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Sintoísmo
Qn el mundo occidental tenemos la falsa idea de que en el Oriente, y que, por supuesto en el Japón, todo mundo profesa la religión budista. Muchos de nosotros pensamos que todas las pagodas y templos que vemos son budistas, pero la realidad es otra y la diversidad religiosa es amplia, aunque sí existen credos dominantes.
En Japón la religión nativa es el Sintoísmo que, en su lengua, se pronuncia Shintó y es un credo basado en la veneración de los espíritus de la naturaleza a los cuales se les llama Kami; algunos de ellos son locales y se les conoce como espíritus o genios de algún lugar en lo particular, pero otros representan objetos naturales mayores y procesos.
En Tokio, como en las otras ciudades del Imperio del Sol Naciente, abundan los santuarios sintoístas. Los hay de todos los tamaños, pero todos tienen algo en común sin importar su tamaño ni ubicación: siempre existe una puerta o marco que asemeja a la letra griega “Pi”. Los colores dominantes son el blanco y naranja, existe una pila o soporte para la colocación del incienso y una gran campana, cascabel o gong que hacen sonar al terminar sus oraciones y peticiones.
Muy cerca de donde nos hospedamos, se encuentra el Santuario de Meiji Jingu, construido en 1920 y consagrado a las almas del emperador Meiji y a la emperatriz Shoken. En torno a este santuario existe un bosque que fue creado gracias a la donación de 100,000 árboles por parte del pueblo japonés, en esta zona se encuentran varios museos y jardines con preciosos paisajes durante las cuatro estaciones del año.
Hoy en día, el sintoísmo es la segunda religión con el mayor número de fieles en Japón, tan sólo superada ligeramente por el budismo japonés.
Para nosotros, el conocer y visitar estos templos y santuarios ha resultado muy interesante desde el punto de vista cultural, pero sobre todo porque en esos días pasamos por un momento de dolor para la familia entera y allí tan lejos, al otro lado del Océano Pacifico, en esos templos encontramos paz y la oportunidad de meditar y darnos cuenta que, sin importar cuál sea nuestra religión, Dios está presente.
Qn el mundo occidental tenemos la falsa idea de que en el Oriente, y que, por supuesto en el Japón, todo mundo profesa la religión budista. Muchos de nosotros pensamos que todas las pagodas y templos que vemos son budistas, pero la realidad es otra y la diversidad religiosa es amplia, aunque sí existen credos dominantes.
En Japón la religión nativa es el Sintoísmo que, en su lengua, se pronuncia Shintó y es un credo basado en la veneración de los espíritus de la naturaleza a los cuales se les llama Kami; algunos de ellos son locales y se les conoce como espíritus o genios de algún lugar en lo particular, pero otros representan objetos naturales mayores y procesos.
En Tokio, como en las otras ciudades del Imperio del Sol Naciente, abundan los santuarios sintoístas. Los hay de todos los tamaños, pero todos tienen algo en común sin importar su tamaño ni ubicación: siempre existe una puerta o marco que asemeja a la letra griega “Pi”. Los colores dominantes son el blanco y naranja, existe una pila o soporte para la colocación del incienso y una gran campana, cascabel o gong que hacen sonar al terminar sus oraciones y peticiones.
Muy cerca de donde nos hospedamos, se encuentra el Santuario de Meiji Jingu, construido en 1920 y consagrado a las almas del emperador Meiji y a la emperatriz Shoken. En torno a este santuario existe un bosque que fue creado gracias a la donación de 100,000 árboles por parte del pueblo japonés, en esta zona se encuentran varios museos y jardines con preciosos paisajes durante las cuatro estaciones del año.
Hoy en día, el sintoísmo es la segunda religión con el mayor número de fieles en Japón, tan sólo superada ligeramente por el budismo japonés.
Para nosotros, el conocer y visitar estos templos y santuarios ha resultado muy interesante desde el punto de vista cultural, pero sobre todo porque en esos días pasamos por un momento de dolor para la familia entera y allí tan lejos, al otro lado del Océano Pacifico, en esos templos encontramos paz y la oportunidad de meditar y darnos cuenta que, sin importar cuál sea nuestra religión, Dios está presente.








