Militarización de la frontera: un agravio a México

Militarización de la frontera: un agravio a México

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“Estados Unidos tiene derecho debatible a poner una barda en la frontera si lo cree conveniente, pero lo que no tiene derecho es a imputar una serie de responsabilidades a los migrantes que no son ciertas. Tampoco tiene derecho a negar derechos humanos y civiles ni criminalizarlos por una falta administrativa como es un cruce sin papeles. Estados Unidos tampoco tiene derecho a permitir el discurso del odio ni la aparición de grupos supremacistas que agreden y matan a migrantes o distorsionar el importante papel económico que juega la migración dentro de EE. UU”, responde Juan Manuel Valenzuela, secretario académico del Colegio de la Frontera Norte sito en Tijuana, en una entrevista al diario español El País.

Nuestro país vecino no conforme con la ignominia de erigir un muro, que de momento es seis veces más largo que el de Berlín, además de la colocación de vallas virtuales de sensores y cámaras, del uso de drones y aviones no tripulados, ahora militariza la frontera. Con esto se dispone a convertirla en la frontera más vigilada del mundo, ni la frontera entre las dos Coreas podrá competir con semejante vigilancia, superando incluso ya la militarización en 1989 del muro berlinés.

Esto, más que una bofetada, supone una amenaza y un error por parte de Estados Unidos, la frontera no solo es de EUA sino que también lo es de México. Este agravio, no tiene lugar entre países amigos y aliados. La presencia de tropas en la frontera trae consigo los recuerdos de aquella guerra de 1846, que tuvo lugar meramente por la sed de territorio de EUA y fue básicamente una invasión.

Sí leemos a escritores progresistas norteamericanos de la época como Emerson o Whitman podremos entender lo que realmente significaba; Whitman lo dijo: “la invasión es anexar al atrasado México para volverlo parte de la civilización moderna, de la cual Estados Unidos representa la vanguardia”.

De ser reales con la historia deberíamos llamar a todo el suroeste norteamericano el México Ocupado.

En el fondo de todo el asunto del muro fronterizo late un racismo acendrado y un espíritu supremacista que ha existido desde la fundación de la nación norteña. La frontera permaneció prácticamente abierta hasta inicios de la década de 1990. En 1994 el presidente Clinton comenzó la militarización que se extendió durante la década del 2000, en la administración Bush, bajo la premisa de peligro de terrorismo y la preservación de la seguridad nacional. La NSA (Agencia de Seguridad Nacional) ha advertido que la frontera verdaderamente peligrosa, en términos de terrorismo, es la canadiense Sí la vemos de cerca, veremos por qué.

La frontera canadiense es tan porosa, tan boscosa, que se puede atravesar caminando como se cruza una calle. Durante la administración de Obama se deportaron 30% más mexicanos que en cualquier otro momento de la historia, con un total de 2.6 millones de mexicanos deportados. El presidente en turno, el infame Donald Trump, ha prometido agrandar el muro, ha ordenado enviar más tropas a la frontera y ha desactivado el “catch and reléase”, medida que permitía liberar a los migrantes que no suponían riesgo alguno para la población norteamericana. Estas drásticas medidas de Trump parecen querer distraer del auténtico fiasco que ha sido su desastrosa estancia en la Casa Blanca, además de que servirían de plataforma para la aspiración a una posible reelección. Como lo ha señalado el Washington Post: “no es caos, es la estrategia de campaña de Trump.”

Según el respetado Noam Chomsky la militarización de la frontera fue una medida precautoria para intentar detener el gran flujo migratorio que se esperaba debido a la instauración de las medidas comerciales abusivas del TLCAN en México y Centroamérica. Con las medidas agrícolas producto del TLCAN se benefició a grandes empresas capitalistas norteamericanas y se perjudicó a los campesinos minoristas de México y Centroamérica, prácticamente obligándolos a migrar y vender su mano de obra si deseaban sobrevivir.

Cruzar una frontera es en si mismo un acto propio de una persona desesperada. Debes cruzar kilómetros de desierto sin agua para beber. Son extenuantes caminatas bajo un sol abrasador durante el día y un frío helado durante la noche. Los riesgos de deshidratación, muerte, y de ser capturado por el crimen organizado son altos, eso sin mencionar a los supremacistas blancos que intentan cazarte. Las familias se desgarran. Las personas preferirían estar unidas, pero las condiciones en el lugar de origen lo hacen imposible. Viven, y a veces, mueren separados.

¿Por qué debe entonces el pueblo mexicano atravesar semejante calvario? Ciertamente la política mexicana nunca ha hecho lo suficiente en pos de la búsqueda de un acuerdo digno en política migratoria para los 11 millones de mexicanos que aportan año con año a la economía de ambas naciones, hasta el punto que el presidente Peña incluso llegó a tildar el debate de “asunto interno” entre los estados.

Al respecto el historiador Enrique Krauze ha mencionado que México es un país ensimismado que no ve más allá de sus fronteras y que no debate el acuciante drama de los paisanos en EUA. Pareciera que comúnmente el gobierno mexicano actúa con retraso y tímidamente, debiendo exigir que se otorguen visas suficientes para trabajadores temporales; en cambio las élites políticas y económicas no denuncian el problema puesto que nunca les ha interesado, y a la población civil, mucho menos.

A fin de cuentas, citando al académico mexicano Sergio Aguayo, es difícil ser vecino de una potencia que, por considerarse excepcional actúa de forma unilateral, y seguirá siendo así hasta que se alce la voz y se accione para frenarlos. Si bien la política migratoria de los EE UU es un asunto interno, lo mismo debiera aplicar para la política migratoria mexicana. Por ejemplo, México pudiera declarar su territorio de libre tránsito para centro y suramericanos o negarse a recibir a deportados ex presidiarios que envía Estados Unidos. Los políticos mexicanos, timoratos y con corazón de vasallos, dejan de entender que la cercanía con los norteamericanos nos da muchos instrumentos para defender la dignidad mexicana.

La política mexicana debe dar un viraje en cuanto al papel que juega el ser los vecinos de una potencia. Se sigue sin discutir el rol que deben jugar los Estados Unidos en nuestro proyecto de nación. Al revisar las plataformas y propuestas de los partidos políticos la discusión seria sobre el país vecino brilla por su ausencia, tal vez debido a que en la posición con respecto al mundo, México sigue siendo un país inmaduro e inseguro.

Lo anterior sólo aumentará los riesgos y peligros a los que deberán enfrentarse los migrantes que se entreguen a la búsqueda del sueño americano. La realidad es que pese a la criminalización de estos humanos desesperados no habrá muro que detenga la ardiente esperanza que los impulsa ni su sed de una vida mejor. Ahora nuestra actitud como país debiera ser como el espíritu de los migrantes que se aventuran con valentía y arrojo en busca de su dignidad al enfrentarnos unidos a la amenaza que representa el muro y la política norteamericana.