"Virus, más complejo que un asesino"

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Virus, más complejo que un asesino

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Ella es una de las llamadas Doctoras Covid. De las mujeres que combaten al SARS-Cov-2.
La doctora Wendy Scarlett Hinojosa Basilio, experta en Radiología, es jefa de Imagenología en el Hospital General de Chilpancingo. Por su departamento pasan todos los contagiados de Covid-19, los leves y los que están en estado crítico, para que les tomen placas y tomografías con las que diagnostiquen sus casos.
Así vive ella la pandemia… Al frente de la batalla… "Nosotros aquí en Imagenología hacemos los estudios de diagnóstico, placas, tomografías, entonces dices: 'A qué hora voy a salir infectada, si estoy viendo a tanto compañero que ya se contagió'. Imagine cómo estamos nosotros aquí en el departamento, con el estrés que llevamos...".
—Doctora, cuando escucho hablar a algunos médicos acerca del Covid, me da la impresión de que se refirieran a un asesino despiadado que les da miedo…
[Mira al techo, asiente y marca una diferencia escalofriante]:
—Sí. Puede ser. Cuando usted sabe que va a estar con el asesino, que puede morir en el momento, quizá no esté tan estresado, porque usted ya sabe que lo van a matar.
Sin embargo con esto, que ni siquiera ves dónde está, ni siquiera ves por dónde te puede llegar, es más complejo. Por lo menos ves quién te mató, ¿no? Aquí no. Aquí no es así: este virus es muy silencioso y muy agresivo…
—¿Qué le diría a la gente que en Guerrero sigue dudando de la existencia del coronavirus?
—Que no lo duden, que es real, y que este virus está matándonos. Deberían ser conscientes de eso, de que nadie lo vive hasta que lo tiene. Cuando lo tienen a veces es demasiado tarde, porque ya llegan muy graves y llegan a morir. Nosotros no matamos a la gente [alude a que en algunos municipios del país algunas personas culpan a los médicos]. Nosotros ayudamos a la gente. Lo único que queremos es que lleguen en las fases iniciales para poder ayudarlos y que salgamos todos victoriosos.

"Se ha vuelto cotidiano lidiar con la muerte de un paciente"

Ella es la encargada de sedar a los pacientes graves, contagiados de Covid-19, antes de ser intubados. Su rostro es lo último que verán los enfermos que habrán de morir.
Son las tres de la tarde en Chilpancingo. El termómetro marca 33 grados centígrados. Familias de pacientes con coronavirus están sentados en sus coches. Algunos, para refrescarse, pululan afuera de los vehículos y beben agua y refrescos. Platican en voz baja, susurran, como si estuvieran en una sala de espera hospitalaria. Todos aguardan noticias afuera del Hospital General, que es vigilado por soldados del Ejército y militares de la Guardia Nacional.
Una anciana, en el asiento trasero de un automóvil, está hablando a través de un teléfono celular. Súbitamente deja el aparato y estalla en llanto y gritos. Es el momento de la muerte de su esposo.
¡Ayayay! —se duele desgarradoramente. Se lleva las manos al rostro, desesperada, y otra vez deja salir su lamento: "¡Ya nunca más te voy a ver", y vuelve a llorar, desconsolada.
Otros familiares, llorando, llaman por teléfono para dar la mala nueva. Es la hora de la muerte Covid en Chilpancingo.
A pesar de que usualmente conviven con la muerte, a los médicos, como la doctora Isabela Gaytán, ya les afecta el hablar con tantos familiares de víctimas del SARS-Cov-2.
"Ya se ha vuelto algo —tristemente decirlo— cotidiano lidiar con la muerte de un paciente. Al final de cuentas, aunque tú lo quieras ver como algo usual:'Híjole, ya lo vi ayer, antier, ya lo sufrí también la otra semana', no deja de dolernos, no deja de impresionarnos. No dejamos de sentir. Más por las condiciones en que se fue ese paciente: sin estar con su familia".
Sentada en una banca bajo un árbol, a unos metros de la zona de triage de las personas que podrían tener Covid, prosigue:
"Y decírselo por teléfono, porque no hay otra manera de contactar a la familia. Es algo que yo sí me llevo mucho a casa, sufriéndolo".
—¿Cómo le afecta, doctora?
—A nosotros nos toca intubar a nuestros pacientes. Y en una guardia no pude salvar a dos de ellos. Murieron. Cuando nadie me vio me subí a mi vehículo y solté en llanto de impotencia, de tristeza, de angustia. Decidí sacarlo antes de ir a casa, porque yo soy mamá de dos pequeños y creo que ellos no merecen vernos así tan afectados.
El enemigo en casa. "En casa hemos cambiado un poquito toda nuestra dinámica: mi hijo de 10 años es muy apegado a mí, y el hecho de no poder abrazarme sí­ lo resiente mucho (…). Un día estuvo muy afectado y lloró. Y me preguntó por qué estaba ocurriendo todo esto. Yo no pude responderle. Sólo le dije que nuestra vida, a partir del virus, cambió de manera radical y que teníamos que cambiar todas nuestras costumbres. Todo".
—¿Y el miedo, doctora?
—Ya no tengo tanto miedo, porque aprendimos a protegernos para poder ayudar a los demás. A mí lo que más miedo me da es llevar el virus a mi hogar. Yo ya lo tuve en casa porque mi esposo es un sobreviviente de Covid. Él es médico, pero se contagió por su mamá.
Los susurros y la paz. Gaytán Zamudio reconoce que en sus 16 años como anestesióloga no había visto a pacientes llegar con las vías respiratorias tan mal como las deja el Covid. "Es una garganta seca, seca, seca, que cuesta trabajo instrumentar".
Señala que cuando sedan a los enfermos y luego los intuban, descansan de todos esos días que estuvieron luchando por ese aire.
Como otros médicos, la doctora Gaytán Zamudio le transmite a los enfermos críticos, a los intubados que ella misma sedó, los mensajes de sus familiares.
Comenta que siente mucha rabia de ver gente que no se cuida y no protege a los demás. Sólo queremos ayudar y que se cuiden los que no lo hacen, para que así­ nos protejan. De otra manera no se va a poder.