con visitantes de todo el país. En el auditorio Telmex la fila fue inmensa desde la mañana del lunes. Hubo quien asegura que durmió ahí para tener un buen lugar. Abundaron los niños y los jóvenes, que gritaron y lloraron al ver al creador de Cronos, Pacific Rim, El laberinto del fauno y Hellboy, entre otras, y en las cuales los personajes suelen ser de pocas palabras pero “ni en la mirada ni en el tacto se miente”.

Aunque hay muchas preguntas en las que quienes las hicieron trataron de lucirse (“Soy muy talentoso…”. “¿Me darías trabajo?”. O: “tengo ideas que quisiera que conozcas…”); a todos supo responder con humor y en tono de camaradería, de ese desparpajo que lo hace tan cercano a “la raza”: “No es una charla de uno a uno, hay que hablar por todos”. O: “Legalmente no puedo recibir o leer ideas de nadie. Luego resulta que si me das, digamos, una historia sobre que la luna es de queso, y yo hago en diez años una película sobre que la luna es de queso, podría haber problemas”.

“La perfección no existe, el éxito es el mito que nos venden… es llegar a donde quieres ir haciendo lo que quieres hacer. El éxito es cagarla en tus propios términos”. Y aunque dijo que “lo de que todos podemos hacer todo es una ficción”, matizó. “La clave es no rendirse, decir con todas las letras: los temores a la chingada”. A otro joven le respondió: “Cuando naces te subes a un pinche tren que dice: ‘La muerte’. Te tengo una noticia, a todos nos va a llevar la chingada…”.

Recomendó mentalidad casi japonesa, y descubrir el talento personal, y abocarse a ello, darse cinco años de aprendizaje. “Y va a pasar”. Esa es la ley de la vida, dijo con voz aguardentosa, gozosa: todo pasa y mientras pasa y estás aquí haz lo mejor que puedas”.

Del cine dijo “es usar todas las herramientas de diseño de la narrativa para mostrar la belleza y lo terrible del mundo”. En torno al amor, uno de los principales temas de su película La forma del agua, afirma que “no es conocimiento sino reconocimiento”, no es sentimiento sino revelación, creo firmemente que del trauma viene la liberación”.

Sobre la cinefotografía, dijo que los movimientos de la cámara deben ser planeados como parte de la narrativa: “No puedo destruir un set porque no pensé que la cámara pasaría por ahí, es parte de la idea… A veces la cámara lleva al actor y a veces es al revés, es una coreografía preciosa”.

Las preguntas, las respuestas ingeniosas y las ganas de preguntar seguían. La curiosidad, las ganas de aprender, de leer, deben ser insaciables, dijo Guillermo detrás de sus redondos lentes. “Tengo 53 años y tengo tanta curiosidad por la imagen como cuando era chiquito”.

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