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Ciudad de México.- Llegó a ser uno de los recintos culturales más importantes de la Ciudad Universitaria y del país, pero actualmente, a 20 años de la entrada de la Policía Federal a la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), el auditorio Justo Sierra está tomado por cuatro colectivos que se autodenominan “autogestivos, anarquistas y punks”.
Tomado desde septiembre de 2000, unos meses después de terminada la huelga más larga en la historia de la institución, se ha convertido en dormitorio, vivienda y negocio para sus okupas —miembros del colectivo Okupa Che— un espacio al que los universitarios sólo pueden acceder de manera limitada.
Históricamente, el auditorio Justo Sierra fue uno de los lugares más importantes en el escenario de la rebeldía estudiantil. Ahí se llevaron a cabo las asambleas del Consejo General de Huelga (CGH) en 1968 y de los movimientos de 1986 y 1999.
Los alumnos tomaron el inmueble para convertirlo en un espacio autónomo, autogestivo y abierto, donde se expresaban los sectores alternativos de la comunidad, era el último bastión del movimiento. Dos décadas más tarde es una fonda vegetariana.
Hoy, los administradores del auditorio lo consideran un “espacio autónomo de trabajo autogestivo”, según sus redes sociales y su blog. En un recorrido que hizo El Universal se observó que el espacio está abandonado y se limita el acceso a los alumnos.
La planta superior está vedada al público. En esa zona fue instalado un estudio de tatuajes al que sólo se puede pasar cuando acuden los profesionales a hacer negocio. Se puede ingresar a la cocina y a la antigua sala de conciertos donde ocasionalmente se proyectan documentales.
La sala de conciertos, que solía ser tan bella como la Nezahualcóyotl, hoy luce despojada hasta de sus butacas. De su antiguo esplendor se conservan las paredes recubiertas de madera y la acústica de su techo cóncavo, fracturado luego de los sismos de 2017.
“Hay cuatro colectivos viviendo, es una especie de comuna poligámica comunista muy rara (...) Aquí han nacido hasta niños”, cuenta una estudiante.
Los okupas saben que el riesgo de ser desalojados es permanente y por eso han ideado un plan de contingencia. En el techo, ocultos de la vista por el huerto urbano que instalaron los anarquistas, hay extintores de incendios, toletes y escudos como los que utilizaban los granaderos.


