El Pibe en pulso

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Una buena y dos malas

Como el viejo chascarrillo de los fatigados y escuálidos galeotes que remaban por los mares dominados por la ancestral Roma de los Césares: “Tengo una noticia buena y otra mala. ¿Cuál quieren?” preguntó a los galeotes el esbirro que marcaba el compás de las remadas, con el tamborilete. “La buena”, prefirieron. “Bueno, pues el comandante ordena doble ración de ron para todos”. ¿Doble ración de ron? Los esclavos brincaron de gusto, hicieron sonar sus cadenas y hasta babearon profusamente. Esa era la buena noticia. ¿Y la mala? preguntaron, “¿La mala?... la mala es que el comandante quiere esquiar”.
Hoy tengo una buena y dos malas y le doy paso a la primera. Del arcón de mi tesoro guardado, saco un regalo muy especial para el amigo y compañero Francisco Javier Coronado, el gran “Billy” quien tiene a su cargo la sección Deportiva de Pulso. El domingo estuvo de fiesta por su cumpleaños y hoy hago públicas mis felicitaciones por tan grato acontecimiento. Un abrazo, estimado colega.
AHORA, LAS MALAS
Dos noticias malas me han estremecido. Una, la desaparición del extraordinario basquetbolista Arnoldo Narváez, a quien conocí en la cancha Andrés Ortiz y luego le seguí la huella en la gloriosa cancha Manuel R. Palacios.
Fue Raymundo Gómez Grijalva “El Bull”, basquetbolista y luego eficiente árbitro del deporte ráfaga, quien me dio la noticia. “Miguel, Arnoldo falleció el 1 de noviembre”, me dijo Ray telefónicamente. Yo tenía muchos años de no hablar con Arnoldo, el famoso “Niño” basquetbolero, pues aunque fue mi condiscípulo en las aulas de la Secundaria y Comercial Sección 24, pocas veces nos encontramos.
La última vez que hablé con él, fue en casa de la brillante, María Guadalupe Zumarán, también surgida de nuestra institución educativa auspiciada por el sindicato de ferrocarrileros. Ella había vuelto de un viaje por el lejano Oriente y nos reunió en su hogar para hablarnos de su experiencia viajera.
A Arnoldo no sólo lo admiré como basquetbolista, pues era una de las fulgurantes estrellas del único equipo de Primera Fuerza que tenía San Luis en los años gloriosos del deporte ráfaga. Su singular estilo de lanzar el balón hacia el aro, causaba la admiración de quienes seguíamos con interés los juegos en los cuales participaba.
En el equipo desde luego que estaban el famoso canastero llamado Julio Guerrero, “La Caña”, “La Marraqueta” Díaz de León, “El Padre” Benjamín Gutiérrez y “La Gringa” Constantino Esquivel, don José Pamplona Lecuanda, el Dr. David Rojas de Ávila y Antonio “Píldora” Cornejo. Todos admirables porque abrieron el camino del buen basquetbol en San Luis.
Pero muchos de ustedes ya saben cuál fue el destino de la Cancha Palacios… fue convertida en un horrendo estacionamiento vehicular. Luego surgió la Cancha Morelos, allá por el rumbo de Uresti, Madero, el Callejón del Mago… y también la sacrificaron para hacer ¡otro estacionamiento! ¡joder!
La otra mala es el fallecimiento de uno de los más representativos del basquetbol potosino, el cardenense don José Maldonado Ramírez, a quien desde siempre lo conocimos popularmente como “El Muerto”.
Esta vez “El Muerto” ha muerto. Que Dios lo haya recibido en su mansión celestial, pues fue un hombre distinguido por su gran calidad humana, un deportista singular y un amigo honesto y sincero.
Hace tres años platiqué con él durante la ceremonia en que colocamos una placa alusiva a la existencia de la Catedral del Basquetbol potosino, la cancha Palacios y le pregunté por qué le decían “El Muerto”.
“Ah, es porque desde chico fui siempre muy delgado, pero –añadió—soy el “Muerto” más vivo”.
Don José se fue tras más de nueve décadas de fructífera vida. Allá por los 60 vino con su equipo de Cárdenas, a jugar a San Luis, en un torneo estatal ¡y lo ganó!.
Bueno es recordarlo pero también desear que nos encontremos usted, amable lector y su servidor, el martes próximo, D.M.
Comentarios: miguelmoramartinez@hotmail.com