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La educación tradicional en la sociedad, la escuela y familia generalmente nos invitan a luchar con la vida para “hacer que las cosas sucedan”. Y si tienes éxito en ello entonces eres ‘alguien especial’, una gran persona que se ha ganado un lugar importante en la vida. Sin embargo, esta lucha constante crea la ilusión de poder modificar a capricho del ego la realidad, lo cual genera un alto grado de soberbia y en la mayoría de las veces, gran frustración. Esta visión se ve incluso alentada por nuevos enfoques psicológicos y pseudoespirituales que sólo hunden más a la mente en un egocentrismo exacerbado. Ante tal expectativa sufriente, el antídoto que se nos presenta es la no interferencia, el ‘dejar ser’ que ha sido recordado por las grandes tradiciones de oriente.
Dejar ser es reconocer nuestra incapacidad de controlar lo incontrolable, lo cual nos brinda una sensación de libertad plena y un grado alto de responsabilidad sobre aquello que sí necesita nuestra intervención. Este ‘dejar ser’ no se da por resignación, sino por una aceptación compasiva de nuestros límites. Es hacer de cada experiencia que sale a nuestro camino, el camino mismo para el descubrimiento espiritual.
La utilidad de las experiencias, más allá de ser consideradas como buenas o malas, depende de la forma en que interactuemos a nivel personal con los factores externos: con paz o con sufrimiento. Dichos factores no tienen poder en sí mismos, al igual que una piedra en sí misma no tiene la capacidad o voluntad de ayudar o de hacer daño, simplemente es piedra. Así, depende del uso que le demos será una catalizador para establecernos en la paz o un arma eficaz para hacer daño. Esta interacción con los factores de estrés: trabajo, familia, tráfico, clima, economía, pasado y futuro, entre otros, nos da la pauta para poder decidir qué tipo de filtro mental queremos aplicar en nuestra vida.
El saber vivir no se refiere a dejar de tropezar sino a utilizar cada obstáculo como despertador para vivir en el presente, utilizando el discernimiento en lugar del juicio y la compasión en lugar del ataque. Así, el no interferir es un fluir consciente y decidido con la vida; es dejar la resistencia para dar paso a la aceptación; es dejar las quejas y empezar a dar gracias; es dejar de sobrevivir y empezar a vivir con plena conciencia.








