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Queremos vivir, claman decenas de desplazados

Por El Universal

Febrero 20, 2022 03:00 a.m.

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Tijuana, BC.- Da pequeños pasos como si fueran los primeros, tiene un año y apenas logra sostenerse, avanza hacia unas redes con púas donde un par de oficiales armados cuidan la puerta de ingreso hacia Estados Unidos, en la garita Otay Mesa. Del peligro no sabe nada, pero su madre sí, la toma del brazo y la regresa junto a unos 60 migrantes que se plantaron en ese lugar.

A un costado, una fila interminable de personas que, con visa en mano, cruzarán la frontera para trabajar y otros, no pocos, para comprar lo que se le atraviese al bolsillo, mientras las familias que escaparon de la muerte en sus lugares de origen esperan a que algún agente de migración se les acerque y atienda su petición de asilo: queremos vivir, claman.

Son mexicanos, principalmente de Michoacán y de Guerrero, que desde el pasado viernes partieron del albergue para migrantes Pro Amore, en el Cañón K, en la colonia Patrimonial Benito Juárez, donde han permanecido desde hace meses y hasta un año sin que tengan información de cuándo podrán iniciar su trámite.

Claudia y su familia dejaron Morelia. Pensaron que era una ciudad en aparente tranquilidad que no vivía la tragedia de las balas como otros sitios casi innombrables para la población como Aguililla y Apatzingán: “Mi marido decidió integrarse a la policía local porque creíamos que así podríamos tener acceso a un seguro social médico, salario digno y la garantía de una mejor calidad de vida”, señala.

“Los narcos le pidieron trabajar para él”, dice Claudia en voz baja, después de pedir no usar su nombre verdadero ni ser fotografiada del rostro, “primero no respondía porque no quería hacer enojar a nadie, así fue mucho tiempo hasta que ya no le dieron más y mejor nos venimos”.

Ellos escaparon y decidieron, como muchos, llegar hasta la frontera en Tijuana para pedir asilo y protección al gobierno estadounidense. Llegaron hace casi un año y desde ese entonces viven como pueden. En el albergue Pro Amore, su esposo es ayudante de cocina y ella ayuda con cualquier trabajo que le llegue.

Así había sido hasta que hace un par de días un grupo de voluntarios de instituciones de migración les dijo lo que ninguna familia quiere escuchar: no van a cruzar. Les informaron que no hay proceso abierto.