Fundador:
Miguel R. Valladares García

martes 13 noviembre 2018

Prisiones para mujeres en Filipinas tienen sus propias reglas

Notimex
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Davao, Filipinas (Notimex).- En Filipinas cada prisión tiene sus propias reglas. En algunas está absolutamente prohibido entrevistar a los prisioneros, mientras que en otras se permite total libertad de interacción. El Instituto Correccional para Mujeres de Davao, la tercera ciudad más grande del país, forma parte de las segundas.

“Estoy aquí porque traficaba”, o “estoy aquí porque consumía drogas”. Estas son las frases más pronunciadas por las reclusas en la segunda prisión para mujeres de Filipinas.

Son 391, apiladas en un edificio pensado para 90. Estas proporciones son aún más impresionantes si se comparan con las del Instituto Correccional para Mujeres de Mandaluyong, donde tres mil 200 presas ocupan un espacio pensado para mil 500 personas. “El hacinamiento. Este es nuestro verdadero problema aquí”, es otra frase muy común.

En la prisión de Davao el despertador suena todos los días a las 04:30 horas. Las internas tienen media hora para prepararse para la gimnasia matutina, una mezcla de bailes grupales con música a todo volumen en el patio.

“A veces me siento un poco ridícula con estos bailes modernos, pero moverse es bueno para la salud”, dice María, de 66 años, que pasó casi un tercio de su vida entre rejas.

Las que no quieran bailar pueden jugar al voleibol o al bádminton. Una vez termina la actividad deportiva, las reclusas deben regresar a los dormitorios y poner orden.

“Hoy es un buen día -explica Jahira, de 46 años, encerrada aquí desde hace tres años-, porque llegó una cama nueva. Algunas de nosotras estaremos un poco más cómodas. Aquí dormimos dos en cada colchón. El calor es insoportable, por la noche no hay nada de viento. Y estar todas así de apretadas no ayuda”.

Conseguir meter la cama en el dormitorio no es fácil, ya que la puerta no es lo suficientemente ancha. Se necesitan unas diez internas para mover el marco de hierro. El trabajo en equipo da sus frutos y, una vez introducida la cama, estalla un grito de alegría entre todas las mujeres presentes.

Una vez ordenados los dormitorios, llega el momento de la lavandería. Todos los días equipos de unas 20 prisioneras se turnan en la fuente donde lavan cientos de camisetas de colores a mano.

Luego las tienden al sol: las camisetas naranjas son las de las presas con penas de entre 22 años de prisión y cadena perpetua; los azules son de las que tienen penas de entre 12 y 22 años; las que cumplen penas inferiores a los 12 años llevan la camiseta marrón.

La de Minda, de 22 años, es naranja: “Mi familia es muy pobre, por eso empecé a vender drogas en la calle. Un día llegaron unos policías de paisano y nos arrestaron a mí y a uno de mis clientes. Tenía poco más de un gramo en la mano y el juez me sentenció a cadena perpetua”. Con los ojos brillantes, comienza a lavar la enésima camiseta.

La sustancia estupefaciente a la que se refiere Minda se llama shaboo o cristal meth. Se trata de una potente metanfetamina con efectos similares a los que da la cocaína y que es altamente adictiva.

En todo el Sudeste Asiático, y particularmente en Filipinas, el shaboo está muy difundido debido a su bajo costo. Desde hace décadas los gobiernos de la región endurecieron las leyes contra quienes venden o consumen esta sustancia, hasta el punto de que actualmente basta con poseer solo un gramo para acabar condenado a cadena perpetua.

A Rona, de 49 años, le toca el turno de la cocina, es decir, dos fogones con una bombona de gas bajo un cobertizo de bambú. Todas las reclusas la llaman “profesora” porque es licenciada en economía y da cursos de inglés dentro de la prisión. Ella también lleva una camisa naranja.

“Un viejo amigo de la familia -dice la mujer mientras fríe un poco de caballa -, me convenció de que hiciera negocios con él. Tenía que encontrarle trabajadores para la construcción. La policía descubrió que en realidad trabajaban en laboratorios de shaboo. Juro por mis hijos que no sabía nada”.

Actualmente solo hay dos centros penitenciarios activos para mujeres en Filipinas, uno en Davao y el otro en Mandaluyong. Solo dos cárceles para un país constituido por un archipiélago muy grande. Esto significa que, en la mayoría de los casos, las presas reciben muy pocas visitas o incluso ninguna.

Ranya, de 37 años, con camiseta azul, explica: “Hace cuatro años que estoy aquí y ninguno de mis familiares vino a visitarme. Y no es porque no me quieran, sino porque no tienen suficiente dinero para pagar el transporte hasta Davao. Tengo un hijo al que no puedo ver crecer. Si empecé a traficar fue por él, mi esposo no ganaba lo suficiente…”.

El presidente del país, Rodrigo Duterte, apostó fuerte por la guerra contra las drogas y goza de una gran popularidad. Pero tanto a nivel nacional como internacional se le acusa de ser el instigador de ejecuciones extrajudiciales contra traficantes y consumidores de drogas y de no haber invertido lo suficiente en políticas sociales dirigidas a la prevención del consumo de estupefacientes.

Según varias organizaciones de derechos humanos, desde el comienzo de la presidencia de Duterte (el 30 de junio de 2016), las personas asesinadas por cuestiones relacionadas con el shaboo superan las 20 mil. Y quien no muere por un balazo en la cabeza termina en prisiones superpobladas durante más de 20 años o de por vida, a discreción del juez.

Desde que acaban de comer hasta que se apagan las luces, las presas pueden elegir las actividades que prefieran.

Algunas hacen manualidades: crean pequeños objetos que se venden a los pocos visitantes que reciben. Otras continúan con el deporte. Otras se decantan por leer. Algunas siguen cursos que van desde la teología hasta los conceptos económicos básicos. Otras pasan el tiempo en un pequeño salón de belleza. Las hay que rezan en lugar adaptado como mezquita y en otro transformado en iglesia.

Y luego está Lorie, con camiseta azul, que antes que charlar prefiere subir al escenario con su grupo. Son tres: Lorie en voces y guitarra, Jona en el bajo y Maribel en la batería. El show de este insólito trío deja con la boca abierta, con un repertorio que va desde “Perfect”, de Ed Sheeran, hasta “Imagine”, de John Lennon, pasando por “Bésame mucho”, de Consuelito Velázquez.

Marj, de 55 años, con camiseta naranja, se conmueve en el concierto. “¿Escuchaste esa voz? -dice-. Esto está lleno de mujeres talentosas que no tienen la oportunidad de expresarse fuera de estos muros. ¿Por qué el gobierno no nos permite ofrecer nuestra contribución a la comunidad? Trabajar en los campos, en los comedores para los pobres, limpiando las calles. Estamos aquí porque nos encontraron con shaboo. A muchas de nosotras nos implicó la policía. No somos unas asesinas. Ayudar a los demás daría un sentido a nuestras vidas”.

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