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Quebec, Canadá.- Por generaciones, los agricultores de América del Norte han despreciado el algodoncillo y hecho lo posible por deshacerse de él.
“Detesto tener algodoncillos en mis campos de fresas”, dice Nathalie Leonard,
quien tiene una granja en Lac-du-Cerf, en la provincia canadiense de Quebec.
Si es así, ¿por qué plantó 24 hectáreas de algodoncillo?
La respuesta es sencilla: Por el bien de las mariposas monarcas.
Leonard integra Monark, una cooperativa de granjeros de Quebec y el estado estadounidense de Vermont que, alentados por la perspectiva de ayudar a preservar las monarcas y de explotar un nuevo mercado, empezaron a cultivar una planta que antes veían como un estorbo.
Las monarcas, con sus espectaculares colores anaranjado y negro, dependen del algodoncillo, la única planta donde depositan sus huevos y el único sustento para las orugas, que se alimentan de las secreciones lechosas de sus hojas.
El algodoncillo tiende a extinguirse por el desarrollo urbano y los herbicidas.
Pero en los últimos años, en que empezó a trascender el drama de las monarcas, comunidades y escuelas empezaron a cultivar algodoncillos al costado de carreteras y en terrenos públicos para tratar de preservar las mariposas.
“Detesto tener algodoncillos en mis campos de fresas”, dice Nathalie Leonard,
quien tiene una granja en Lac-du-Cerf, en la provincia canadiense de Quebec.
Si es así, ¿por qué plantó 24 hectáreas de algodoncillo?
La respuesta es sencilla: Por el bien de las mariposas monarcas.
Leonard integra Monark, una cooperativa de granjeros de Quebec y el estado estadounidense de Vermont que, alentados por la perspectiva de ayudar a preservar las monarcas y de explotar un nuevo mercado, empezaron a cultivar una planta que antes veían como un estorbo.
Las monarcas, con sus espectaculares colores anaranjado y negro, dependen del algodoncillo, la única planta donde depositan sus huevos y el único sustento para las orugas, que se alimentan de las secreciones lechosas de sus hojas.
El algodoncillo tiende a extinguirse por el desarrollo urbano y los herbicidas.
Pero en los últimos años, en que empezó a trascender el drama de las monarcas, comunidades y escuelas empezaron a cultivar algodoncillos al costado de carreteras y en terrenos públicos para tratar de preservar las mariposas.








