En defensa de las ciencias sociales

Manuel Pérez, catedrático e investigador de la UASLP plantea a la futura titular del Conacyt no desdeñar el papel de estas disciplinas en los planes de la institución

Manuel Pérez M, investigador del Instituto de Investigaciones Humanísticas
Universidad Autónoma de San Luis Potosí (UASLP) envió a María Elena Álvarez-Buylla Roces, próxima directora de Conacyt, una serie de reflexiones sobre el trato que se da al área de ciencias sociales en su proyecto de trabajo para el sexenio que está por iniciar.

El doctor en Literatura Hispánica por El Colegio de México y doctor en Filología Española por la Universidad de Zaragoza, ganador del Premio Extraordinario por su tesis de segundo doctorado, señala que con mucho interés ha seguido el nombramiento de Álvarez-Buylla Roces como próxima directora del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología y su “Plan de reestructuración estratégica del Conacyt para adecuarse al Proyecto Alternativo de Nación (2018-2024) presentado por MORENA”.

Le informa que es profesor de la UASLP y que celebró, junto con algunos compañeros, el Premio Nacional que la universidad decidió concederle en 2016, “distinguiendo así a una de las académicas más comprometidas con que cuenta el país; su intervención en aquella ocasión no hizo sino confirmar nuestro regocijo pues ponía en alta voz muchas de las demandas y reclamos por una ciencia comprometida y no excluyente que algunos de nosotros hemos sostenido por años”.

Lo preocupante
Advierte, sin embargo, que han visto ahora con cierta sorpresa la preocupante dirección que puede tomar bajo este Plan el Desarrollo de una de las partes más significativas (aunque siempre despreciadas) de la actividad académica y cultural en México: las humanidades.

“Es verdad que el Plan que usted ha propuesto diagnostica correctamente la mercantilización de las ciencias como un problema ético profundo, capaz de destruir el modelo científico de conocimiento en su conjunto; sin embargo, preocupa que dicho Plan ignore el aporte que en este sentido puedan tener la ética, la filosofía de la ciencias y, en general, las humanidades, no sólo como coadyuvantes de las ciencias prestigiadas sino como disciplinas generadoras de conocimiento en toda regla.

Y es que en general las menciones de las humanidades en el documento en cuestión son más bien pobres; hecho que precisa, según veo, de una valoración profunda antes de convertirse en plan efectivo de gobierno.

“Resulta constante la función de complemento que para las disciplinas humanísticas depara este Plan, tanto como el hecho de que las circunscriba al exclusivo propósito del cambio social; todo ello está muy bien, pues efectivamente las humanidades pueden aportar a la mejora constante de nuestras capacidades emocionales y culturales, individuales y colectivas, pero no olvidemos que muchas de las reflexiones humanísticas no necesariamente conectan de forma directa con el cambio social”.

El investigador le pide tener en cuenta “que hablamos de disciplinas hasta cierto punto aristocráticas que hurgan en los oscuros abismos de la memoria de la humanidad, y que para ello necesitan no sólo la libertad de pensamiento, sino también de propósito, como condición sine qua non para su existencia; recuérdense los perniciosos efectos que diversos propósitos ideologizadores han tenido sobre las sensibles áreas de reflexión vinculadas a la palabra o el pensamiento: desde los índices de textos prohibidos por la Inquisición, que intentaron subordinar la reflexión intelectual a la ortodoxia religiosa, hasta el realismo socialista soviético propuesto como estética de estado, como la única función posible del creador o pensador en un estado revolucionario; en ambos casos, trágicamente, las disciplinas humanísticas sufrieron un criterio utilitarista y un intento de subordinación a fines externos a su esencia, por temor a ellas o por ignorancia sobre sus magníficos aportes potenciales a la libertad”.

El papel de las Ciencias Sociales
Reconoce que por supuesto, hay también mucho que atender y celebrar en el Plan. En la UASLP, “algunos investigadores con nombramiento SNI y con los más altos estándares académicos causamos membresía en el Colegio Universitario de Ciencias y Artes, mismo que reúne una vibrante comunidad de practicantes de las disciplinas que antiguamente se llamaban “ciencias naturales” junto a doctores en diversas disciplinas humanísticas: filología, historia, filosofía.

En nuestras conversaciones, con frecuencia nos preguntamos sobre el lugar de las humanidades en el concierto de las ciencias contemporáneas, sobre los criterios adecuados para evaluarlas, por lo que en más de una ocasión hemos llegado a la conclusión de que las humanidades padecen una crónica marginación y anomia en el mundo moderno, desde que la revolución industrial empoderó el pensamiento tecnológico dedicado a explotar la naturaleza.

Para luchar contra esa y otras marginaciones hemos planteado más de un proyecto desde puentes interdisciplinares, como el Seminario Ciencia Formal y Conocimiento Indígena, y el Seminario de Educación para la Paz”.

Explica Manuel Pérez que el Seminario “Ciencia Formal y Conocimiento Indígena” (SCFCI) tuvo como propósito la creación de espacios de discusión académica y actividad científica sobre los temas que incardina su título, lo que nos ha traído anticipadamente a objetivos similares a los que propone su Plan, desde que promueve los siguientes beneficios:

1. Generación y/o fortalecimiento de desarrollo institucional de instancias gubernamentales y académicas más o menos marginales (ayuntamientos de comunidades indígenas, escuelas rurales, etc.).

2. Fortalecimiento de las capacidades de los municipios para la generación de políticas públicas pluriétnicas y pluriculturales.

3. Fortalecimiento de competencias profesionales de los asistentes a sus cursos y seminarios (académicos, estudiantes, público en general), vinculadas al reconocimiento de derechos epistemológicos de minorías étnicas y al reconocimiento también de nuestra herencia cultural indígena.

“El Plan propuesto por usted para la reestructuración de la actividad científica nos parece efectivamente estimulante, aunque no tanto cuando se observan las posibilidades que dicho Plan puede ofrecer no a proyectos de gestión en humanidades, como el SCFCI, sino a proyectos de investigación en toda regla.

Por ejemplo, hay poco espacio para proyectos de investigación sobre nuestro pasado colonial -tema al cual me dedico- porque la reflexión histórica parece quedar fuera de las pretensiones de cultivo de una ciencia vinculada al cambio social y el ejercicio de derechos, y no tanto a la reflexión sobre nuestra identidad y memoria colectivas”.

Informa el académico que estudia algunos tratados de extirpación de idolatrías del siglo XVII a la luz de las políticas religiosas y anti-supersticiosas de la corona de Castilla, siguiendo procesos inquistoriales contra brujas y disidentes ideológicos en México y Aragón, pero, “con los criterios que pueden desprenderse de un Plan como el propuesto por usted, el estudio de estos tratados no reportaría utilidad social alguna, porque no hay patentes útiles a la industria nacional, no hay empoderamiento inmediato ni ejercicio de derechos, no hay sino reflexión filológica pura y dura; y, sin embargo, un estudio tal permitiría determinar que las formas actuales de expresión política, social o cultural en México son deudoras de una historia de represión y adoctrinamiento que hunde sus raíces no sólo en nuestro pasado colonial sino también en una ideología de dominación que primero probó sus fuerzas en cierta geografía europea vinculada a los antiguos territorios cátaros, en el norte de España y sur de Francia, justamente aquellos territorios donde nació el instrumento punitivo más feroz con que contó la iglesia católica para su labor: la Santa Inquisición”.

Explica que “el conocimiento de las formas en que se conceptualizaron, persiguieron y castigaron las prácticas heterodoxas del siempre convulso norte de España y de buena parte de la América hispana permite sacar conclusiones respecto a la función del poder en la formación de cultura y respecto a las formas de resistencia cultural que aun viven en nuestros pueblos y comunidades bajo la máscara del sincretismo: formas de resistencia pasiva que definen nuestra vida institucional y política.

Un conocimiento útil, sin lugar a dudas, pero cuyo financiamiento y apoyo no es seguro en un Plan que prioriza la ciencia natural y la ciencia aplicada.

Las dudas
“Para nosotros resultan claros los beneficios de pretender que el Conacyt se comprometa con el desarrollo de una ciencia al servicio del bien común y no de los poderes económicos; pero no resulta tan claro el beneficio de ignorar que el compromiso social no puede ni debe anular la libertad que precisan las humanidades para su pleno desarrollo.

En efecto tenemos prioridades sociales y culturales en el país, pero no por ello deberíamos olvidar el aporte de disciplinas no necesariamente vinculadas al cambio social o a la solución práctica de problemas; si lo hacemos corremos el riesgo de perder orientación y perspectiva, no sólo en nuestra política científica. Urge por ello una consulta bien intencionada a la comunidad de académicos dedicados a las humanidades.

Ya hay voces pidiendo la salida de las disciplinas humanísticas de Conacyt para conformar una institución independiente como el National Endowment for the Humanities de los Estados Unidos (véase Guillermo Hurtado en su artículo “El Conacyt y las humanidades” (La Razón, Columnas, 28 de julio de 2018: https://www.razon.com.mx/el-conacyt-y-las-humanidades/)).

Por ello, si (como se indica en el mismo Plan) es necesario “impulsar la diversidad en las ciencias” (36), pues entonces le suplico que evite toda exclusión o discriminación de las humanidades para proceder de una buena vez a hacerle justicia administrativa y política a esta valiosa herramienta de mejoramiento de conciencias.

El bien cultural intangible que significa la reflexión humanística ha sido sistemáticamente maltratado, abandonado y aun olvidado por años en nuestro país, no agravemos el riesgo de su muerte con una política científica miope a los bienes superiores de cultura, aquellos que aquilataba tanto el buen amigo de don Miguel de Unamuno: su abuelo Wenceslao Roces.

Manuel Pérez M. / esplandian1974@yahoo.com