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Acapulco, Gro.- La escena es irreconocible: a la una de la tarde del sábado, cuando tuvo que arrancar el periodo vacacional de Semana Santa en las playas de Acapulco —la temporada más fuerte de este destino turístico—, hay más policías, militares y vendedores ambulantes que turistas.
Desde que el gobierno federal declaró emergencia sanitaria en el país por la pandemia provocada por el Covid-19, Acapulco se ha ido apagando poco a poco.
Los vendedores de artesanías, collares, ropa, aceite de coco, pulseras, aguas frescas, paletas heladas, raspados, cocos; los meseros, los músicos y las masajistas no dejan de recorrerlas pese a que los turistas son un puñito.
No es necedad, dicen, es necesidad, porque viven al día: lo que ganan hoy es lo que comen mañana. La mayoría prefiere correr el riesgo de infectarse en lugar de ver cómo sus hijos pasan hambre.
La pandemia le bajó el switch al turismo en el país. En Acapulco puso a muchos en una disyuntiva: guardarse en casa sin la posibilidad de tener algo de dinero o seguir en las calles y contagiarse y, en el peor escenario, acelerar la propagación del virus.
La mayoría ha optado por la segunda opción: correr el riesgo. Proponen una salida simple: si reciben apoyos económicos o alimenticios, se quedan en casa.


