“- ¡A Edwin le dieron la visa! -”Así me recibieron en la frutería con festivo ánimo. Edwin, que no se llama Edwin, pero tiene todita la cara, es uno de los chicos que ayuda a todas las tareas de la tienda, desde recibir mercancía y contarla, hasta acomodar el producto y finalmente, ayudar a los que compramos para toda la semana y llevamos chicos bolsotas de mercado que luego no podemos cargar. “-¡Felicidades!”- dije yo, sin saber bien a bien por qué tanta emoción, pero como el pequeño grupo formado por la Pitonisa de la las Verduras, dos auxiliares y unos tres clientes estaban en modo jolgorioso, pues me uní al tono festivo para no desentonar. “-Cuénteles Edwin, ándele-”y Edwin se arrancó.
Hace cosa de 15 años, cuando Edwin tenía unos seis, su mamá se vio obligada a dejarlo con sus abuelos. El chavo no se acuerda de su papá, ni ha vuelto a figurar, lo cual nos indica que el tipo no era precisamente un hombre de familia, ni modelo a seguir. La madre intentó trabajar en varios lugares, pero no tuvo suerte. Alguien le metió la idea de que en Estados Unidos las cosas estarían mucho mejor y que por lo menos, encontraría un salario en dólares que le permitiera mandar dinero para su hijo. Después de juntar una cantidad no menor para pagar al pollero, la mamá se fue. No se supo nada de ella por varias semanas, pero finalmente tuvieron noticia de que pudo pasar “al otro lado.” Mientras tanto, Edwin, cuidado por sus abuelos, continuó con la vida de todo niño: ir a la escuela, jugar, ayudar un poco al negocio de su abuelo, que distribuye productos en la Central de Abastos. La madre de Edwin dijo que tenía la intención de, en cuanto juntara algo de dinero, venir por su hijo o bien, que alguien se lo llevara. Sin embargo, la cosa no estaba simple. Temía que, en el viaje que ella ya había experimentado, algo pudiera pasarle. Los tramos por los que llevan los polleros no son precisamente los más fáciles. La migra es canija y el paso desértico no es amigable con los adultos, menos con un niño. Así, decidieron posponer el viaje de Edwin hasta que éste fuese más grande. La madre cumplió con su parte. Enviaba dinero, lo que podía, y escribía cartas que acompañaba con fotografías. Luego, cuando se pudo, correos electrónicos y en la medida de lo posible, llamadas telefónicas.
El tiempo pasó. Edwin comenzó a crecer y la madre, aprovechando las políticas migratorias para los Dreamers, pudo legalizar su estancia en Estados Unidos. La situación económica mejoró. La mujer, que en definitiva es tesonera y trabajadora, comenzó a ahorrar para tener un negocio propio. Tuvo algo de dinero para venir a México, pero por su nueva situación migratoria, no podía salir del país. Edwin, mientras tanto, se convirtió en un chico de carácter tímido, serio y trabajador. Los abuelos lo mantuvieron siempre trabajando y estudiando, dándole más responsabilidades conforme fue creciendo. Claramente le dolía la ausencia materna, sin embargo, dice, no se sintió abandonado. Continuó hablando con su madre, escribiéndole, enviando y recibiendo fotos. La madre finalmente pudo poner un negocio de reparación de teléfonos celulares y otro tipo de aparatos electrónicos, nada grande, pero sí lo suficientemente bueno como sostenerse por sí misma y dar empleo a un par de personas.
Así, el momento llegó. Después de más de una década, Edwin, ya mayor de edad, y sin tener que pasar por los peligros que su madre pasó, solicitó la visa. El chico estaba temeroso: el actual presidente de Estados Unidos no es amigo de dejar entrar mexicanos, pero a estas alturas, ya no había nada que perder. Edwin juntó sus papeles, pidió las cuentas bancarias de su mamá, su dirección y se encomendó a la virgencita de Guadalupe. Se lanzó a su cita en el consulado de Monterrey y después de una parca entrevista, le dijeron que esperara. Su visa llegó por correo un día antes de que yo fuera a comprar mi mandado. “-Yo no conozco a mi mamá. Bueno, si, en fotos y he hablado con ella; entonces más o menos. Pero ya acabo de comprar ahora sí mi boleto con el dinero que ella me mandó, y me voy en tres semanas-”dijo Edwin. “-Y entonces, ¿quién me va a llevar mis bolsas al coche?-“ bromeó una de las clientas. A Edwin le dio una risa nerviosa, y apenado respondió: “-No seño, yo aquí regreso. Los gringos están re locos. Yo nomás voy a ver a mi mamá un tiempo y aquí nos vemos en unos dos meses-“.
Escogí la fruta con renovado optimismo y, como siempre, Edwin se adelantó a subir mis cosas al carro mientras yo pagaba. Cuando iba yo saliendo, me crucé con un desconocido que, bolsas en mano, entraba dispuesto a comprar sus verduras. “-¡ A Edwin le dieron la visa!-“ dije emocionada, a manera de saludo y despedida. El hombre, al igual que yo unos minutos antes, se dejó llevar por el tono festivo y me respondió: “-¡Hombre! ¡Qué bueno! -“ Y yo arranqué, mientras Edwin volvía a contar su historia.
Hace cosa de 15 años, cuando Edwin tenía unos seis, su mamá se vio obligada a dejarlo con sus abuelos. El chavo no se acuerda de su papá, ni ha vuelto a figurar, lo cual nos indica que el tipo no era precisamente un hombre de familia, ni modelo a seguir. La madre intentó trabajar en varios lugares, pero no tuvo suerte. Alguien le metió la idea de que en Estados Unidos las cosas estarían mucho mejor y que por lo menos, encontraría un salario en dólares que le permitiera mandar dinero para su hijo. Después de juntar una cantidad no menor para pagar al pollero, la mamá se fue. No se supo nada de ella por varias semanas, pero finalmente tuvieron noticia de que pudo pasar “al otro lado.” Mientras tanto, Edwin, cuidado por sus abuelos, continuó con la vida de todo niño: ir a la escuela, jugar, ayudar un poco al negocio de su abuelo, que distribuye productos en la Central de Abastos. La madre de Edwin dijo que tenía la intención de, en cuanto juntara algo de dinero, venir por su hijo o bien, que alguien se lo llevara. Sin embargo, la cosa no estaba simple. Temía que, en el viaje que ella ya había experimentado, algo pudiera pasarle. Los tramos por los que llevan los polleros no son precisamente los más fáciles. La migra es canija y el paso desértico no es amigable con los adultos, menos con un niño. Así, decidieron posponer el viaje de Edwin hasta que éste fuese más grande. La madre cumplió con su parte. Enviaba dinero, lo que podía, y escribía cartas que acompañaba con fotografías. Luego, cuando se pudo, correos electrónicos y en la medida de lo posible, llamadas telefónicas.
El tiempo pasó. Edwin comenzó a crecer y la madre, aprovechando las políticas migratorias para los Dreamers, pudo legalizar su estancia en Estados Unidos. La situación económica mejoró. La mujer, que en definitiva es tesonera y trabajadora, comenzó a ahorrar para tener un negocio propio. Tuvo algo de dinero para venir a México, pero por su nueva situación migratoria, no podía salir del país. Edwin, mientras tanto, se convirtió en un chico de carácter tímido, serio y trabajador. Los abuelos lo mantuvieron siempre trabajando y estudiando, dándole más responsabilidades conforme fue creciendo. Claramente le dolía la ausencia materna, sin embargo, dice, no se sintió abandonado. Continuó hablando con su madre, escribiéndole, enviando y recibiendo fotos. La madre finalmente pudo poner un negocio de reparación de teléfonos celulares y otro tipo de aparatos electrónicos, nada grande, pero sí lo suficientemente bueno como sostenerse por sí misma y dar empleo a un par de personas.
Así, el momento llegó. Después de más de una década, Edwin, ya mayor de edad, y sin tener que pasar por los peligros que su madre pasó, solicitó la visa. El chico estaba temeroso: el actual presidente de Estados Unidos no es amigo de dejar entrar mexicanos, pero a estas alturas, ya no había nada que perder. Edwin juntó sus papeles, pidió las cuentas bancarias de su mamá, su dirección y se encomendó a la virgencita de Guadalupe. Se lanzó a su cita en el consulado de Monterrey y después de una parca entrevista, le dijeron que esperara. Su visa llegó por correo un día antes de que yo fuera a comprar mi mandado. “-Yo no conozco a mi mamá. Bueno, si, en fotos y he hablado con ella; entonces más o menos. Pero ya acabo de comprar ahora sí mi boleto con el dinero que ella me mandó, y me voy en tres semanas-”dijo Edwin. “-Y entonces, ¿quién me va a llevar mis bolsas al coche?-“ bromeó una de las clientas. A Edwin le dio una risa nerviosa, y apenado respondió: “-No seño, yo aquí regreso. Los gringos están re locos. Yo nomás voy a ver a mi mamá un tiempo y aquí nos vemos en unos dos meses-“.
Escogí la fruta con renovado optimismo y, como siempre, Edwin se adelantó a subir mis cosas al carro mientras yo pagaba. Cuando iba yo saliendo, me crucé con un desconocido que, bolsas en mano, entraba dispuesto a comprar sus verduras. “-¡ A Edwin le dieron la visa!-“ dije emocionada, a manera de saludo y despedida. El hombre, al igual que yo unos minutos antes, se dejó llevar por el tono festivo y me respondió: “-¡Hombre! ¡Qué bueno! -“ Y yo arranqué, mientras Edwin volvía a contar su historia.

