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Ciudad de México.- “¡Queremos que se acabe el tráfico de influencias, que se castigue a los culpables, pero de verdad ¡Que les duela! ¡Que nos hagan justicia!”, gritó una mujer mientras sostenía la fotografía de su hija asesinada. La voz de le quebró, estaba ahí frente a Andrés Manuel López Obrador, Presidente de la República electo. Era el segundo Diálogo por la Paz la Verdad y la Justicia y era su momento de hacerse escuchar.
“¡Esta es mi hija, señor, asesinada y violada!”, le dijo otra mujer que se abrió paso entre la gente y se plantó frente a López Obrador. Tenía una mirada profunda y sostenía con sus manos la imagen de una jovencita vestida de blanco.
El político observaba de pie. Estaba callado y tenía una mueca de dolor en el rostro. Parecía conmovido. Los gritos y el llanto retumbaban en el auditorio del Centro Cultural Universitario Tlatelolco. Las fotografías de las víctimas y las cruces rosas de los feminicidios inundaban el salón.
Los familiares de las víctimas de la violencia en México tomaron la palabra y se hicieron escuchar.
Entre los oradores estaban Javier Sicilia Zardain, líder del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad (MPJD), Alejandro Encinas Rodríguez, próximo Subsecretario de Gobernación y Olga Sánchez Cordero, futura Secretaria de Gobernación. El poeta pidió un minuto de silencio por todas las víctimas al abrir su intervención, pero los familiares no estuvieron de acuerdo.
“¡No podemos guardar silencio!”, “No podemos callar, ¿así nos quieren callar?”, “¿dónde están, dónde están, nuestros hijos dónde están?”, le gritaron como respuesta.
Olga Sánchez Cordero no pudo hablar, no la dejaron. A cada intento por tomar la palabra era interrumpida por una madre o un padre que exigía justicia.
Las madres, padres, hermanas, hermanos, hijos e hijas de las asesinadas y desaparecido acudieron al encuentro con López Obrador para dejarle en claro una sentencia: “Ni perdón, ni olvido”.
“¡No necesitamos dialogar ya, necesitamos encontrarlos a todos, ya no queremos perder tiempo en esto, que los encuentren!, ¡que se pongan a trabajar!”, exigieron.
Un padre de familia de Guerrero le pidió justicia para su hija desaparecida y asesinada en Iguala, se desmayó entre la multitud congregada en el auditorio.
“Nada más le pido que si no me vuelve a ver, aquí está toda la información. Mi hija se sacrificó y me voy a sacrificar yo también”, le dijo el padre antes de desmayarse y ser sacado por los paramédicos.
“¿QUIERE QUE ME HINQUE?”
Una niña de unos seis años subió al estrado y se colocó al lado de López Obrador. Lleva en las manos la fotografía de un joven, su papá.
Abajo y frente al tabasqueño una mujer le pidió ayuda para encontrar a su hijo desaparecido.
“¡Le he rogado a Dios que usted llegara!, ¿dónde está mi hijo?, no tengo donde llevarle una flor, ¡usted es la esperanza de nosotros!”, le confió la muje.
El tabasqueño la escuchó y guardó silencio, mientras la madre que tomó la palabra le decía que día y noche le ha pedido a Dios saber qué hicieron con su hijo.
“Señor López Obrador por favor: ¿Quiere que me hinque?, ¿quiere que me hinque para que nos ayude?”, le suplicó de repente ante un Presidente electo estupefacto.
“No, no”, le dijo López Obrador, para tomar el expediente que la mujer llevaba sobre su hijo.
“¡Esta es mi hija, señor, asesinada y violada!”, le dijo otra mujer que se abrió paso entre la gente y se plantó frente a López Obrador. Tenía una mirada profunda y sostenía con sus manos la imagen de una jovencita vestida de blanco.
El político observaba de pie. Estaba callado y tenía una mueca de dolor en el rostro. Parecía conmovido. Los gritos y el llanto retumbaban en el auditorio del Centro Cultural Universitario Tlatelolco. Las fotografías de las víctimas y las cruces rosas de los feminicidios inundaban el salón.
Los familiares de las víctimas de la violencia en México tomaron la palabra y se hicieron escuchar.
Entre los oradores estaban Javier Sicilia Zardain, líder del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad (MPJD), Alejandro Encinas Rodríguez, próximo Subsecretario de Gobernación y Olga Sánchez Cordero, futura Secretaria de Gobernación. El poeta pidió un minuto de silencio por todas las víctimas al abrir su intervención, pero los familiares no estuvieron de acuerdo.
“¡No podemos guardar silencio!”, “No podemos callar, ¿así nos quieren callar?”, “¿dónde están, dónde están, nuestros hijos dónde están?”, le gritaron como respuesta.
Olga Sánchez Cordero no pudo hablar, no la dejaron. A cada intento por tomar la palabra era interrumpida por una madre o un padre que exigía justicia.
Las madres, padres, hermanas, hermanos, hijos e hijas de las asesinadas y desaparecido acudieron al encuentro con López Obrador para dejarle en claro una sentencia: “Ni perdón, ni olvido”.
“¡No necesitamos dialogar ya, necesitamos encontrarlos a todos, ya no queremos perder tiempo en esto, que los encuentren!, ¡que se pongan a trabajar!”, exigieron.
Un padre de familia de Guerrero le pidió justicia para su hija desaparecida y asesinada en Iguala, se desmayó entre la multitud congregada en el auditorio.
“Nada más le pido que si no me vuelve a ver, aquí está toda la información. Mi hija se sacrificó y me voy a sacrificar yo también”, le dijo el padre antes de desmayarse y ser sacado por los paramédicos.
“¿QUIERE QUE ME HINQUE?”
Una niña de unos seis años subió al estrado y se colocó al lado de López Obrador. Lleva en las manos la fotografía de un joven, su papá.
Abajo y frente al tabasqueño una mujer le pidió ayuda para encontrar a su hijo desaparecido.
“¡Le he rogado a Dios que usted llegara!, ¿dónde está mi hijo?, no tengo donde llevarle una flor, ¡usted es la esperanza de nosotros!”, le confió la muje.
El tabasqueño la escuchó y guardó silencio, mientras la madre que tomó la palabra le decía que día y noche le ha pedido a Dios saber qué hicieron con su hijo.
“Señor López Obrador por favor: ¿Quiere que me hinque?, ¿quiere que me hinque para que nos ayude?”, le suplicó de repente ante un Presidente electo estupefacto.
“No, no”, le dijo López Obrador, para tomar el expediente que la mujer llevaba sobre su hijo.


