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Muy pronto llegó el relevo generacional en nuestro estado, de los miles de potosinos que en 2009 manejaron en forma responsable la pandemia que la Organización Mundial de la Salud denominaría influenza A/H1-N1, inicialmente conocida como “influenza porcina”, y cuyo primer caso fue oficialmente registrado precisamente en la ciudad de San Luis Potosí, luego de la muerte de un hombre en un hospital de nuestra localidad.
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Por entonces, los potosinos acataron las medidas de distanciamiento social y toma de previsiones, para evitar en la medida de lo posible el contacto con el virus de reciente migración al cuerpo humano, hasta que por fin apareció la vacuna que terminaría con la etapa crítica del avance de la enfermedad no sólo aquí, sino alrededor del mundo. Desde que apareció la inyección de los anticuerpos, la vacuna forma parte de los programas de salud pública más comunes.
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Llegó la pandemia de coronavirus COVID-19 con el primer caso confirmado el 13 de marzo pasado, pecisamente en la capital potosina, y la nueva realidad social terminó por estallar. Jóvenes madres de familia irresponsables, que sacan a pasear a sus niños para recopilar y diseminar virus, un altísimo número de operadores de transporte público tanto de taxis como de autobuses de transporte urbano que actúa bajo creencias más que por una responsabilidad, y esos irresponsables también movilizan virus mientras se niegan a utilizar cubrebocas, a suministrar gel antibacterial a los pasajeros y sanear superficies que a toda hora se transforman en pasamanos, tales como seguros de puertas, pasarelas, pasamanos, asientos, pisos, ventanas y toldos.
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En este semáforo rojo que para analistas más bien debería ser guinda, vendedores de mercancías no esenciales y familias enteras forman un peligroso caldo de cultivo del virus COVID-19, y de la expansión desmedida de contagios que ya ha costado la vida a miles de mexicanos. Mientras en otros lugares adoptan medidas de confinamiento social, aquí vemos cómo de manera progresiva miles de potosinos se congregan en estrechos pasillos de tianguis, y los responsables de la autoridad se empeñan en culparse unos a otros de la falta de solución a la concentración de personas en mercados de fierros y ropa vieja de los alrededores del rastro, en una zona donde el COVID-19 ya ha costado varias vidas.
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Por las zonas donde la autoridad determinó permitir las altas concentraciones de gente, personas que nada tienen que ver con el desconfinamiento social han pagado un precio muy caro por otros que se exponen a movilizar virus. Ni autoridades ni ciudadanos irresponsables tienen modo de devolver la vida a personas que a pesar de que extremaron sus medidas de cuidado, han quedado expuestas por aquellos que hicieron su vida normal diseminando el coronavirus COVID-19. La pandemia ya se les fue de las manos, y no se ve por dónde habrá una salida para frenar los contagios.
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Mientras ello ocurre con la nueva enfermedad del mundo, la presa San José también se encuentra en estatus de urgencia de atención. La creciente acumulación de basura y materia orgánica ya ha provocado una verdadera selva de lirio acuático. Miles de potosinos consumen el agua del embalse, tratada bajo los métodos de la planta potabilizadora Los Filtros. Sin embargo, la pureza del agua no promete mucho. Se trata de un tratamiento tradicional para potabilizar, pero sin una depuración previa.
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¡HASTA MAÑANA!

