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Ese lunes era el primer día de su retiro, estaba feliz de no volver a checar tarjeta, de no tener que hacer horas extras que no le pagaban nunca. Se veía sin el uniforme, ni el casco. Su televisor estaba desconectado. Trató de olvidar su fecha de nacimiento, el nuevo color de su aura, sus apellidos, el número de registro de su vida mal gastada. Su maleta estaba lista. Sólo podía pensar en el más largo viaje de su vida. Después de un momento de reflexión y de supervisar que todo estuviera en orden antes de salir, sonaron golpes fuertes en la puerta. Ahora estaba más convencido que la sociedad era una pocilga y por más que se esforzara, no había manera de cambiar las cosas y sanar al mundo de algunos explotadores y escorias. Con mucha cautela abrió la puerta, su camisa blanca estaba rojiza y llevaba en la mano un cuchillo. La sirena de una patrulla se escuchaba muy cerca, como advertencia de que las buenas intenciones nunca son suficientes.








