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Al Capone / Foto: AP
CHICAGO (AP) — Corría 1934. Pistoleros con metralletas automáticas habían dejado un baño de sangre en las aceras y agujeros en las paredes de todo el país, y el nuevo presidente había sobrevivido a un intento de asesinato el año previo. Era hora de tomar medidas. Y la Asociación Nacional del Rifle parecía estar de acuerdo.
“No creo en la portación promiscua de armas”, expresó el presidente de entonces de la NRA, como se conoce a la Asociación por sus siglas en inglés, Karl T. Frederick ante la comisión de medios y arbitrios de la cámara baja. “Creo que (la venta) debería estar muy restringida y hacerse solo si alguien tiene una licencia”.
La ley de armas que se aprobó cinco años después de la masacre de Chicago en el día de San Valentín no prohibía la venta de ametralladoras sino que le fijaba impuestos. Pero fue un momento clave en la historia de la batalla sobre las armas, en el que por primera vez se reglamentó su uso.
Fue también un momento importante para la NRA, fundada en 1871 por dos veteranos de la guerra civil. La organización había logrado diluir la mayor parte de las restricciones contempladas inicialmente y establecerse como una pieza clave en la política de Washington.
Ahora los sobrevivientes a una matanza similar a la del día de San Valentín --el asesinato de 17 personas en una escuela secundaria de Parkland, Florida-- exigen a los miembros del Congreso que corten sus relaciones la NRA y hagan algo para restringir la venta de rifles como el AR-15 que habría usado Nikolas Cruz, el joven acusado de la matanza.
Igual que en 1934, el debate sobre el control de armas es casi el mismo: si los civiles deben tener acceso a ciertos tipos de armas.
“Los estadounidenses de entonces pensaban que uno tenía derecho a llevar un arma en su caballo para su protección personal”, señaló Adam Winkler, profesor de la Facultad de Leyes de UCLA y autor de “"Gunfight: The Battle over the Right to Bear Arms in America" (Tiroteo: La batalla sobre el derecho a portar armas en Estados Unidos). “Lo que no pensaban era que uno tenía el derecho a portar casi cualquier tipo de arma mortal”.
La metralleta Thompson fue publicitada como el arma perfecta para la defensa propia, “ideal para la protección de grandes propiedades, de ranchos, de plantaciones, etc”, decía un aviso de los años 20 de su fabricante. “Totalmente automática, se dispara desde la cintura, 1,500 tiros por minuto”.
A pesar de las garantías de que sería vendida únicamente a “personas responsables y después de una minuciosa investigación”, muchas llegaron a manos de contrabandistas y ladrones de bancos. Gángsters como Al Capone, John Dillinger y George “Ametralladora” Kelly comenzaron a aterrorizar la nación y los expertos vincularon dos metralletas con un incidente del 14 de febrero de 1929 en el que siete individuos vinculados con George “Bugs” Moran fueron abatidos por hombres de Capone vestidos de policías.
En febrero de 1933, durante una visita a Miami, el presidente electo Franklin D. Roosvelt salió milagrosamente ileso al ser atacado con cinco disparos de un revólver calibre 32 comprado en una casa de empeños.
La primera versión de la ley de armas planteaba que había que registrar todas las armas de fuego y cobrarles fuertes impuestos. También se debía tomar las huellas digitales de los compradores y registrar cualquier traspaso de manos.
La NRA impulsaba una iniciativa para regular la venta de ametralladoras, pero temía que el Congreso se estuviese extralimitando. Durante las audiencias no se mencionó la Segunda Enmienda de la constitución tan de moda hoy, que habla del derecho a portar armas, pero su espíritu sí estuvo presente en el debate.
El vicepresidente ejecutivo de la NRA de entonces Milton Reckord advirtió que se quería “convertir en delincuentes a 15 millones de deportistas”. Sostuvo que una pistola o un revólver “son solo peligrosos en las manos de un bandido. No son peligrosas en manos de ciudadanos honestos”.
La ley finalmente aprobada fijó un impuesto de 200 dólares a la fabricación y venta de armas, silenciadores, escopetas y rifles con barriles de menos de 45 centímetros (18 pulgadas). Las pistolas y las “armas deportivas” estaban exentas, según fue el deseo de la NRA.
Por más que la NRA aparentase querer colaborar y restringir la venta, el historiador Patrick Charles afirma que entonces hizo lo mismo que ahora: luchó para evitar cualquier restricción significativa a la venta de armas.
“Todo el tiempo la NRA ha dicho ‘estamos a favor de una ley razonable, solo queremos ayudar’. Básicamente, metieron las manos en la jarra y redactaron la ley para el Congreso, y después impusieron esa ley tal cual ellos querían”, indicó Charles, autor de "Armed in America: A History of Gun Rights from Colonial Militias to Concealed Carry” (Armado en Estados Unidos: Una historia de los derechos sobre las armas desde las milicias coloniales hasta el porte a escondidas).
En las ocho décadas siguientes se aprobaron varias leyes, la última de las cuales caducó en el 2004. Hubo varios esfuerzos inútiles por renovarla.
Igual que tantos otros, Charles pensó que la matanza de 26 alumnos y maestros en Newtown, Connecticut, en el 2012 era una de esas tragedias de una magnitud tal que impulsaría la sanción de una nueva ley. Pero no fue así.
Los sobrevivientes a la matanza de Parkland dicen que esta vez será distinto. Quieren una prohibición total a la venta de rifles de combate, que el estudiante de la escuela de Parkland Samuel Zeif, en un encuentro con el presidente Donald Trump en la Casa Blanca, describió como “un arma de guerra”.
Pero Alan Gottlieb, fundador de la Fundación de la Segunda Enmienda, dice que esto no es 1934 y que no hay comparación entre los fusiles de combate y las ametralladoras.
“Ninguna organización defensora de los derechos a las armas va a apoyar una prohibición de su venta”, aseguró. “Un arma no tiene un dedo para gatillar ni un cerebro capaz de odiar. Ahí está nuestro problema”.
CHICAGO (AP) — Corría 1934. Pistoleros con metralletas automáticas habían dejado un baño de sangre en las aceras y agujeros en las paredes de todo el país, y el nuevo presidente había sobrevivido a un intento de asesinato el año previo. Era hora de tomar medidas. Y la Asociación Nacional del Rifle parecía estar de acuerdo.
“No creo en la portación promiscua de armas”, expresó el presidente de entonces de la NRA, como se conoce a la Asociación por sus siglas en inglés, Karl T. Frederick ante la comisión de medios y arbitrios de la cámara baja. “Creo que (la venta) debería estar muy restringida y hacerse solo si alguien tiene una licencia”.
La ley de armas que se aprobó cinco años después de la masacre de Chicago en el día de San Valentín no prohibía la venta de ametralladoras sino que le fijaba impuestos. Pero fue un momento clave en la historia de la batalla sobre las armas, en el que por primera vez se reglamentó su uso.
Fue también un momento importante para la NRA, fundada en 1871 por dos veteranos de la guerra civil. La organización había logrado diluir la mayor parte de las restricciones contempladas inicialmente y establecerse como una pieza clave en la política de Washington.
Ahora los sobrevivientes a una matanza similar a la del día de San Valentín --el asesinato de 17 personas en una escuela secundaria de Parkland, Florida-- exigen a los miembros del Congreso que corten sus relaciones la NRA y hagan algo para restringir la venta de rifles como el AR-15 que habría usado Nikolas Cruz, el joven acusado de la matanza.
Igual que en 1934, el debate sobre el control de armas es casi el mismo: si los civiles deben tener acceso a ciertos tipos de armas.
“Los estadounidenses de entonces pensaban que uno tenía derecho a llevar un arma en su caballo para su protección personal”, señaló Adam Winkler, profesor de la Facultad de Leyes de UCLA y autor de “"Gunfight: The Battle over the Right to Bear Arms in America" (Tiroteo: La batalla sobre el derecho a portar armas en Estados Unidos). “Lo que no pensaban era que uno tenía el derecho a portar casi cualquier tipo de arma mortal”.
La metralleta Thompson fue publicitada como el arma perfecta para la defensa propia, “ideal para la protección de grandes propiedades, de ranchos, de plantaciones, etc”, decía un aviso de los años 20 de su fabricante. “Totalmente automática, se dispara desde la cintura, 1,500 tiros por minuto”.
A pesar de las garantías de que sería vendida únicamente a “personas responsables y después de una minuciosa investigación”, muchas llegaron a manos de contrabandistas y ladrones de bancos. Gángsters como Al Capone, John Dillinger y George “Ametralladora” Kelly comenzaron a aterrorizar la nación y los expertos vincularon dos metralletas con un incidente del 14 de febrero de 1929 en el que siete individuos vinculados con George “Bugs” Moran fueron abatidos por hombres de Capone vestidos de policías.
En febrero de 1933, durante una visita a Miami, el presidente electo Franklin D. Roosvelt salió milagrosamente ileso al ser atacado con cinco disparos de un revólver calibre 32 comprado en una casa de empeños.
La primera versión de la ley de armas planteaba que había que registrar todas las armas de fuego y cobrarles fuertes impuestos. También se debía tomar las huellas digitales de los compradores y registrar cualquier traspaso de manos.
La NRA impulsaba una iniciativa para regular la venta de ametralladoras, pero temía que el Congreso se estuviese extralimitando. Durante las audiencias no se mencionó la Segunda Enmienda de la constitución tan de moda hoy, que habla del derecho a portar armas, pero su espíritu sí estuvo presente en el debate.
El vicepresidente ejecutivo de la NRA de entonces Milton Reckord advirtió que se quería “convertir en delincuentes a 15 millones de deportistas”. Sostuvo que una pistola o un revólver “son solo peligrosos en las manos de un bandido. No son peligrosas en manos de ciudadanos honestos”.
La ley finalmente aprobada fijó un impuesto de 200 dólares a la fabricación y venta de armas, silenciadores, escopetas y rifles con barriles de menos de 45 centímetros (18 pulgadas). Las pistolas y las “armas deportivas” estaban exentas, según fue el deseo de la NRA.
Por más que la NRA aparentase querer colaborar y restringir la venta, el historiador Patrick Charles afirma que entonces hizo lo mismo que ahora: luchó para evitar cualquier restricción significativa a la venta de armas.
“Todo el tiempo la NRA ha dicho ‘estamos a favor de una ley razonable, solo queremos ayudar’. Básicamente, metieron las manos en la jarra y redactaron la ley para el Congreso, y después impusieron esa ley tal cual ellos querían”, indicó Charles, autor de "Armed in America: A History of Gun Rights from Colonial Militias to Concealed Carry” (Armado en Estados Unidos: Una historia de los derechos sobre las armas desde las milicias coloniales hasta el porte a escondidas).
En las ocho décadas siguientes se aprobaron varias leyes, la última de las cuales caducó en el 2004. Hubo varios esfuerzos inútiles por renovarla.
Igual que tantos otros, Charles pensó que la matanza de 26 alumnos y maestros en Newtown, Connecticut, en el 2012 era una de esas tragedias de una magnitud tal que impulsaría la sanción de una nueva ley. Pero no fue así.
Los sobrevivientes a la matanza de Parkland dicen que esta vez será distinto. Quieren una prohibición total a la venta de rifles de combate, que el estudiante de la escuela de Parkland Samuel Zeif, en un encuentro con el presidente Donald Trump en la Casa Blanca, describió como “un arma de guerra”.
Pero Alan Gottlieb, fundador de la Fundación de la Segunda Enmienda, dice que esto no es 1934 y que no hay comparación entre los fusiles de combate y las ametralladoras.
“Ninguna organización defensora de los derechos a las armas va a apoyar una prohibición de su venta”, aseguró. “Un arma no tiene un dedo para gatillar ni un cerebro capaz de odiar. Ahí está nuestro problema”.








