A un año

El presidente vuelve a encontrar fecha para celebrarse. Sin recato alguno, el gobierno federal se entrega al alto propósito de enaltecer al caudillo. Secretarios y directores convocan a sus subordinados al homenaje que el presidente se tributa a sí mismo. Por supuesto, cuando el presidente se festeja, en realidad celebra a los héroes cuyas lecciones han desembocado en su anatomía y al pueblo que, en su sabiduría infinita, lo sigue. El caudillo es desinteresado y generoso. No es siquiera dueño ya de sí mismo porque desde hace un año se entregó como regalo a México. 

La fiesta recuerda que apenas ha transcurrido un año de su presidencia. Uno diría que ha pasado una década porque no es fácil encontrar una intensidad como la de estos meses. Hay, sin duda, un afán de rehacerlo todo y de empezar, decididamente, por deshacerlo casi todo. Es claro lo que se derruye y muy confuso lo que se edifica. Si atendemos a los tablones de objetividad, el año ha sido malo. Malo para la seguridad y malo para la economía. Hay mayor violencia, más muerte, más miedo. El estancamiento económico es inocultable. Y frente a la contundencia de los reveses, la reacción presidencial ha sido la cerrazón y la soberbia. Él tiene información más valiosa que la que ofrecen las mediciones técnicas; él confía en su estrategia, aunque todo indique que urge una revisión profunda. 

En un año se han provocado daños serios en los equilibrios democráticos y en el profesionalismo de la administración. No es exagerado decir que hemos perdido contrapesos y que tenemos una administración de peor calidad. Los electores conformaron, es cierto, una presidencia fuerte. Pero la desaparición de las oposiciones, el empeño por destruir las autonomías y el desprecio de toda capacidad técnica nos hace enormemente vulnerables al capricho y la arbitrariedad. Estos meses han sido catastróficos para los precarios equilibrios que se habían ido construyendo. Los órganos autónomos, definidos desde el primer momento como enemigos del pueblo auténtico, han sido estrangulados presupuestalmente, hostigados a diario en las soflamas presidenciales y capturados con nombramientos indignos, cuando no abiertamente ilegales. No idealizo a esas cápsulas institucionales. Su captura fue frecuente, sus excesos ostensibles. Era ocasión para refundar su independencia y procurar su dignificación. Lo que se ha hecho es todo lo contrario: someterlos y vejarlos. Subordinar todo principio administrativo a la política militante. 

Pero la denuncia debe estar acompañada con una reflexión sobre el sentido de este año. La política de López Obrador tiene raíz y tiene causa. Es reflejo del brutal desprestigio de la alternancia y encarna una innegable contemporaneidad. Aunque su horizonte sea nostálgico, hay en su comunicación y en sus reflejos; en su fe y en sus recelos, mucho presente. López Obrador es por eso un dirigente con el reloj a tiempo. No lo celebro porque no me agrada el mundo de Donald Trump, ni el de Viktor Orbán, ni el del Brexit. Y a ese mundo, a ese tiempo pertenece el presidente López Obrador: a la retórica de la enemistad de Trump, a la política antiliberal del primer ministro húngaro y a la demagogia de los brexiteros.

La política de López Obrador empata con el desprestigio de los técnicos y la profusión de la mentira, con el fin del sueño global y la melancolía de las identidades. Sintoniza, sin duda, con el nuevo imperio emocional. Hay algo que, ante todo, me parece que debe reconocerse. López Obrador ha puesto en práctica, con enorme habilidad, una política de reconocimiento. Tomo esa expresión que el filósofo Charles Taylor empleó para hablar del multiculturalismo. Me parece pertinente para señalar la seducción del llamado lopezobradorista. La política es también eso: el derecho a ser visto. Es ahí donde la intervención de López Obrador resulta más poderosa y más profunda. Ve lo que muchos decidieron ignorar. No puede entenderse el imán de su liderazgo sin registrar la hondura del orden oligárquico que hizo de la mayoría algo invisible o despreciable. A eso se enfrenta simbólicamente López Obrador. Si en algo se ha empeñado durante este primer año de gobierno es precisamente en eso: reconocer al país negado. 

La austeridad será social y económicamente ruinosa. Pero la escenificación de la proximidad es el elemento crucial de su política. La política de reconocimiento carece de estrategia más allá de lo simbólico y no tiene más enviado que el presidente. Si en gesto queda la política, ahí se cultivará también el desencanto.