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Tegucigalpa, Hon.- No pueden regresar a casa. Para muchos hondureños deportados, volver a casa supone volver a la brutalidad que les hizo huir hacia el norte en su día.
En los vecindarios donde crecieron, los cuerpos se arrojan sin miramientos en las obras y se cargan en bolsas para cadáveres como sacos de patatas. La policía, fuertemente armada, patrulla desde la parte de atrás de camionetas, deteniéndose para registrar a peatones en busca de armas, drogas y señales de que pertenecen a una pandilla.
Para estos deportados, su casa es un barrio controlado por maras que extorsionan dinero, exigen a los jóvenes que se unan a sus filas y matan a los que se niegan. No pueden regresar a casa, así que muchos buscan refugio en un albergue para jóvenes con problemas en la capital, Tegucigalpa, donde relatan historias muy similares.
Alexis llegó al centro hace dos años tras ser devuelto desde México. Contó que líderes pandilleros lo amenazaron en repetidas ocasiones porque no se unió a ellos, y al final su madre le dijo que tenía que huir.
Muchos de los deportados ya no tienen casa a la que regresar. Lo vendieron todo para pagar el viaje al norte y ahora se encuentran sin un lugar en el que vivir y con la carga adicional de una deuda que no pueden pagar.
En los vecindarios donde crecieron, los cuerpos se arrojan sin miramientos en las obras y se cargan en bolsas para cadáveres como sacos de patatas. La policía, fuertemente armada, patrulla desde la parte de atrás de camionetas, deteniéndose para registrar a peatones en busca de armas, drogas y señales de que pertenecen a una pandilla.
Para estos deportados, su casa es un barrio controlado por maras que extorsionan dinero, exigen a los jóvenes que se unan a sus filas y matan a los que se niegan. No pueden regresar a casa, así que muchos buscan refugio en un albergue para jóvenes con problemas en la capital, Tegucigalpa, donde relatan historias muy similares.
Alexis llegó al centro hace dos años tras ser devuelto desde México. Contó que líderes pandilleros lo amenazaron en repetidas ocasiones porque no se unió a ellos, y al final su madre le dijo que tenía que huir.
Muchos de los deportados ya no tienen casa a la que regresar. Lo vendieron todo para pagar el viaje al norte y ahora se encuentran sin un lugar en el que vivir y con la carga adicional de una deuda que no pueden pagar.








