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El día que El Machete arrasó con Pantelhó

Por El Universal

Enero 09, 2022 03:00 a.m.

San Cristóbal de las Casas, Chis.- El 26 de julio hacia las nueve y media de la mañana, Francisca Morales Monterrosa supo que, en Pantelhó, la tranquilidad que empezaba a construirse se pulverizaba.

Hombres con fusiles de asalto, picos y mazos rompían puertas de las casas en busca de adversarios, a los que sacaban a la calle a rastras, atados de pies y manos para formarlos en el quiosco del parque central, desde entonces ya no se supo más de ellos. Algunos hombres trataron de huir por los traspatios, pero fueron atrapados por los tzotziles de El Machete cuando saltaban las bardas.

Desde la casa donde estaba Francisca, de 72 años, podían verse las columnas de humo, se escuchaban los gritos de los armados y las explosiones en las casas donde ingresaban.

La mujer tomó su chal y quiso correr al centro del pueblo, pero le dijeron que no lo hiciera, porque podían asesinarla. 

En la casa de su hermano, supo que Los Machetes habían capturado a su hijo, por lo que decidió caminar hacia al centro del pueblo, donde se abrió paso entre la multitud hasta conseguir llegar al quiosco donde vio a 23 hombres que permanecían atados de pies y manos.

Los tzotziles de El Machete ordenaron a los 23 detenidos que bajaran del quiosco para treparlos a camiones y camionetas que se dirigieron rumbo a San José Tercero, sin que la Guardia Nacional, el Ejército y la policía —que el 9 de julio había tomado el control del pueblo— pudieran evitarlo. Sólo dos de los detenidos fueron liberados esa tarde.

Las esposas y madres del resto se quedaron en el pueblo en busca del sacerdote Marcelo Pérez para que les ayudara para rescatarlos. 

En estos cinco meses, doña Francisca se encuentra refugiada en San Cristóbal, pero no puede regresar a Pantelhó, porque su casa fue destruida por los tzotziles de Los Machetes. Las ventanas y puertas fueron arrancadas y quemadas, mientras que sus pertenecías robadas. Su casa que construyó con su esposo hace más de medio siglo está en ruinas.

En este tiempo, lo único que ha sabido de sus familiares es que en San José Tercero los tzotziles los sometieron a trabajos forzados, como romper rocas en una cantera y acarrear arena, pero ya no supo más de ellos ni de los otros cautivos.

“Yo todos los días le pido a Diosito y a la Virgen santísima que me ayude a que mi hijo pueda regresar”, dice.