A-AA+
Aldama, Chiapas.- María Luciana Lunes, de 13 años, aún convalece tras recibir dos balazos de grupos paramilitares en un conflicto armado en el sureste mexicano que, al combinarse con la pandemia, ha dejado sin educación a cientos de niños indígenas en Chiapas.
María Luciana cuenta con timidez que ella y sus siete hermanos pasan el mayor tiempo en el refugio del municipio de Aldama, donde viven bajo el acecho de los paramilitares por los conflictos agrarios con el pueblo de Chenalhó, que tienen sin escuela a menores de edad de primaria y secundaria.
Las agresiones en Aldama se agudizan desde hace cuatro años por una disputa de 60 hectáreas con el municipio de Chenalhó.
Al conflicto que ya existía ahora se suma la pandemia, por lo que las familias prefieren esperar para continuar con la educación de sus hijos.
La mayoría ni siquiera contempla sumarse al programa Aprende en Casa, con el que la SEP imparte educación en radio y televisión desde el 23 de marzo, cuando inició el confinamiento.
“Ya tiene más de dos años que ya casi no están estudiando, no están aprendiendo, pobres niños, ya están grandes sin que sepan leer”, comenta María Jiménez, una de las mujeres de un grupo de madres indígenas con entre cinco y nueve hijos cada una.
Aunque la SEP prometió contenido en 24 idiomas indígenas, las mujeres de habla tzotzil advierten deficiencias en los programas, lo que dificulta que ellas hagan la enseñanza.
“Yo estoy segura de que no van a poder los niños aunque los maestros quieren que le enseñemos a nuestros hijos, que nos dediquemos a ellos pero no podemos, tenemos que buscar trabajo, en nuestro terreno ya no podemos trabajar”, opina.
Los conflictos armados han dejado seis personas asesinadas y 21 heridas, incluyendo tres menores de edad, de 2017 a la fecha, según los pobladores.
A mediados de 2016 los conflictos se intensificaron en la zona limítrofe, que sigue bajo ataque permanente, al grado de forzar el desplazamiento de familias de las comunidades de Xuxch’en, Coco’, Tabak, San Pedro Cotzilnam, Sepelton, Yoc Tontik, Yeton, Ch’ivit, Stzelejpotobtik, Juxton y Ch’ayomte’.
Esto ha dejado en la incertidumbre a jóvenes como Eduardo Galdino Pérez, quien cursa el tercer semestre del Colegio de Bachilleres (Cobach).
Eduardo ahora solo se dedica a tejer junto a sus dos hermanos para sostener la economía familiar. El adolescente indica que pasa los días con la esperanza de que el coronavirus y las balas cesen. Pero ahora solo quisiera salir con seguridad de la comunidad para vender sus textiles.


