ENTRE GUAJOLOTES NO TE VEAS
cuentologíacale agundis
Después de que la familia amnistió a Barbarito, el pavojolote enorme y mocoso, salvándolo de convertirse en el plato principal de Navidad, se lo llevaron al rancho. Ahí conoció a la Milonga. La Milonga: una gata negra de ojos de tigre y cola bufanda de angora. Era la reina del rancho. Pasaba todas las mañanas tirada bajo el sol con una pata estirada y los ojos entre abiertos. Barbarito la observó con ojos tiernos. Fue amor a primera vista... para Barbarito, claro, porque Milonga lo observaba sólo para calcular la porción de su presunta cena. Fue así cuando Barbarito pagó todas las que hizo. Acabó correteado por la astuta gata de garras afiladas, la que no se lo comió pero, lo usó como carnada para atraer plumíferos más pequeños y darles matarili.
¡Ay, amigos!, y es que mi padre siempre decía que uno es valiente con los cobardes hasta que te sale otro más valiente que tú y que ese más valiente que tú, invariablemente, es el que te daba en toda la mother. Y, sí, porque recordarán que esa ave enorme me correteaba por todo el patio, sin darme tregua para respirar. Por momentos, ante mis ojos, Barbarito era un monstruo emplumado. Apenas lo veía y mi corazón amenazaba con saltar de mi pecho para correr a buscar un escondite donde resguardarme de su pico de pica hielos y de esas garras de cuatro dedos rematados en uñas afiladas. Debo decirles que, con todo, no me alegré con la idea de que éste se convirtiera en cena, primero porque yo lo habíamos bautizado y, segundo, porque –sin saberlo a tan tierna edad--, comenzaba a sufrir lo que los psicólogos llaman el síndrome de Estocolmo. Me alegró, sí, saber que la Milonga ya se encargaba de darle una lección. Al final, lo sabía, se iban a enamorar… aunque ese amor era imposible.
Aunque pensándolo bien, si yo fuera Barbarito, preferiría estar muerta, a estar enamorada de un amor imposible. Se sufre más y se disfruta menos.
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