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Chilapa, Gro.- Esta es la historia de terror de una ciudad blindada por policías y militares. Son las 8:30 de la noche, estamos parados justo en la esquina de la avenida Constitución y la calle Andraca, donde está la majestuosa catedral, en pleno centro.
Estamos solos, aquí no pasa nadie. Las calles están desoladas, oscuras. Esperamos media hora y nos retiramos sin ver pasar un taxi, un carro, una moto o alguna persona.
Decidimos ir a cenar, tomar algo para después regresar al hotel a dormir. Nos acercamos a un restaurante-bar en la siguiente cuadra, pero nos niegan el servicio.
Llegamos al hotel y subimos al restaurante. Ya no hay servicio, el encargado nos dice que lo cierran temprano, porque desde la 8:00 de la noche la clientela comienza a desaparecer. “No tiene caso tener abierto si no llega la gente”, explica sin dejar de acomodar las cosas con la intensión de irse lo más pronto.
Las noches desoladas en Chilapa no son casuales. Están invadidas de miedo y terror. A punta de balas, de muertes y de desapariciones han empujado a los pobladores al encierro, al silencio voluntario.
El miedo se percibe, se ve, se vive. Ahora muchas de las casas que aún mantenían sus ventanales amplios pegados a las calles los han parchado con muros. Las bodas, y los 15 años se celebran por el día, nunca por la noche.
Permiso para matar
Desde hace unos cuatro años Chilapa cayó en un pozo sin fondo. Los capítulos de terror son bastantes y diversos. Acá igual matan a niños que ancianos, a propios y a extraños. A ricos y a pobres, a políticos y a ciudadanos de a pie. A transportistas, a profesores, a sacerdotes, a estudiantes, a meseros, a artesanos, a albañiles, a indígenas y a mestizos. La violencia no discrimina, no se detiene. Parece que hubiese permiso para matar.
En estos cuatro años la muerte, los militares y policías han cohabitado sin estorbo. Desde 2014 se han implementado por lo menos seis operativos. Uno nunca antes visto en el país: en enero de 2016 llegaron 3 mil 500 soldados y 250 agentes estatales y federales para vigilar un lugar de 130 mil habitantes. La presencia militar y policiaca no ha inhibido la violencia, sino todo lo contrario, va en aumento. Eso dicen las cifras oficiales.
El Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública registró en 2012 uno de los años más violentos de México, en Chilapa fueron 29 asesinatos. Al siguiente año, 46. En 2014, cuando “Los Ardillos” y “Los Rojos” comenzaron su disputa, 55 homicidios dolosos. En 2015 fueron 82; en 2016, 85 y, en 2017 la cifra se desbordó: 177 asesinatos.
Tan sólo de 2016 a 2017 el aumento fue de 108%. En ese periodo ningún lugar en México aumentó tanto como en Chilapa ni siquiera Tecomán, Colima, el municipio con el promedio más alto en muertes en 2017.
Estamos solos, aquí no pasa nadie. Las calles están desoladas, oscuras. Esperamos media hora y nos retiramos sin ver pasar un taxi, un carro, una moto o alguna persona.
Decidimos ir a cenar, tomar algo para después regresar al hotel a dormir. Nos acercamos a un restaurante-bar en la siguiente cuadra, pero nos niegan el servicio.
Llegamos al hotel y subimos al restaurante. Ya no hay servicio, el encargado nos dice que lo cierran temprano, porque desde la 8:00 de la noche la clientela comienza a desaparecer. “No tiene caso tener abierto si no llega la gente”, explica sin dejar de acomodar las cosas con la intensión de irse lo más pronto.
Las noches desoladas en Chilapa no son casuales. Están invadidas de miedo y terror. A punta de balas, de muertes y de desapariciones han empujado a los pobladores al encierro, al silencio voluntario.
El miedo se percibe, se ve, se vive. Ahora muchas de las casas que aún mantenían sus ventanales amplios pegados a las calles los han parchado con muros. Las bodas, y los 15 años se celebran por el día, nunca por la noche.
Permiso para matar
Desde hace unos cuatro años Chilapa cayó en un pozo sin fondo. Los capítulos de terror son bastantes y diversos. Acá igual matan a niños que ancianos, a propios y a extraños. A ricos y a pobres, a políticos y a ciudadanos de a pie. A transportistas, a profesores, a sacerdotes, a estudiantes, a meseros, a artesanos, a albañiles, a indígenas y a mestizos. La violencia no discrimina, no se detiene. Parece que hubiese permiso para matar.
En estos cuatro años la muerte, los militares y policías han cohabitado sin estorbo. Desde 2014 se han implementado por lo menos seis operativos. Uno nunca antes visto en el país: en enero de 2016 llegaron 3 mil 500 soldados y 250 agentes estatales y federales para vigilar un lugar de 130 mil habitantes. La presencia militar y policiaca no ha inhibido la violencia, sino todo lo contrario, va en aumento. Eso dicen las cifras oficiales.
El Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública registró en 2012 uno de los años más violentos de México, en Chilapa fueron 29 asesinatos. Al siguiente año, 46. En 2014, cuando “Los Ardillos” y “Los Rojos” comenzaron su disputa, 55 homicidios dolosos. En 2015 fueron 82; en 2016, 85 y, en 2017 la cifra se desbordó: 177 asesinatos.
Tan sólo de 2016 a 2017 el aumento fue de 108%. En ese periodo ningún lugar en México aumentó tanto como en Chilapa ni siquiera Tecomán, Colima, el municipio con el promedio más alto en muertes en 2017.


