A-AA+
En la frontera entre Bangladesh y Myanmar.- Desde el lugar donde viven, una tienda de campaña instalada a toda prisa en un campo de pasto, la joven pareja de musulmanes rohingya puede ver la aldea que dejaron atrás el año pasado, cuando huyeron de los ataques de turbas budistas y las fuerzas de seguridad de Myanmar.
Llegaron a tierra de nadie, una de las pequeñas zonas mal definidas que existen en los límites más difusos de las tierras fronterizas, lugares que no parecen pertenecer ni a Myanmar ni a Bangladesh. Aunque casi todos los refugiados rohinya que cruzaron la frontera buscaron protección en los inmensos campos de refugiados levantados unos kilómetros (millas) tierra adentro en suelo bengalí, esta gente dice que no avanzará más.
“Las tumbas de mis ancestros están allí”, dijo Abdul Naser, gesticulando hacia su aldea, a menos de 100 metros (yardas) de distancia. “A veces camino junto a la cerca de alambre de espinas y toco mi tierra, y lloro en la oscuridad”.
Pero hace unas cuantas semanas las cosas cambiaron. Myanmar desplegó más soldados en la frontera, algunos a apenas 10 metros (yardas) de las casas de los refugiados. Según los rohinya, les insultan y les arrojan botellas de whisky vacías. Han instalado altavoces que emiten anuncios en los que se les insta a adentrarse en Bangladesh.
Porque para Myanmar, la tierra de nadie no existe.
“No podemos aceptar el término “tierra de nadie” porque ese es nuestro territorio”, dijo Nyan Myint Kyaw, subcomandante de la policía fronteriza de Myanmar.
Los cambios en el curso de los ríos podrían haber arrastrado algunas marcas fronterizas por ello, los casi 6.000 rohinya creen que están viviendo entre las dos naciones cuando están en territorio birmano.
Llegaron a tierra de nadie, una de las pequeñas zonas mal definidas que existen en los límites más difusos de las tierras fronterizas, lugares que no parecen pertenecer ni a Myanmar ni a Bangladesh. Aunque casi todos los refugiados rohinya que cruzaron la frontera buscaron protección en los inmensos campos de refugiados levantados unos kilómetros (millas) tierra adentro en suelo bengalí, esta gente dice que no avanzará más.
“Las tumbas de mis ancestros están allí”, dijo Abdul Naser, gesticulando hacia su aldea, a menos de 100 metros (yardas) de distancia. “A veces camino junto a la cerca de alambre de espinas y toco mi tierra, y lloro en la oscuridad”.
Pero hace unas cuantas semanas las cosas cambiaron. Myanmar desplegó más soldados en la frontera, algunos a apenas 10 metros (yardas) de las casas de los refugiados. Según los rohinya, les insultan y les arrojan botellas de whisky vacías. Han instalado altavoces que emiten anuncios en los que se les insta a adentrarse en Bangladesh.
Porque para Myanmar, la tierra de nadie no existe.
“No podemos aceptar el término “tierra de nadie” porque ese es nuestro territorio”, dijo Nyan Myint Kyaw, subcomandante de la policía fronteriza de Myanmar.
Los cambios en el curso de los ríos podrían haber arrastrado algunas marcas fronterizas por ello, los casi 6.000 rohinya creen que están viviendo entre las dos naciones cuando están en territorio birmano.








