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Veracruz. - En los alrededores de un predio con una estela de muerte y contaminación, miles de personas hacen su vida cotidiana en viviendas de clase media, escuelas públicas, iglesias, comercios y la propia estación del ferrocarril de Veracruz.
En el barrio La Estación del municipio de Córdoba, los restos de la fábrica de plaguicidas Agricultura Nacional de Veracruz S.A. (Anaversa) forman parte de la cotidianidad de una ciudad que quiere olvidar una tragedia que se cernió sobre la zona hace 27 años, pero que hoy sigue amenazando furtivamente a la población.
“Todo ha sido normal hasta ahorita, no hay ninguna enfermedad que hayamos adquirido ni nada”, dice, confiado, Antonio Herrera Quiroz, un hombre que habita una vivienda desde hace tres décadas a un costado de Anaversa, la empresa que el 3 de mayo de 1991 se incendió, estalló y provocó una nube tóxica que se extendió a un tercio de la localidad.
La explosión habría consumido al menos 38 mil litros de sustancias altamente tóxicas, como ácido 24-D, pentaclorofenol, paraquat, paratión metílico y malatión, cuyas nubes negras invadieron al menos 18 colonias densamente pobladas.
Desde su casa de dos pisos, que habita junto con su esposa e hijo, el hombre minimiza las advertencias de que el siniestro causó graves e irreversibles daños a la salud de la población y al medioambiente con la dispersión de plaguicidas de toxicidad aguda y con la generación de dioxinas y furanos, sustancias altamente tóxicas y persistentes en el ambiente.
“Nosotros inclusive sembramos nuestros propios alimentos, aquí pasamos toda la noche y día en que fue la explosión y no sufrimos nada”, ataja el sobreviviente del desastre que ha sido descrito como “el Bhopal mexicano”, en alusión a la región de la India donde una fuga en una fábrica de pesticidas mató a 12 mil personas en 1984.
La Asociación de Asistencia a los Afectados por Anaversa estima que más de 1 mil 500 personas han fallecido a consecuencia del accidente, pero oficialmente ninguna víctima mortal ha sido reconocida.
Y mientras don Antonio ayuda en las tareas del hogar, asegura que muchos se han querido colgar de la tragedia para su beneficio personal, pues -dice- sus vecinos tampoco sufrieron las consecuencias de la explosión y la gran mayoría sigue viviendo en el lugar.
En el barrio La Estación del municipio de Córdoba, los restos de la fábrica de plaguicidas Agricultura Nacional de Veracruz S.A. (Anaversa) forman parte de la cotidianidad de una ciudad que quiere olvidar una tragedia que se cernió sobre la zona hace 27 años, pero que hoy sigue amenazando furtivamente a la población.
“Todo ha sido normal hasta ahorita, no hay ninguna enfermedad que hayamos adquirido ni nada”, dice, confiado, Antonio Herrera Quiroz, un hombre que habita una vivienda desde hace tres décadas a un costado de Anaversa, la empresa que el 3 de mayo de 1991 se incendió, estalló y provocó una nube tóxica que se extendió a un tercio de la localidad.
La explosión habría consumido al menos 38 mil litros de sustancias altamente tóxicas, como ácido 24-D, pentaclorofenol, paraquat, paratión metílico y malatión, cuyas nubes negras invadieron al menos 18 colonias densamente pobladas.
Desde su casa de dos pisos, que habita junto con su esposa e hijo, el hombre minimiza las advertencias de que el siniestro causó graves e irreversibles daños a la salud de la población y al medioambiente con la dispersión de plaguicidas de toxicidad aguda y con la generación de dioxinas y furanos, sustancias altamente tóxicas y persistentes en el ambiente.
“Nosotros inclusive sembramos nuestros propios alimentos, aquí pasamos toda la noche y día en que fue la explosión y no sufrimos nada”, ataja el sobreviviente del desastre que ha sido descrito como “el Bhopal mexicano”, en alusión a la región de la India donde una fuga en una fábrica de pesticidas mató a 12 mil personas en 1984.
La Asociación de Asistencia a los Afectados por Anaversa estima que más de 1 mil 500 personas han fallecido a consecuencia del accidente, pero oficialmente ninguna víctima mortal ha sido reconocida.
Y mientras don Antonio ayuda en las tareas del hogar, asegura que muchos se han querido colgar de la tragedia para su beneficio personal, pues -dice- sus vecinos tampoco sufrieron las consecuencias de la explosión y la gran mayoría sigue viviendo en el lugar.


